Los tres modelos de América Latina

Los gobiernos de la región representan lo que puede dar de sí cada uno de ellos: ‘renovación’, ‘innovación’, y ‘revolución’.

Lo que comúnmente llamamos ‘izquierda’ política es indudable que crece en América Latina. De Norte a Sur, vemos que en Centroamérica, Guatemala, Costa Rica, muy recientemente El Salvador con la victoria en las presidenciales del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), Nicaragua, y hasta Panamá se alistan cuando menos en el centro izquierda. En la América insular, Cuba es la decana de todos los izquierdismos, y la República Dominicana de Leonel Fernández no le hace ascos a la izquierda del centro.

En América del Sur figuran la locuaz Venezuela, Perú, formalmente gobernado por el APRA, partido que un día fue de izquierda; Bolivia, Ecuador y Paraguay emparentados en indígenas y nacionalismo, los social demócratas Chile y Uruguay, y por último, ese peronismo argentino del que Borges decía que no era bueno ni malo, sino incorregible, que pocos se atreverían a clasificar de derecha.

¿Quién queda fuera? El incombustible Álvaro Uribe, Felipe Calderón en México, los hondureños, y poco más, aunque evidentemente una cosa es filiación histórica y otra distinguir, en ocasiones, entre izquierda y derecha.

Habitualmente se dice que son dos las izquierdas, una que aprobaría todos los exámenes de izquierdismo en Europa, y otra a la que se apostrofaría de populista, sin decir más, porque el lector ya sabe que ‘populista’ —aunque nadie pueda definir el término— suena despectivo. Por eso, se habla de dos modelos, el ‘asilvestrado’ de Hugo Chávez en Venezuela y el ‘domesticado’ de, por ejemplo, Michelle Bachelet en Chile. Pero, los modelos, a juicio de este articulista son tres, en lugar de dos. Y hay otros tantos términos que representan lo que puede dar de sí cada uno de ellos: ‘renovación’, ‘innovación’, y ‘revolución’.

Las diferencias

La ‘renovación’ corresponde a la acción de aquellos gobernantes que, aún más a la luz de la crisis mundial, saben que el ‘business as usual’ ya no sirve, y que la distinción entre derechas e izquierdas es relativamente inocua. Uno de los primeros en comprenderlo fue el presidente Álvaro Uribe ante una situación en la que se imponía una renovación no ya para hacer las cosas bien, sino, simplemente, para empezar a hacerlas.

Para ser liberal, social demócrata, funcional de cualquier persuasión política, primero ha de existir una estructura de Estado y una pacificación que permitan hablar de gobierno y dominación del territorio. Eso es lo que ha hecho Álvaro Uribe Vélez en sus casi ya siete años de mandato y lo que amenaza con seguir haciendo hasta que se le calme su bulimia de poder.

Y eso es, por ejemplo, lo que debe intentar, si quiere salvar al Estado de decaimiento terminal, Felipe Calderón en su lucha contra el narcotráfico. Y si digo que Colombia y México, aún siendo ambos emprendimientos de derecha, se mueven en el ámbito de la ‘renovación’, quiero decir que, sin cambiar el mundo, los gobiernos de ambos países pretenden que las cosas se hagan bien; bien, desde su punto de vista.

Y en ello tampoco hay diferencia fundamental con el gobierno de Chile —socialdemócrata de manual— no digamos ya con el de Perú, de izquierdismo en paradero desconocido, e igualmente, con el del gran centrocampista de la geopolítica, el Brasil de Lula. Y ‘renovación’ es también el sentimiento que agita el matrimonio Kirchner desde la Casa Rosada, como corresponde al peronismo que no ha dejado jamás solución por probar, desde la ‘montonera’ al neoliberalismo.

Los establecimientos políticos declaradamente socialdemócratas pueden destinar, en definitiva, una partida a gastos sociales más nutrida que los que no lo son, pero su concepción básica de la gobernación no es en el fondo diferente: que todo siga como siempre, pero haciendo mejor las cosas, redistribuyendo el capital social, o estableciendo el ‘fiat’ del Estado allí donde era frágil o inexistente.

La ‘innovación’ plantea mayores problemas de identificación, y aunque certificamos que existe cuando la vemos, apenas osaremos definirla. El modelo inevitable a citar es Venezuela, donde se le ha puesto ya nombre a lo que nadie sabe en qué consiste y por ello resulta difícilmente exportable: el socialismo del siglo XXI, y por si fuera poco, bolivariano, que tiene como epígonos el Ecuador de Rafael Correa, y la Nicaragua de Daniel Ortega, pero ni la Cuba del segundo Castro, que estaría más bien en la renovación por muy de izquierda que se proclame, ni la Bolivia de Evo, como veremos, figuran en esa relación. Igualmente, el Paraguay del ex obispo Lugo se muestra aún hoy reacio a que lo categoricemos como ‘renovación’ o ‘innovación’; y, finalmente, El Salvador de Mauricio Funes se vende como renovador.


Entre ambos apartados, sin embargo, tampoco está excluida la coincidencia de estilos o fantasías personales. Chávez y Uribe poseen pulsiones comunes, de notable octanaje autoritario, aunque el colombiano haya ido a mejores colegios y tenga por ello mucho mejor ortografía política, y hay personajes, como Ortega, cuya especialidad es el ‘transformismo’ a la italiana, como es su capacidad de convertirse en lo que le convenga cuando le convenga, desde devoto católico a adventista del séptimo Chávez.

El campo de la ‘revolución’, por último, es el que tiene menos seguidores. Sólo cabe hablar a día de hoy de Bolivia y Evo Morales. El único movimiento modélico que tiene serias expectativas de convertirse en estructural es el del altiplano de Bolivia, con la reindigenización del país. Frente a todas las formas clásicas de extravagancia política que promueven la idea de que hubo una Edad de Oro ahistórica y perdida en la noche de los tiempos, que nunca existió más que como mitología, la alianza de aymaras y quechuas, los pueblos posincaicos, sí que parece, en cambio, capaz de restablecer un ‘tahuantinsuyo’ devotamente precolombino.

El presidente boliviano lo que pretende, como consagra la nueva constitución aprobada en referéndum el 25 de enero pasado, es devolver las comunidades indígenas a un mundo regido por los usos y costumbres anteriores a la llegada de los conquistadores, un comunitarismo o semicomunismo primitivo que invoca a Pachakutik ecuménicamente tanto como a la Virgen.

Y el interrogante que plantea ese mismo carácter estructural es su eventual capacidad de expansión. Ecuador y Perú están ahí, a la puerta del experimento por contagio, pero Chile y Colombia, por ejemplo, que no den por hecho que la dominación del criollato, es decir del tronco hispánico, va a ser por siempre jamás la respuesta universal a sus problemas.

Europa ha comenzado a retroceder en la América andina, y un día puede seguirle por ese camino la caribeña, con países en los que se dan porcentajes de población indígena no muy diferentes al 70% o más de indios bolivianos, como ocurre en Honduras y Guatemala. Y si el primer modelo, la renovación, no conmueve la hechura del mundo por más que el neoliberalismo lo rechace espantado; y el segundo, la innovación, es una incógnita a la que puede que le falte tradición para mantenerse en un equilibrio inestable; el tercero, la revolución, hay que apostar a que ha venido para quedarse.

Samuel Huntington no necesitaba tener razón. No hace falta creer en grandes enfrentamientos entre culturas distintas y distantes, cuando la globalización crea autopistas del conocimiento que nos aproximan a todos para evitar la presunta guerra de los mundos; es, en cambio, en el interior de los países latinoamericanos, donde la mixtura de civilizaciones no ha producido ni la victoria absoluta de una de ellas ni la abyecta derrota de la otra, donde los modelos pueden entrar en colisión; en la América Latina de uno de estos días por la mañana.

 * Columnista del diario El  País de España

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