La pasión de Correa

El mandatario ecuatoriano sigue profundizandolas reformas que prometió al subir al poder en 2007. Retrato de un niño humilde y brillante que logró devolverle estabilidad política a un país convulsionado.

Bastó con el acercamiento de la cámara a su rostro para que se revelara que nada de lo que allí pasaba obedecía a un ejercicio juicioso de política exterior. Sus ojos se clavaron, rojos y temblorosos, en el rostro desafiante del presidente Álvaro Uribe y con los labios apretados no tuvo otra que darle la mano. Los mandatarios latinoamericanos presentes en el salón de la Cumbre de Río, en ese alocado marzo de 2008, aplaudieron emocionados. Pero eran unas paces de mentira. Rafael Correa estaba ofendido.

No era la primera vez que algo molestaba al mandatario. De hecho, durante el año que llevaba en el poder, ya muchos se habían acostumbrado a sus intempestivos y fulminantes cambios de ánimo. “Podías ir una vez a hacerle una entrevista y te recibía sonriente y de buen humor; volvías en otra ocasión y encontrabas un ambiente pesadísimo a su alrededor”, relata Martín Payares, editor político de El Comercio, de Quito, quien recuerda las veces que el mal genio del mandatario invadía los corredores del Palacio de Carondelet, en Quito. En la oficina, “sufrían mucho por sus subidas y bajadas de temperamento”.

Pero así había sido siempre Rafael Vicente Correa Delgado, aquel muchacho de clase media baja nacido en 1963 en un barrio de Guayaquil, quien defendía hasta los puños a los más pequeños de la escuela frente a los gorilas de grados superiores, y que con disciplina no se perdía una actividad de los boy scouts o las jornadas de catequesis organizadas por los padres lasallistas. “Siempre apasionado, vehemente, confrontador”, señalaba esta semana una periodista que le ha seguido los pasos y quien asegura que han sido estas señas de su carácter las que se ganaron el corazón de los ecuatorianos, cuando fue nombrado el 21 de abril de 2005 ministro de Economía de Alfredo Palacios, quien reemplazó con urgencia al depuesto Lucio Gutiérrez.

Hasta ese entonces, el profesor Rafael Correa era relativamente desconocido en el país. Asesor de economía del vicepresidente Alfredo Palacio, catedrático de la Universidad de San Francisco de Quito y comentarista ocasional de la emisora Radio Democracia, pocos sabían de sus reparos al Fondo Monetario Internacional o de  sus tesis en contra del Consenso de Washington.

Sin embargo fue suficiente con el llamado presidencial para que comenzara, por fin, la carrera política con la que empezó a soñar a finales de los ochenta, cuando era un profesor voluntario de matemáticas en la villa indígena de Sumbahua, en la provincia de Cotopaxi. Así, 18 años después, al ser nombrado ministro de Economía, Correa viajaría a ese lejano lugar, donde le prometería a los indígenas, consciente de que ya comenzaba su campaña, que lucharía por los pobres y por los oprimidos.

Y en cuestión de cuatro meses, el nuevo ministro impulsó reformas económicas, la emprendió contra el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y renunció a su puesto lanzando diatribas en contra de la clase política ecuatoriana y lo que se convirtió en su palabrita mágica: “la partidocracia”.

Con el discurso, y los ojos verdes y la sonrisa y el entusiasmo se ganó rápidamente el corazón del pueblo. Su gestión, en las encuestas, empezó a ser aprobada por el 57% de un país que en cinco años había dado de baja a tres presidentes.

En 1997 había caído Abdalá Bucaram, y Jamil Mahuad en 2000. Lucio Gutiérrez había salido en 2005. Correa logró diferenciarse de la clase política tradicional y ganarse la confianza de muchos sectores. “Su gran éxito político”, reflexiona el politólogo ecuatoriano Felipe Burbano, “fue haber encarnado la voluntad de cambio que estaba muy arraigada en la mayoría de los ecuatorianos”.

Muy pronto el lema “un correazo a los políticos y la corrupción” se hizo conocido, y repetido, durante la campaña presidencial de 2006. El candidato recorrió ciudades y pueblos explicando cómo destinaría las regalías petroleras a los pobres y buscaría otros mercados (preferiblemente en Suramérica), además de oponerse a la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y prometer que, con el cambio, llegaría una nueva Constitución.

Las  heridas

Dos días antes de la elección presidencial de 2006, cuando Rafael Correa le acortaba cada vez más distancia a su oponente —el magnate bananero y eterno aspirante a la presidencia Álvaro Noboa—, un sobre con documentos llegó a las salas de redacción de los principales medios ecuatorianos. Hasta que leyeron su contenido, muy pocos periodistas sabían de la historia de Rafael Correa Icaza, padre del aspirante a la presidencia, y quien había sido por muchos años servidor público en Guayaquil.

La prensa supo entonces que Rafael Correa (padre), contrario a lo que se creía, no había muerto en los setentas cuando Rafael Correa era un niño. Los documentos hablaban de que Correa Icaza había sido capturado en Estados Unidos por traficar drogas a finales de los ochenta. La noticia sólo fue publicada por un diario en la capital. La prensa prefirió mirar a otro lado y respetó la intimidad del candidato.

Hasta hoy, el asunto es uno de los grandes tabúes de Ecuador. Se sabe que Correa Icaza sí fue capturado —algunos dicen que en el aeropuerto JFK, de Nueva York, con 2 kilos de cocaína—, y que tras cinco años y tres meses de prisión (aparece en los registros del sistema penitenciario norteamericano) fue deportado a Ecuador, donde se quitó la vida en 1995. Lo demás es silencio.

Sin embargo, hay quien sugiere que el episodio marcó profundamente a Correa y que es el responsable de su resentimiento hacia los Estados Unidos. “Hace poco se supo de forma no oficial que de regreso de un viaje a Europa al Presidente lo revisaron en Miami”, relata Martín Payares. Fue tal la requisa, que Correa entró en cólera y juró que nunca volvería a poner un pie en ese país. “Viajó una vez después, al entierro de su abuela, en California, pero no ha vuelto”.

Este tipo de reacciones han hecho que Correa, en quien la emoción y la política se hacen una, sea visto por muchos como un “hombre de resentimientos”. En sus discursos en contra de los Estados Unidos, o de las clases altas, sus dolores están siempre presentes: el episodio de su padre, o la manera como se relacionó con los niños bien de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil y de la Católica de Lovaina, en Bélgica, en donde estudió becado. En esta última conocería a su esposa Anne Malherbe (hoy tienen tres hijos).

A la Universidad Urbana-Champaign, en Illinois, Estados Unidos, el corazón de la academia neoliberal, llegaría Correa en 1997. Venía de librar una batalla perdida con el Banco Interamericano de Desarrollo, que le canceló una consultoría luego de que se atreviera a denunciar un caso de corrupción interna. “Casi aniquilan mi vida”, comentó años después al recordar este episodio.

Volvió a Ecuador tras finalizar su doctorado en Economía, con varios enemigos a bordo, entre ellos las tesis de Milton Friedman, los organismos multilaterales y el Consenso de Washington, cuyas recetas neoliberales criticó insistentemente en varios artículos académicos. “Él aprecia el mercado hasta cierto punto, pero sabe muy bien que si no se regula conduce a la concentración de riqueza”, le dijo Werner Baer, uno de sus profesores, al diario The Washington Post en 2006.

Hoy Rafael Correa, estrenando Constitución y con la intención de voto por encima del 50%, cuenta con el respaldo de un electorado al que no parece haberle importado ni sus peleas con los medioambientalistas, ni la cancelación de las clases en quechua para los indígenas, ni el caso Chauvín, que relacionó a miembros de su gobierno con las Farc y el narcotráfico.

A los ecuatorianos tampoco parece importarles mucho su disputa con el presidente Uribe, aunque algunos coinciden en que Correa está genuinamente herido y se siente maltratado. “El presidente Uribe le mintió descaradamente al presidente de Ecuador”, dijo días después del bombardeo al campamento de las Farc en suelo ecuatoriano en el que murió alias ‘Raúl Reyes’.  “No vamos  a permitir más ultrajes del Gobierno colombiano, vamos a ir hasta la últimas consecuencias”.

Y la crisis continúa. Rafael Correa no olvida.

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