Un perverso inventor

Hoy voy a hablar de un perverso inventor. Porque estoy seguro de que si alguien buscara en serio, es decir sin solemnidad, los orígenes de las desgracias contemporáneas, allí estaría, escondido entre la Reforma y la Revolución y jugando a las cartas, el turismo.

Ese desdichado hábito que en nombre de la exaltación de la cultura está por arruinarla toda, y desde el que millones de almas, desde hace siglos, se empeñan en ver lo que no les interesa y en visitar lo que les aburre aun más que las mismas filas inagotables que hay que caminar para hacerlo.

Porque parecería que la fila fuera el fin y la civilización el medio, de suerte que la gente va de aquí para allá, feliz hasta que le toca hundirse en la contemplación de alguna maravilla cuyos méritos apenas si se alcanzan a sentir en medio de las hordas japonesas y las cabezas y las cámaras de los viejitos en excursión.

Y aclaro que aquí me refiero a esa macabra especie que es el “turismo cultural”, y no a los viajes deliciosos, de chancleta en Santa Marta, en los que la única pretensión es el disfrute y nadie busca más bien al contrario ni ilustrarse ni ser una mejor persona. No.

Pero el caso es que  con la sociedad industrial y su voraz espíritu masivo, nació una nueva forma de viajar, muy distinta de la que durante milenios, desde Antenor hasta Chateaubriand o Evans, el hombre había ejercido justamente para reivindicar el valor del individuo y de la soledad. Pues si aun Rodolfo Glaber, el monje, cuenta sobre los peregrinajes antes del año mil, y uno siente que esas muchedumbres caminaban en silencio.

Pero el verdadero inventor de todo esto fue el señor Thomas Cook, quizás el hombre que más ha influido en la modernidad y el más desconocido. Militante del movimiento contra el alcoholismo, este empresario británico organizó a mediados del siglo XIX una excursión de beatos que iban a Leicester a proclamar las desgracias del licor.

Entonces se dio cuenta de que allí, en el viaje colectivo, se abría una mina, y sobre ella montó una agencia de viajes, la primera de la historia, en la que se le resolvían al cliente todos los problemas de su condición, desde los pasajes hasta la comida en los hostales. Luego la empresa creció, y Cook saltó de la modesta provincia a planear cruceros transatlánticos y giras por el lejano Oriente y por Egipto; también diseñó, en una versión muy primitiva, los cheques de viaje.

Fue este inglés sin vicios el inventor del mundo contemporáneo. Dos (tres) razones por las cuales bien se merece el olvido, aunque si se pudiera, también un fin de semana en el Rodadero. 

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