A la manera de los piratas

Cartagena de Indias fue una de las ciudades más asediadas por los ataques bucaneros. Tanto sus murallas como el castillo de San Felipe fueron construidos para defenderse de los corsarios.

Había saqueado la ciudad, y su nombre, Francis Drake, era repetido con odio y pánico por los cartageneros de aquellos años de mil quinientos y tantos, que no dejaban de huir para salvarse de su maldad y su saña. Decían que su aversión hacia los católicos provenía de su propia sangre, pues su padre era protestante hasta las entrañas, y por serlo, la reina María Tudor, esposa de Felipe II, lo había conminado a las mazmorras. Drake juró vengarlo, y si vivió y recorrió decenas de veces los mares de América y atacó cuanto puerto se encontró, fue para honrar su memoria.

Drake había llegado a las costas de Boca Grande unos días antes, con 19 veleros y 1.000 piratas a quienes más que seleccionar había engañado hasta convertirlos en sus rehenes. En dos días se tomó la ciudad. Los soldados españoles que la defendían no pudieron contrarrestar a los ingleses, porque eran menos, porque sus armas eran pocas y porque, ingenuos, habían contado con los negros y los indios, pero los negros los traicionaron pues los detestaban desde su condición de esclavos azotados y humillados, y los indígenas no luchaban de noche por mandato de sus dioses.

Cuando Drake terminó de hacer el inventario de las “ganancias” que había dejado la invasión, se paró enfrente de sus lacayos y les preguntó por el tiempo que demorarían en incendiar la ciudad, que eran dos docenas de casas, un matadero y un par de iglesias, pues las murallas y el fuerte de San Felipe apenas comenzarían a construirse 80 años más tarde por orden explícita del rey Felipe IV, para quien los ataques piratas de Drake y compañía no deberían repetirse jamás. Le dijeron que para la hora de Nonas todo aquel conglomerado de casitas, calles y templos estaría en llamas, y él sonrió. Entonces llamó aparte a su lugarteniente y le pidió que fuera en busca de don Pedro Fernández de Bustos, gobernador de la ciudad, para exigirle 400 mil pesos oro contantes y sonantes. Fernández se excusó de ir adonde el corsario. “Que está en muy mal estado de salud, le manda a decir”, le informó su recadero, quien luego añadió que en su lugar había enviado al obispo Fontalvo.

Monseñor se le apareció a Drake varias horas más tarde. Lo saludó sin la altivez que le había conferido Dios tiempo atrás, y con el temor que le habían contagiado sus sacerdotes y acólitos, escondidos con él en las selvas cercanas a La Popa durante los ataques. El pirata lo recibió con sus mejores maneras, aunque le reclamó que en una carta el gobernador Fernández se hubiera referido a él como un “corsario inglés”, cuando en realidad era un enviado fiel de Isabel, la Reina de Inglaterra. Entonces le dijo que si no quería ver incendiada a Cartagena, le llevara 400 mil pesos oro, y que el plazo vencería sobre el mediodía del día siguiente. Monseñor Fontalvo regresó con lo que pudo, 107 mil pesos en anillos, collares y alhajas varias, menos de la mitad de lo que Drake exigía.

Discutieron. Drake, en su eterno tono flemático, con sus maneras de realeza con las que dos años atrás había recibido de la reina el título de Sir por sus invaluables servicios prestados a la corona. Monseñor, casi gimiendo, rezó e imploró, y como último recurso le ofreció al pirata las últimas campanas de su monasterio. Sellado el acuerdo con venias, Francis Drake redactó varias cartas de pago por el valor de lo que se llevaba. Firmó, y bajo su nombre puso la fecha: 2 de abril de 1586. Pasados 10 años murió invadido de fiebres a la entrada de la bahía de Cartagena, luego de haber saqueado los puertos de Riohacha y Santa Marta. Su cadáver fue lanzado al mar por sus propios bucaneros, quienes cantaron himnos piratas, se emborracharon con tragos baratos y recordaron la historia de otro corsario, Martín Coté, muerto allí mismo, sepultado en una iglesia, desenterrado por el obispo Fontalvo y arrojado al mar, como correspondía. Coté hacía parte de la corte francesa, como Drake de la inglesa, y como, tiempo después, Henry Morgan sería emblema y referente de los gobiernos británicos, pues en aquellas épocas los piratas eran soldados de sus reinos, o almirantes, mejor, avalados por reyes y reinos, y protegidos por Dios, más allá del oro.

El corsario del siglo XXI

En lugar de brújulas, tienen sistemas GPS; en vez de luchar con sables, patrullan las aguas del Golfo de Adén, en África, con fusiles AK-47; y no tienen que esperar meses para comunicarse entre ellos, basta con los teléfonos satelitales que les dan línea directa con sus secuaces en las villas de Puntlandia, Somalia, y los abogados que negocian los rescates en las capitales europeas.

Es el perfil del pirata contemporáneo, por lo general oriundo de Somalia, un país marcado por el caos y la hambruna. Un nuevo corsario, que prefiere la extorsión y el secuestro en lugar del saqueo y el pillaje, y que hoy ensombrece el tránsito de los buques de carga que pasan por los mares del continente negro.

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