El hombre que puso en jaque a cuatro dictadores

El general revolucionario mexicano Emiliano Zapata comandó por nueve años los ejércitos del sur.

El aburrimiento se le notaba en la cara. Era el centro de todas las miradas, y lo sabía muy bien. Por eso bajó la cabeza, miró fijamente el bordado del mantel y arrancó varias hojas de lechuga que parsimoniosamente se llevó a la boca.

Así, rodeado de guerreros que venían del Norte del país y de aristócratas que sentían como suyo el poder del pueblo, Emiliano Zapata se sintió solo. Y nervioso.

Sin embargo, intentó adaptarse a la situación. La creación de un nuevo gobierno en México lo había llevado ese octubre de 1914 a Aguascalientes. La causa que estaba persiguiendo, una parcela para los campesinos e indígenas del Sur, se veía ahora muy cercana.

Entonces recordó sus raíces, las montañas de su natal Morelos y a su ejército revolucionario. De un momento a otro, Zapata se sintió al lado de sus hombres, montando a caballo y defendiendo a los campesinos del Ejército de la República.

Y recordó que todo había comenzado por una mujer...

En 1908, al arriero y jornalero de 29 años lo obligaron a entrar al Octavo Regimiento de Caballería, en Cuernavaca, por una leva. Uno de sus vecinos lo acusó de haber raptado a su hija, motivo suficiente para ser castigado por la férrea disciplina castrense. Pero Zapata disfrutó el correctivo: le reconocieron su capacidad para montar a caballo y manejar armas, la mismas que hizo que prestara servicio sólo por seis meses.

Y al año siguiente estaba de regreso en su pueblo, San Miguel de Anecuilco, donde tuvo dos hijos con Inés Alfaro, el motivo de sus días castrenses. También fue elegido por los campesinos como presidente de la junta de defensa local.

La pregunta de un mesero lo regresó al presente: ¿Preferiría sopa? Con una mirada nerviosa le dijo que no. El hombre de guantes blancos y corbatín fresco no insistió. Le habían dicho que era un hombre peligroso.

Zapata siguió ensimismado y pensando en su causa. Miró ocasionalmente a su colega del Norte, Pancho Villa, quien consumía con entusiasmo cada platillo que ponían frente suyo. Y más allá estaba Venustiano Carranza, el hombre clave de Estados Unidos, vistiendo un imponente traje militar y con un gesto de fastidio en su cara.

 Al hombre que dirigía el Ejército Libertador del Sur no le quedó más remedio que perderse, de nuevo, en la memoria y recordar las montañas de su Morelos, a donde huyó en 1910 después de que la dictadura de Porfirio Díaz lo hubiera acusado de bandolero. El crimen: expropiar las tierras de Villa de Ayala, bajo control de la Policía, y entregárselas a los campesinos.

Desde entonces, la vida se vivió por fuera de la ley. Con otros 72 campesinos se alzó en armas contra los porfiristas. Hasta sus dominios llegó un importante hombre de Coahuila, Francisco Madero, que luchaba por restablecer la democracia. Zapata escuchó sus ideas y se alineó, siempre y cuando, una vez se consolidara el triunfo, los campesinos recibieran sus anheladas parcelas.

Un año después, cuando ese hombre llegó a la Presidencia, Zapata supo que no había que confiar demasiado en las palabras de los hombres de corbatín.

Tan pronto ocupó el cargo, Madero olvidó la importancia del lema “La tierra es para el que la trabaja”. En su lugar, ordenó el desmonte de los ejércitos revolucionarios. La puñalada lo hirió de muerte. Y con la amargura de la traición hizo redactar su propio manifiesto: el Plan de Ayala.

 Zapata jaló su espeso bigote. Dudaba de Carranza, tal como dudó en un principio de Victoriano Huerta, el hombre que mató a Madero, gobernó poco más de un año y huyó ante la presión estadounidense. Pero se convenció de que estaba allí, en la convención revolucionaria de Aguascalientes, para ponerle punto final al reclamo de los campesinos del Sur por trabajar la tierra.

La causa eterna

Camino hacia Chinameca, cinco años después, Zapata dudaba si debía confiar de nuevo. Y se le vino a la mente el recuerdo de Carranza, ahora presidente. El mismo que buscaba matarlo.

A pesar de que se había aprobado una nueva Constitución en 1917, el general Emiliano Zapata continuó su lucha. La causa agraria quedó en segundo plano dentro de la Carta Magna y los carrancistas fusilaban a todo aquel que se negara a cumplir con la ley.

Los hombres de Zapata habían hecho caso omiso a la orden. Desde su base de operaciones en Tlaltizapán conquistaron lentamente el Sur del país e instauraron su propio gobierno.

Pero los problemas no tardaron en aparecer. La ambición de sus propios comandantes, que en ocasiones saqueaban a quienes protegían, fue minando de a poco el apoyo campesino. Pero los mismos revolucionarios no tenían dinero y el comercio con otras ciudades estaba prohibido. Por si fuera poco, las municiones que los zapatistas fabricaban no eran tan efectivas y desde hacía tiempo los Estados Unidos habían dejado de venderles armas.

 El descontento trajo consigo una plaga más mortífera: la traición. Pero Zapata no se asustaba. Estaba seguro que ese 10 de abril de 1919 sería un día perfecto: Jesús Guajardo, un carrancista reconocido, lo había citado en una hacienda para unirse a la revolución.

Lo que siguió quedó guardado en la memoria de los mexicanos. Como reza el corrido que compuso en su honor Baltasar Dromundo: “Entraba el héroe a la hacienda/ y un descarga lo hirió,/ en lugar de saludarlo/ esa tropa lo mató”.

Noventa años después de ese día, los campesinos mexicanos siguen venerando al general Emiliano Zapata. Y aún recuerdan sus palabras: “Es mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado”.

El plan de Ayala

El 25 de noviembre de 1911, un año después de que los zapatistas aceptaran el plan de gobierno de Francisco Madero, el mismo Emiliano Zapata encomendó la redacción del proyecto político de su ejército.

“El llamado Jefe de la Revolución Libertadora de México, don Francisco I. Madero, por falta de entereza y debilidad suma, no llevó a feliz término la Revolución que gloriosamente inició con el apoyo de Dios y del pueblo”, expresó el documento a modo de justificación.

Catorce fueron las proclamas zapatistas, entre las que se encuentran el rechazo a alianzas con otras fuerzas, la aplicación de una reforma agraria contra los terratenientes mexicanos y la posibilidad de juzgar a los traidores a su causa.

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