Ruanda, la generación de la vergüenza

Fredy Mutanguha, sobreviviente del genocidio de Ruanda recuerda la tragedia 15 años después. En cien días, cerca de un millón de personas fueron asesinadas a goles y machete. Hoy se habla de perdón.

Basta con el sabor ácido de una fruta para que todo el horror regrese de nuevo a la vida de Fredy Mutanguha. Las noches escondido en un cuarto pequeño, los gritos de sus vecinos que morían a golpes y zarpazos de machete, el lamento de las mujeres cuando las violaban, y la certeza de que los días se agotaban y las milicias vendrían a matarlo. Los víveres se habían acabado. Ya no tenían con qué sobornar a los asesinos. Sólo quedaban algunos maracuyás que su madre le dejó la noche anterior. “Fue la última cena que  ella me sirvió”, recordaría años después en sus  memorias sobre el genocidio ruandés.

Pocas cosas son tan dolorosas para Fredy Mutanhuga como los días de abril o el sabor de un maracuyá. Entonces vuelven a despertarse en el hoy director del Centro de Memoria del Genocidio, en Kigali, el pánico indeleble de los 100 días  que  se llevaron a su padre, a su madre, a tres de sus cuatro hermanas  y a por lo menos 800 mil de sus compatriotas. Esta semana, hace quince años.

Su voz es sosegada y dulce, y habla con la amarga franqueza de quien ha muerto en vida, y sin embargo, debe hacerle frente al dolor para evitar que la historia se repita. “Nuestra generación está muerta”, suele decir, “sobreviví gracias a la suerte, y ahora no puedo darme el lujo de quedarme callado”.

De eso se dio cuenta meses después de la masacre, cuando los sobrevivientes empezaron a reencontrarse en los pasillos de las universidades y colegios. Todos estaban sólos. Sus familias enteras yacían enterradas en alguna fosa común, y, tras la pesadilla, no les quedó de otra que hacer de la memoria un lazo sanguíneo. Así nació la Asociación de Estudiantes Sobrevivientes del Genocidio de Ruanda, una familia imaginaria y urgente.

En las reuniones con sus compañeros tutsis, Fredy descubrió el efecto sanador que tenía el narrar su historia y escuchar las de los demás. Con ellos recordaría una y otra vez los azuzadores titulares de los periódicos y la voz combativa de los locutores  de radio hutus que anticiparon durante tantos meses el genocidio y lanzaban adjetivos de desprecio contra las tusis. Hutus y tutsis, dos grupos étnicos de mismo lenguaje y con el mismo dios, destinados paradójicamente a   aniquilarse.

Era tanto el odio que flotaba en el aire en esas primeras semanas de 1994, que  bastaba con una chispa que lo encendiera todo. Y el 6 de abril, el episodio ocurrió: el avión en el que viajaban los presidentes Juvenal Habyarimana, de Ruanda y Cyprien Ntaryamira, de Burundí, ambos hutus, fue derribado por desconocidos. Su muerte fue un llamado tácito a la destrucción total.

Era natural,  ¿Cómo no iba a ser fácil acabar los a golpe de machete si los medios de comunicación no hacían sino repetir que los tusis eran cucarachas y serpientes, una plaga peligrosa y despreciable? ¿Cómo no iba a ser lógico fusilarlos y violarlos, infectarlos con VIH, cortarles sus genitales y exhibirlos en el aire, si en la escuela para aprender aritmética, no se sumaban manzanas ni se restaban peras, sino niños y niñas tutsis?

Así fue fácil que los más entrañables vecinos, los amigos de toda una vida, agarraran cuchillos y fusiles y se unieran a las milicias de interahamwe, como se hacían llamar las pandillas armadas de hutus. Entre ellos el  tendero de confianza de su familia y un ex alumno de su madre, a quienes vio llegar el 13 de abril a su casa a llevarse a los suyos.

Durante días, Mutanguha, de 18 años, había logrado mantenerse escondido en la casa de un amigo, un hutu valiente que se arriesgó a protegerlo con su hermana. Esa noche, sin embargo, había salido de su escondite, y  estaba presente en la casa de sus padres cuando llegaron los de la interahamwe a cobrar la vida de su familia.

Primero se llevaron a las dos más pequeñas. Fredy las escuchó gritar durante un rato largo. Luego volvieron por su madre, cuyo cadáver tuvo que salir a buscar, en medio de la noche, para darle una rápida y nerviosa sepultura. De últimas mataron a su padre, de quien nunca volvió a saber.

Y luego vino la huida.  Vagó con su hermana de villa en villa, con cédulas de hutu falsas; salieron bien librados de los retenes que minaban las carreteras y lograron, después de dos meses, llegarilesos  a Kigali, la capital. Sólo unos 300 mil tutsis  sobreviveron. Por poco los exterminan a todos.

Perdonar y recordar


Desde el genocidio, y tras cincuenta años de políticas discriminatorias y discursos de odio interétnico, nadie habla en Ruanda de hutus y tutsis. Las palabras son hoy una lección de historia, claves macabras para conjurar las más bajas y oscuras potencias del ser humano. Nadie tiene esa responsabilidad en tan alto grado como el mismo Mutanguha: “Aquí, cuando dices que eres “hutu”, quiere decir que eres un asesino. Y cuando pronuncias “tutsi”, significa que eres una víctima del genocidio. La única manera de continuar el plan colectivo de reconciliarnos, de ser uno solo, es empezar a llamarnos ruandeses”.

Para lograrlo, Ruanda se ha dado la tarea de reconocer su vileza, de hacerla visible, incluso si eso implica revivir las heridas.

En escuelas e iglesias, el Centro Memorial de Ruanda ha dejado a los cadáveres exhibidos, así como fueron dejados por los asesinos: un niño aferrado a un rosario, una mujer abrazada a su hija... En la villa de Murambi, en la escuela de Nyarubuye, el horror se revela constantemente, para que el espanto se convierta en disuasión eterna; aquí, cualquier visitante puede volver a caminar entre la tragedia, viendo las expresiones de pánico de quienes murieron. Lo mismo pasa en la  Sala de la Ropa, un pabellón en el Memorial de Kigali dirigido por  Mutanguha, y en el que las prendas de las víctimas cuelgan de las paredes contando relatos silenciosos y eternos.

Pero perdonar no es fácil. Cuatro años después del genocidio, Mutanguha volvió a su pueblo. Allí estaban las casas aún destruidas, las calles en las que jugaba de niño con los hijos de los asesinos de su familia. Y desandando una tarde de 1998 esos espacios dolorosos, vio a uno de los asesinos de su familia en la distancia. Era su vecino, el que se había llevado a sus dos hermanas y que esa noche las hizo gritar hasta deshacerlas a golpes.

“Tuve ganas de hacerle daño”, confiesa Mutanguha, “tenía mucha rabia”. Por eso reconoce que no ha llegado el momento del perdón. “No sé ni siquiera por dónde empezar”, escribió. “¿Al fin de cuentas, a quién debería perdonar? Fueron tantos los involucrados… no estoy listo para iniciar ese viaje. Necesito  que ellos vengan a mí y  pidan perdón primero”.

Mutanguha sabe, sin embargo, que su generación tiene la responsabilidad de seguir adelante pese al dolor de las víctimas y “la vergüenza que sienten los hijos de los asesinos”. Cuando tenga los suyos, ¿los dejará jugar con los niños del tendero hutu? Sí, responde sin dudarlo. “Ellos no estuvieron directamente involucrados y tenemos que acabar con el ciclo de represalias”.

Su sociedad, que perdió la fe en todo, le apuesta a la “esperanza”, una palabra que repiten con frecuencia y que implica la creencia en un futuro por encima del duelo y la natural sed de venganza. “Por nuestro país, por todo”, dice Mutanguha: “Tenemos que sacrificarnos a nosotros mismos”.

El epicentro del recuerdo

En abril de 2004, cuando se cumplía una década del genocidio, el Centro de la Memoria de Kigali fue inaugurado en la capital de Ruanda. Camposanto, museo y archivo, el centro sirve de tumba a más de 250 mil cadáveres y se ha convertido en espacio de encuentro, recuerdo y luto para los sobrevivientes de la masacre. Otros siete centros existen en el país, donde se realizan exhibiciones internacionales acerca de la historia del genocidio en el mundo y en el que los cuerpos y las pertenencias de las víctimas están siempre presentes como recordatorio —como se lee en su página de internet— del “costo de la ignorancia”.

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