“¡Vienen los talibanes!”

Estados Unidos advierte que Pakistán está a punto de caer en manos extremistas.

El presidente estadounidense Barack Obama declaró recientemente que la frontera de Pakistán con Afganistán era “el lugar más peligroso del mundo”. Es fácil entender por qué: el conflicto religioso, la insurgencia y el terrorismo están a la orden del día en Pakistán, en donde la violencia no da tregua. Según las cifras más recientes, en los últimos 15 meses  los ataques terroristas han dejado más de 1.400 muertos, la mayoría civiles. Detrás de este brote de violencia está el Talibán, grupo radical religioso expulsado del poder en Afganistán en 2002. Luego de emprender la huida, los talibanes decidieron trasladarse hacia las provincias fronterizas paquistaníes.

El valle de Swat, en la frontera noroccidental, es el lugar que más ha sufrido con la llegada talibán. Tierra de montañas tapadas de nieve y selva de pino, conocido como “la Suiza de Pakistán”, hasta hace poco era el destino preferido de turistas y parejas recién casadas. Hoy es el primer bastión talibán en el país y el lugar desde donde “los soldados de Dios”, como se les conoce a estos militantes por sus temidas leyes morales, iniciaron su avanzada hacia la conquista de Islamabad, la capital paquistaní.

La estrategia para dominar esta importante ciudad es igual a la empleada en el valle de Swat: ataques armados, imposición de la sharia (ley islámica), castigos públicos, destrucción de cientos de escuelas femeninas y asesinatos de alto perfil. Fortalecido con avezados combatientes vinculados a Al-Qaeda, las fuerzas talibanes lanzaron en 2007 una ofensiva sangrienta y destructiva en el valle de Swat, hasta que acordaron un alto el fuego, en febrero de este año.

El gobierno de Asif Ali Zardari, polémico viudo de la ex primera ministra asesinada Benazir Bhutto, ratificó el trato firmado con el Talibán, que le otorgó carta abierta para aplicar oficialmente la Sharia. Según Zardari, se suscribió el acuerdo a cambio de la paz y la estabilización de la región. No obstante, ahora se sabe que los insurgentes no quieren aplicar la Sharia sino su propia versión, y que no depondrán las armas sino que concentrarán sus ataques en otras regiones del país.

Aunque la gente está feliz por el fin de la guerra en Swat, hay mucha inconformidad. Pervez Khan, residente de la zona, escribe en un blog de activistas sobre las leyes talibanes: “Si van a azotar a las mujeres en público, si van a exhumar hombres muertos para degollarlos y si las leyes del país van a ser dictadas con una pistola en la cabeza al ‘parlamento elegido’, pues no quiero este Islam ni este Pakistán”.

La historia se repite. En febrero de 2006, el entonces mandatario Pervez Musharraf aprobó un acuerdo semejante. En aquella oportunidad, muchos criticaron el tratado porque fortalecía al Talibán; hoy, la situación es casi igual. Según Afrasiab Khattak, del Partido Nacional Awami, quien gobierna la región donde se encuentra Swat, las opciones para llegar a un acuerdo con el Talibán son limitadas: “Perdimos la guerra, negociamos desde una posición débil”.

Enemigo temido

Organizado y astuto, con un conocimiento superior del terreno y un reclutamiento regular de nuevos militantes, el Talibán es un enemigo aterrador. “¡Que vienen los talibanes!”, son las frases que se leen hoy en varios blogs que revelan el miedo de los pobladores de varias provincias de Pakistán ante el avance del grupo radical. Las autoridades están en alerta. Miles de soldados fueron desplegados en Shangla y Buner, dos distritos vecinos a Islamabad, para detener el avance talibán. Hasta Estados Unidos se pronunció el jueves, advirtiendo que si los talibanes toman el control del país, será el caos total.

Falta ver si la renovada campaña en Afganistán, con fuerzas especiales de EE.UU, la OTAN, y Colombia —que manda expertos anti narcóticos y para el desminado— le sirve a Pakistán.

Swat y sus regiones vecinas se encuentran hoy en el ojo del huracán, domostrándose así la fortaleza talibán en el país. Pero Pakistán puede convertirlas en un ejemplo de cómo combatir el extremismo y recobrar su estabilidad.

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