“Vine a matar personas, estoy harto del mundo”

Estas fueron las palabras de Tomohiro Kato en el momento en que las autoridades japonesas lo detuvieron el pasado 8 de junio, luego de matar con un cuchillo a siete personas y herir a otras 17 en un céntrico barrio de Tokio.

Tomohiro kato envía un mensaje desde su teléfono celular: ''deseo estrellar el vehículo y si queda inservible, usaré un cuchillo. Adiós a todos''.  Es la última advertencia de una larga serie de avisos registrados en una página de Internet que publica mensajes de texto. Conduce una camioneta rentada hacía el laberinto de calles de Akihabara, sector comercial frecuentado por fanáticos de los comics (anime) y los juegos de  video. Kato dirige su auto hacia un grupo de personas y las arrolla.

La confusión se impone. Una vez estrella el vehículo, lo abandona y empuña un cuchillo con el que avanza por la calle para atacar a los confundidos transeúntes; de seguro, investido con la certeza de que es un samurai como los de sus juegos de video favoritos. Para encarnar el personaje, se ha armado con una daga, un cuchillo de supervivencia, una navaja, un juego de tres cuchillos arrojadizos y una réplica de un bastón policial, además de un par de guantes de cuero negro.

Sus cortos 25 años son una suma de anhelos de triunfo destruidos: después de haber estudiado en un prestigioso colegio, su familia no pudo pagarle la universidad que deseaba, tuvo que resignarse a estudiar cursos de mecánica automotriz; ahora tiene un trabajo que considera mediocre. El saldo de víctimas coincide con sus más oscuras expectativas: 7 muertos (4 abatidos por el auto y tres con arma blanca), y 17 heridos. 

En la película Yakusa (Pollack, 1975) uno de los personajes afirma que cuando un japonés se vuelve loco abre la ventana y se quita la vida, mientras que si le sucede a un occidental éste dispara a los que se atraviesen en su camino. Los eventos desencadenados por Tomohiro Kato, el pasado  8 de junio, indican lo contrario.

Asesinos frenéticos

La explosión de ira y deseo destructor de este joven japonés, es claro eco de un tipo de asesino tipificado por los perfiladores de Quantico (FBI) como un spree killer (asesino frenético o relámpago), que a diferencia del reconocido asesino en serie no actúa motivado por sadismo sexual o por el ansía de someter a sus víctimas a perversas fantasías de poder, sino por una frustración interior y una sensación total de asimetría con el entorno, las cuales terminan convertidas en una ira irrefrenable y un deseo de venganza que le consume.

Tales situaciones, lo conducen a un asalto final (por lo general armado con suficiencia) que contempla la destrucción de vidas humanas y la suya misma. El asesino frenético, para poder eliminar lo que más odia, él mismo, debe primero destruir a otros que representen lo que no ha podido obtener, lo que ha perdido o lo que considera el mundo le debe.

Este tipo de asesino de masas por lo general se caracteriza por un panorama biográfico lleno de fracasos en sus relaciones emocionales, en su trabajo o en su escalafón laboral o intelectual. Culpa a la sociedad por su condición; proyecta en ella una


sensación de equivocación que hay que corregir o destruir. El odio que siente por sí mismo es expresado hacía las víctimas que escoge al azar. En algunos casos planifica detenidamente su ataque final adquiriendo armas o explosivos; en otros, su ira se detona de manera irracional y caótica (el caso de Kato es una extraña mezcla de premeditación e improvisación). Puede escoger lugares como colegios, universidades, oficinas, restaurantes, etc., que simbolizan para él cierta identificación y seguridad o, por el contrario, escenarios que han definido su fracaso y su infelicidad.

Una variante de este tipo de ataques es el de los llamados McMurders, denominados así por escoger como sitio de asalto un lugar de comida rápida. En 1984,  James Oliver Huberty entró en un McDonald's en California y  con un rifle asesinó a veintiún personas; en 1991, George Hennard, (en Bell, Texas) irrumpió con una camioneta en la cafetería Luby's y con una semiautomática asesinó a veintitrés clientes del lugar. Los cientos de casos similares de McMurders que se registran en las últimas décadas, parecen ser una metáfora cruel pero directa de los excesos a los que nos conduce el consumo contemporáneo: obtener a toda costa nuestro beneficio material, no importa si hay que pasar por encima de los demás para conseguirlo.

El síndrome de Amok:

La palabra Amok (palabra malaya que significa "estar fuera de control y matando gente") fue acuñada por el psiquiatra americano Joseph Westermeyer, a principios de los setentas, para definir un rapto de rabia en el cual un sujeto es poseído por un impulso homicida y se da a la carrera de eliminar a todo aquel que se cruce en su camino.

Dentro de este síndrome es posible ubicar al sujeto que se aposta en una azotea para disparar sin discriminación (como Charles Whitman que el 1 de agosto de 1966 disparó desde la torre de la Universidad de Texas en Austin y mató a 15 personas e hirió a 31 más),  hasta aquel individuo que improvisa una masacre, como el caso de Brenda Spencer en 1979, quien abrió la ventana de su cuarto y disparó al azar hacía un  colegio que quedaba en frente de su casa.

La creciente presencia de este tipo de asaltos, que incluso han afectado las escuelas de diferentes partes del mundo (los casos con mayor recordación: la masacre de Columbine en 1991 y la de Virginia Tech en 2007), nos alerta sobre una serie de desajustes sociales que logran presionar a un sujeto al punto de arrojarlo al abismo de la desesperación. Por supuesto que nada justifica una acción homicida de este tipo, pero no se puede negar que las presiones laborales, económicas e incluso emocionales, típicas de las formas de vida contemporáneas, provocan situaciones de exclusión y desespero, que en mentes con un largo historial de resentimiento o fracaso emocional pueden terminar en una situación de explosión de rabia y agresión.

¿Amok bogotano?

Las calles bogotanas, escenario de tensiones sociales (desigualdad económica, estrés laboral, agresividad, paranoia colectiva frente a atentados, etc.), guarda en su memoria la imagen de Campo Elías Delgado disparando a los clientes del restaurante Pozzetto. El proceso de fractura de Delgado, coincidente con su novela favorita Dr. Jeckyll y Mr Hyde y que se inició de seguro con el suicidio de su padre y se acrecentó con su paso por la guerra de Vietnam), culminó en éste asalto como prueba final de su odio contra un mundo al cual nunca se pudo integrar y del cual se sintió expulsado. 

Los spree killers son un llamado de atención sobre la soledad, el aislamiento, la incomunicación y la exclusión a la que muchas personas son sometidas. No todos lo seres humanos saben enfrentar el infortunio. No todos asimilamos las derrotas


de igual manera y es más difícil cuando el entorno nos dice que un tropiezo es clara señal de ser un “perdedor” y el mundo está diseñado sólo para ganadores”. Tememos a ser diferentes aunque esa sea nuestra condición natural y especial; tal vez por eso señalamos al otro antes de que él nos señale, y ese gesto a veces puede tener la forma terrible de un arma.

Hombres armados con granadas reclamando atención (ya hemos visto dos casos en Bogotá), son por supuesto la alerta del mensaje del Amok: ¿Si voy a morir, porque no llevarme a otros conmigo”.

De  Tasmania a Tokio

Asaltos en colegios, universidades, locales de comida y sitios de trabajo, son los casos más claros de un tipo de violencia al parecer derivada de un resentimiento que termina por dominar la vida de los agresores y los conduce irrefrenablemente a la destrucción de vidas humanas.

La lista de antecesores del japonés Tomohiro Kato es extensa. Dos casos muy recordados son los de Brenda Spencer y Martin Bryant.

En 1979, en EE.UU. Brenda Spencer abrió la ventana de su cuarto y disparó hacia la escuela ubicada en frente de su casa. Hirió a ocho niños y a un oficial de policía y asesinó al director de la escuela y a un guardia de seguridad. Una vez fue detenida, argumentó: “Era lunes, estaba aburrida”.

En 1996, Martin Bryant, un joven surfista de Tasmania (Australia), entró en un local de comida con dos fusiles automáticos; disparó indiscriminadamente a la concurrida asistencia. Huyó y desde su auto siguió disparando. Treinta y cuatro  muertos y veinte heridos fue el saldo de la acción homicida del bautizado “demonio de Tasmania”.

“Yo no quiero que nadie me mire”

El asesino frenético (identificado con el acto de eliminar a un número elevado de víctimas, de manera simultánea o en un período corto de tiempo), suele identificarse como un sociópata: un tipo de personalidad cuyo desajuste le impide adaptarse a las formas de vida social, en las cuales cree ver el motivo de su aislamiento. Su vacío emocional y su sensación de fracaso desembocan en una conducta destructora.

En Colombia no se olvida a Campo Elías Delgado, quien asesinó a 29 personas el 4 de diciembre de 1986 en el restaurante Pozzetto en Bogotá. Maribel Arce, sobreviviente de la masacre, recuerda de esa noche que el asesino dijo: “Todos hacia abajo, no quiero que nadie me mire”.Antes de dirigirse al resturante Pozzeto, Campo Elías Delgado asesinó a su madre y la prendió en llamas.

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