En Zimbabue ganó el miedo

Era la esperanza para oxigenar al país, pero triunfó la violencia y la persecución oficialista.

Independientemente de lo que suceda durante las próximas semanas, Morgan Tsvangirai quedará inscrito en la historia de Zimbabue como el gran dolor de cabeza del dictador Robert Mugabe y la persona en la que la mayoría de zimbabuenses depositaron en marzo sus esperanzas de cambio en el país africano.

Pero nada de esto parece hoy  posible para este líder político y sindical, minero de oficio, que emergió durante los noventa como la más importante cabeza del Congreso Nacional de Sindicatos en Zimbabue, y que ayer, tras dos meses de reclamar su triunfo legítimo en las urnas, tuvo que refugiarse en la Embajada de Holanda, en Harare, y desistir de su candidatura frente a un panorama violento e intimidante.

Tsvangirai nació en la ciudad de Buhera, en el oriente zimbabuense, en 1952. Nunca terminó sus estudios y dejó su hogar para convertirse en empleado de Minas de Níquel Trojan, en Bindura, donde pasó de ser un operador en terreno a ocupar cargos de liderazgo operativos y políticos.

Tsvangirai fue responsable en los noventa de los más duros jaques al presidente Robert Mugabe, quien se perpetúa en el poder desde 1980. Lideró tres paros nacionales ocurridos entre 1997 y 1998, en contra de paquetes impositivos del gobierno oficial; en 1999 fundó el Movimiento para el Cambio Democrático (MCD), y en el 2000 logró bloquear un referéndum que le habría permitido a Mugabe, entre otras cosas, gobernar sin problema por dos períodos más.

Como candidato a las elecciones de marzo de este año, Tsvangirai era el más claro vencedor, y así resultó según los primeros conteos, que durante las siguientes semanas anunciaron que el candidato del Movimiento para el Cambio Democrático se había hecho con el 49 por ciento de la votación, frente a un 41  por ciento del actual presidente. Pero el Gobierno desconoció los resultados,  y logró además obligar a una segunda vuelta, que se vivirá este viernes, y que no contará sino con un contendor: Mugabe.

Detrás de este panorama yacen semanas de angustiosa violencia e intimidación. Más de 85 líderes y simpatizantes del MCD han sido asesinados en las últimas semanas; fuerzas policiales detuvieron en dos ocasiones a Tsvangirai, prohibieron las campañas políticas y allanaron su sede, y periodistas y observadores internacionales han sido maltratados por simpatizantes del Gobierno.

 Poco o nada ha hecho la Comunidad Internacional en el proceso, como mediador y como herramienta de presión que fuerce a Mugabe a controlar la violencia política. Por lo pronto, Zimbabue saldrá a las urnas en unas enrarecidas elecciones, en donde estará ausente su más importante protagonista.

 

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