Fue la raza, ahora el sexo

Una primera ministra lesbiana; 66 países despenalizan la homosexualidad, y en Colombia se amplían las garantías. El movimiento por la no discriminación es hoy comparado con la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos.

La de Luis Rodríguez, o Diane Rodríguez, es una historia de activismo forjada entre contratiempos. Cuando niño, en su natal Guayaquil, aguantó los golpes de sus padres porque le gustaba jugar con muñecas. “Eran cosas de niñas”, le decían, con la misma severidad con la que, a los 18, cuando les confesó que era homosexual, lo echaron de la casa.

Luis tuvo entonces que resistir la tentación de prostituirse y poder ganar algo de dinero; luego, como condición para ser aceptado de vuelta a casa, asistió a una congregación religiosa que rectificara su camino. Pero no pudieron los sacerdotes católicos ni los evangelistas, ni los testigos de Gehová, ni los mormones. “Mi mamá se dio por vencida”, cuenta. Y tras su tour congregacional, Luis comenzó sus estudios en psicología, se consiguió un trabajo como cajero en un hotel y gradualmente fue descubriendo su verdadera identidad: “Es algo que muchos no entienden, como un chip insertado en el cerebro”, dice con la voz quebrada por el tratamiento hormonal.

Hoy Luis quiere ser Diane, así sospeche que por eso la despidieron del trabajo hace unas semanas. Entre tanto, trabaja en su organización, Silueta X,  un colectivo de mujeres transexuales que busca darle apoyo a esta población, muchas veces obligada a la calle, al silencio o al encierro por cuenta de su orientación.

A mediados de 2008, Diane entró en contacto con Marcelo Ferreyra, director para Latinoamérica de la Comisión Internacional Gay y Lesbiana por los Derechos Humanos, con sedes en San Francisco (EE.UU.), Capetown (Sudáfrica) y Buenos Aires (Argentina). Gracias a él pudo denunciar, meses después, las sospechosas circunstancias en las que fue despedida del hotel: sólo un día después de haber aparecido en la televisión, vestida de mujer, como líder de la organización, y cuando empezaba su tratamiento de feminización.

Como pocos en  Argentina, Ferreyra ha sido protagonista de las dos décadas más intensas del movimiento por la no discriminación de la orientación sexual en su país. Como estudiante, militó en “Gays por los derechos civiles”, fundada en 1984, a la que le tomó ocho años anotarse su primera victoria: acceder a la personería jurídica. Luego tuvo que pasar otra década para lograr que en la Constitución de Buenos Aires se incluyera una cláusula que prohíbe la discriminación por  orientación sexual. Y, finalmente,  lideró parte de los grupos de presión que convirtieron a Buenos Aires en la primera ciudad en reconocer los derechos de las parejas del mismo sexo, como el derecho a heredar y a compartir la seguridad social.

Gracias a este trabajo hoy habla con propiedad sobre las difíciles y diversas realidades que afrontan estas organizaciones en el mundo. “Aunque en África y Asia hay Estados excepcionales, como Sudáfrica y Nepal, la diferencia de lenguajes y cultura hace muy difícil el trabajo por la no discriminación. En Latinoamérica vamos un paso adelante y con decisiones como la llevada a cabo por la Corte Constitucional en Colombia, así como la Declaración (contra la homofobia) de la OEA en 2008, y las nuevas Constituciones en Bolivia y Ecuador, se ha demostrado que en la región los estados están dispuestos a trabajar por nuestros derechos”.

Arco iris reivindicativo

Europa occidental y Estados Unidos —en donde están situadas las más grandes organizaciones internacionales por la igualdad y la no discriminación—, han sido los caldos de cultivo de la internacionalización del movimiento. En materia de derechos conyugales, fueron Holanda y Bélgica los que a comienzos de 2001 sentaron el precedente en reconocer completamente la legalidad de los matrimonios homosexuales.

Esto produjo una acelerada reacción en Estados Unidos, donde el matrimonio del mismo sexo se ha convertido en un tema político de primer orden tanto en los estados como en el nivel federal.


Mary Bernstein, directora de estudios de posgrado en sociología de la Universidad de Connecticut, ha dedicado su carrera a rastrear la evolución del movimiento. En sus trabajos ha descrito cómo los grupos de gays y lesbianas, que en 1950 eran perseguidos por sodomitas en la conservadora Norteamérica del macartismo, lograron en los setenta tumbar las leyes que condenaban las prácticas sexuales no ortodoxas y, de paso, se las arreglaron para que la sagrada Asociación Americana de Psiquiatría (APA, en inglés) removiera la homosexualidad de su lista oficial de desórdenes mentales.

Luego llegaron los ochenta y con ellos el sida. “La oposición política demostraba feliz que la epidemia era una evidencia de la furia de Dios contra los homosexuales”, escribió Bernstein. Y mientras tanto, gays y lesbianas se dieron a la tarea de construir coaliciones para apoyarse y buscar incidir en políticas públicas de investigación y atención a una población que, ante la perplejidad y la escasez de estudios científicos, era culpada por la expansión del virus en el país.

Veinte años después, el movimiento es “uno de los más visibles”, asegura Donald Haider-Markel, experto en esta materia de la Universidad de Kansas. “Hace diez años no había mucha gente hablando en serio sobre matrimonios del mismo sexo o incluso otras formas alternativas de reconocimiento como sociedades domésticas o uniones civiles. Hoy lo están haciendo”.

Medios de comunicación, como el conservador periódico británico The Guardian, y el diario español El País, se han lanzado a equiparar esta nueva ola activista con la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Con títulos como “Gay es el nuevo negro”, o “La nueva lucha civil no es racial, es sexual”, la reivindicación de los derechos a la igualdad está tomando los tintes de una nueva epopeya política global.

La analogía no es recibida en círculos políticos y académicos con tan irrestricta  aprobación: “Puede funcionar bien retóricamente, pero no se pueden comparar 500 años de opresión con el sufrimiento de gays y lesbianas por no contar con derechos legales sobre sus hijos o que su familia no sea reconocida. Ambas son luchas únicas”, sostiene Bernstein desde Connecticut.

La llegada de Barack Obama, ese gran triunfo de la lucha negra de los cincuenta, ha alborotado los ánimos. A  tan sólo cinco días de la posesión del nuevo presidente, Mary Frances Berry, la ex directora de la Comisión de Derechos Civiles —órgano creado por Dwight Eisenhower, en 1957, para transformar las políticas segregacionistas— sugirió una severa reforma a dicha entidad en una columna publicada en el diario The New York Times: “La creación de una nueva e independiente Comisión  podría ayudarnos... en la búsqueda de la libertad y la felicidad... Resolver las controversias acerca de los derechos de los gays, las lesbianas y los transgéneros debe ser una prioridad”.

Estos aires de esperanza los comparte Trevor Thomas, vocero del Consejo de Derechos Humanos, grupo de presión que aglutina a unos 750 mil miembros (la mitad heterosexuales) en EE.UU. Thomas sostiene que es ahora cuando se lograrán reformas “inéditas en la historia, por las cuales se viene trabajando durante una década”. Se trata de una ley que penalizaría los crímenes de odio, que podría ser aprobada a mediados de año, y la Ley de no Discriminación Laboral.

Queda pendiente la lucha por el matrimonio del mismo sexo, que actualmente sólo es reconocido en siete países del mundo, y  cuya búsqueda está hoy  globalizada.

¿Y luego qué? Diane Rodríguez, como transgénero, ha empezado a sentir una urgente necesidad por tener hijos. “Sé que no los puedo tener”, dice, “ seguro tendré  que  adoptarlos”.

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