El culto a la Santa Muerte

La mayoría de sus fieles son considerados narcotraficantes o asaltantes. Pero ahora miles de jóvenes ajenos a la delincuencia también la veneran en los más de 300 altares callejeros que hay en la capital.

La carretera que conduce de Monterrey a Nuevo Laredo, al norte de México, ha sido uno de los tantos escenarios de la cruenta guerra que libran los carteles del Golfo y de Sinaloa por el control del tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Apoderarse de ella significa el acceso a los cuatro puentes internacionales que más adelante cruzan sobre el río Bravo y por los que circulan cada día unos ocho mil vehículos transportando una tercera parte del comercio binacional.

Sobre la medianoche del pasado 23 de marzo, una caravana de maquinaria pesada escoltada por militares y policía federal llegó hasta el kilómetro 22 de esa vía. La misión no era otra que retirar las imágenes de la Santa Muerte y destruir los 34 altares consagrados a ella. Convertidos en verdaderas capillas de hasta dos metros de altura, desbordados de ofrendas e iluminados por veladoras, los altares se multiplicaron a espaldas de las autoridades en cuestión de dos años.

Algunos analistas interpretaron el operativo como un golpe directo a la moral del narco. Muchos de sus hombres son devotos de esta Santa, huesuda y macabra, ataviada con trajes de todos los colores y que sonríe mientras esgrime una guadaña. Las autoridades locales desmintieron que se tratara de una guerra de imágenes. Aseguraron que sólo atendían las quejas de pobladores preocupados por el grotesco escenario, parecido a un cementerio, en que se había convertido la entrada a la ciudad.

Luis Astorga, uno de los investigadores mas reputados en el tema del tráfico de drogas en México, vinculado al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, dice que como en todo grupo social, entre los traficantes también hay creencias y figuras preferidas. “No es que ellos hayan inventado ese culto a la Santa Muerte o a Jesús Malverde, otra figura del panteón popular, sino que la mayoría proviene de clases populares y llevan consigo todo un capital cultural cuando entran a la ilegalidad”. Por eso cree que el gobierno practica una “sociología de supermercado” al pretender que destruyendo los altares evita que niños y jóvenes más adelante entren a las filas de los carteles.

“No es la primera vez que en los medios se asocia la Santa Muerte con delincuentes”, dice Fernando Sandoval, periodista y escritor mexicano que le ha seguido por años la pista a este culto. “En 1998, cuando la policía detuvo al secuestrador Daniel Arizmendi López, conocido como El Mochaorejas, encontraron en su residencia imágenes de la Santa Muerte. También la asesina en serie conocida como la Mataviejitas le rendía culto y es frecuente encontrar altares en casi todas las cárceles”.


Pero los delincuentes son apenas una parte del rebaño de la Santa Muerte. En Ciudad de México, donde la Santa cuenta con el mayor ejército de seguidores, las protestas no se hicieron esperar. Un centenar de ellos marcharon la semana pasada hasta el Zócalo con pancartas que decían cosas como “Creo en la Santa Muerte y no soy narco”. Micrófono en mano, David Romo, autoproclamado obispo de la Iglesia Católica Tradicional México-Estados Unidos, convocó a una “guerra santa” contra el gobierno y la Iglesia Católica. Apenas una fracción lo sigue. Él es uno de los tantos que pretenden adueñarse de un culto que no conoce otra autoridad que el de la Santa Muerte.

“Echame una mano culera”

Dicen que a la Virgen de Guadalupe se le piden milagros, que a San Judas Tadeo favores, pero que la Santa Muerte te hace “paros”. Paros, entre los mexicanos, significa peticiones que sólo se le hacen a un amigo, a un “cuate”. A la Santa Muerte se le pide prosperidad en los negocios legales, pero también en los ilegales, suerte en el amor o maldiciones para el amado, protección para amigos y familiares y castigos para los enemigos, que aleje las enfermedades, así como ayuda para sacar presos de la cárcel. Las trabajadoras sexuales ruegan por más clientes y los pistoleros por puntería. Esa versatilidad explica en parte su popularidad. Concede favores que nadie se atrevería a susurrar ante una imagen de Cristo o de la Virgen.

La gente le habla a la Santa Muerte. Le dicen chula, bonita, flaquita. Le ponen apodos, Niña Blanca o Negra, Hermana y Comadre. Se la tatuan en los brazos, piernas, espalda, en el pecho. Otros levantan altares en un rincón de su casa o en mitad del barrio y la visten con trajes. Le llevan frutas. Cada uno ofrece lo que puede, lo importante es cumplirle porque, aunque “es a todo dar”, sabe de venganza, se enoja, es celosa. Se le rezan rosarios y sus imágenes las bañan con humo de puro.

“Creo en ti porque sé que existes desde el principio de los tiempos. Creo en ti porque eres justa y no discriminas, lo mismo te llevas a un joven que a un viejo, a un rico o un pobre. Creo en ti porque eres la madre de los ciclos, pues todo lo que empieza termina y todo lo que vive muere... Amén”, reza una de las oraciones que circulan en folletos anónimos entre los seguidores de la Santa Muerte.

El primer día de cada mes, los devotos de la Santa Muerte tienen una cita a las 8 p.m en la calle Alfarería de Tepito, uno de los barrios más bravos del Distrito Federal, y el altar que “Doña Queta” le dedicó a la Santa Muerte es señalado por muchos como el primero en hacerse público. De los más de 300 altares callejeros desperdigados por la ciudad, es el que más fieles congrega. Se calcula que al menos 5.000 lo visitan ese día.

“No existe una Biblia o Corán sobre la Santa Muerte. Mucho menos una liturgia. La devoción es un laboratorio contemporáneo, donde los seguidores ensayan ritos”. Así describieron Claudia Adeath y Regnar Kristensen, en un libro titulado La muerte de tu lado, las prácticas en torno a la Santa.


Elizabeth Andriopulos, una fotógrafa mexicana que ha investigado por más de cuatro años este culto, cuenta que desde muy temprano los fieles de la Santa Muerte llegan hasta Alfarería para dejar sus ofrendas y que el rito más común es un rosario frente al altar callejero. El ritual, como lo muestra en un documental que produjo con su esposo, a veces es interrumpido por las trompetas de un mariachi contratado por algún vecino para cantarle a la “flaquita”.

Sobre el origen del culto poco se sabe. Unos lo vinculan al legado de las devociones aztecas a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el dios y la diosa de la muerte. Otros a la tradición yoruba que trajeron esclavos africanos a las Américas y algunos más encuentran su raíz en cultos europeos que prosperaron en la época de las epidemias y la peste. 

La confusión histórica poco perturba a sus seguidores. Para ellos lo claro e importante, como reza un cartel callejero firmado por la muerte, es: “Hoy estás en los brazos de la vida, pero mañana estarás en los míos. Así que vive tu vida. Te espero”.

La penitencia de los curas mexicanos

La curia de México está viviendo su propio vía crucis. El narcotráfico les declaró la guerra a los representantes de Dios y ha hecho que al menos 250 sacerdotes de varios estados del país dejen sus iglesias y emprendan la huida para no caer en la guerra contra las drogas que azota a los mexicanos. Todo comenzó cuando el arzobispo de Durango, monseñor Héctor González, dijo que Joaquín El Chapo Guzmán, presunto líder del cartel de Sinaloa, vivía en ese estado del norte del país: “En Guanaceví (Durango)  ahí está El Chapo, por ahí vive, pero, bueno, todos lo sabemos, menos la autoridad”. Los narcotraficantes, molestos por la imprudencia sacerdotal, empezaron a amenazarlos. El obispo de Huajuapán, monseñor Teodoro Enrique Pino hizo esta semana la denuncia.