Nosotros, los colombianos

El escritor Juan Villoro narra cómo, en el país del tequila, durante mucho tiempo se miró con ciertas reservas cualquier comparativo con Colombia. Hoy, gracias a las noticias de los últimos días, ese reflejo transmite vientos de cambio.

Hace unos meses Fernando Vallejo, admirado autor de La virgen de los sicarios, tomó una decisión un tanto imaginaria, nacionalizarse mexicano. Que alguien nacido en Colombia adopte un país tan parecido al suyo equivale a dejar el tequila blanco para pasar al reposado.

No es casual que una de las novelas más mexicanas de los últimos años, No me olvides cuando mueras, sea obra de un colombiano, Hugo Chaparro Valderrama. Escrita en octosílabos indoloros, que se leen como la respiración natural del idioma, narra los portentos que un ciego atestigua durante la ‘guerra cristera’. Chaparro Valderrama entrega las visiones de un invidente, hechas de palabras. Excepcional compendio de la lengua y las supersticiones nacionales, No me olvides cuando muera ha sido escrita por un mexicano secreto, eso que suele ser un colombiano.

El día en que Hemingway se pegó un tiro, Gabriel García Márquez llegó a México, donde reinventó el hielo, admiró a Rulfo y leyó un graffiti en una barda: “Peggy, dame un beso” (este telegrama de literatura urbana lo llevó a pedir públicamente que Peggy accediera a la solicitud).

El 24 de octubre de 1956, también Álvaro Mutis llegó a la Ciudad de México. Venía apesadumbrado y se desplomó en el asiento de un taxi. El conductor le preguntó qué sucedía. El poeta confesó que tenía un problema del carajo. “No se preocupe, señor, aquí todo se alivia”, dijo el piloto. Mutis contempló el violáceo atardecer del altiplano y acaso intuyó que se quedaría entre nosotros para siempre.

El autor de La nieve del almirante preside el patronato de la Casa Refugio Citlatépetl, que acoge a escritores perseguidos. Ahora es él quien funge de piloto ante los recién llegados. El miércoles pasado comimos con el más reciente huésped de la Casa, el iraquí Hatem Abdulawhid Saleh, quien salió de Bagdad ocho meses después de la guerra; pasó de un país a otro durante cinco años hasta llegar a México, de donde se ha propuesto no salir, siempre y cuando no le sirvan ese guiso desconcertante que lleva chocolate. Durante la comida, Mutis fue lo que siempre ha sido: el anfitrión de cualquier sitio donde se encuentre. Imposible pensar que sea alguien llegado de lejos.

A principios del siglo XX otro colombiano vino a México a complicarse la vida y compensar sus arrebatos con propinas. En los años de Revolución, Porfirio Barba Jacob entraba a las cantinas como un caudillo de la ocurrencia y el malhumor. A una camarera le dio un billete de cien pesos y le dijo: “Dieciséis pesos son por los tragos y el resto en pago de los insultos”.


Fernando Vallejo dedicó diez años a su excepcional biografía de Barba Jacob, El mensajero, y un erudito con buenos anteojos podría dedicar mil páginas a mostrar lo nuestras que han sido las palabras colombianas.

Por eso desconcierta que se diga con alarma: “México se está colombianizando”. Obviamente la frase no se refiere a que bailemos demasiados vallenatos o seamos incapaces de olvidar a Margarita Rosa de Francisco en Café con aroma de mujer, sino al incremento del narcotráfico y la violencia.

La literatura de Colombia ha dado cuenta de ese drama. En El olvido que seremos Héctor Abad Faciolince narra el asesinato de su padre y en Rosario Tijeras Jorge Franco trata el tema de los sicarios.

En abril de 2003 comí en Bogotá con la poeta María Mercedes Carranza. Mientras me explicaba el ritual aderezo del ajiaco, contó que uno de sus familiares estaba secuestrado por las Farc y otro había sido víctima de los paramilitares. Dos fuerzas presuntamente enemigas destruían a una misma familia. Poco después, el 11 de julio, María Mercedes puso fin a una vida determinada por ausencias. En uno de sus poemas escribió: “Me he cansado/ de mis palabras,/ se las presto”.

Otro escritor cercado por la violencia, Fernando Cruz Kronfly, decidió refutar la situación colombiana con un congreso sobre el “Principio Esperanza”. Nos reunimos en Cali, capital de la salsa. En una de esas noches en que los colombianos revelan que su oficio primordial es la música, Fernando tomó una guitarra. Apenas había templado unas notas cuando advertimos que su mujer lloraba en silencio. Quería pasar inadvertida pero no lo logró. Le preguntamos qué sucedía. Su respuesta llegó como un granizo: “Fernando no tocaba desde el secuestro de nuestro hijo”.

Colombia ha pasado por años de sangre. Sin embargo, mientras en México se afirmaba con implícita superioridad “nos estamos colombianizando”, allá se recuperaban espacios de soberanía y se combatía el crimen organizado, tanto en la selva como entre los políticos.

Este sabado leímos una noticia con sabor a milagro: Íngrid Betancourt y otros catorce rehenes fueron liberados por la ‘Operación Jaque’ sin que se disparara un tiro. El ejército infiltró a las Farc, llevó un helicóptero blanco al corazón de las tinieblas y convenció a los guerrilleros de desplazar a los secuestrados a un sitio más seguro. La noche del miércoles, el general Padilla narró lo ocurrido con una claridad expositiva que sugería que el operativo también era un triunfo de la lengua castellana.

Lo mismo puede decirse de los demás participantes en la asombrosa rueda de prensa, incluyendo a la ex candidata a la Presidencia, que soportó las penurias del secuestro leyendo un diccionario del que no se separaba, y al cabo que la asistió en cautiverio y le salvó la vida.

Cuando el helicóptero de las Fuerzas Armadas despegó, podía haber disparado sobre los guerrilleros. No lo hizo. El operativo no tuvo otra arma que la persuasión.

El sabado, Reforma dedicó su portada a la liberación de Íngrid Betancourt. La noticia contrastaba con dos temas locales: el secuestro de empresarios en Oaxaca y Aguascalientes y las secuelas del desastroso operativo en la discoteca News Divine.

La frase “México se está colombianizando” ha cambiado de signo: hoy es motivo de esperanza.