La ciudad de Urumqi (China) se queda sola

El miedo a nuevos enfrentamientos lleva a uigures y hanes, las dos etnias enfrentadas, a abandonar la capital de Xinjiang.

Las calles de Urumqi, capital de Xinjiang, están militarizadas. Cientos de soldados antidisturbios y grupos de operaciones especiales, bien armados y a bordo de tanquetas, patrullan las principales calles. Pero su presencia, lejos de traer la calma a la zona, escenario de fuertes disputas que dejaron 156 muertos, provocó la huida masiva de la población.

Miles de personas se tomaron las principales estaciones de autobuses y trenes de Urumqi. Los de la etnia uigur, la minoría en la región, les temen a los han. Éstos a su vez tienen miedo de los uigur, quienes huyen de la policía, de mayoría han. La demanda por transporte  era tal, según funcionarios de las empresas de este sector, que nuevos autobuses fueron puestos en servicio para afrontarla.

La ciudad, de dos millones de habitantes, se está quedando sola. Según cálculos de las autoridades, 10.000 personas abandonaron, solamente en un día, sus hogares, el doble de lo que se reporta normalmente. Los que se quedaron, protagonizaron nuevas escenas de violencia. Un grupo de uigures llegó hasta Baitulla, una de las mezquitas más visitadas, con la intención de hacer su oración. Sin embargo, se encontraron con la noticia del cierre de los centros de oración. “Regresen a sus casas a orar”, decían varios carteles pegados en las puertas de cinco de las más importantes mezquitas.

Los ánimos empezaron a exaltarse cuando un hombre de 60 años insistió en entrar a rezar en la Mezquita Blanca del céntrico distrito de Tianshan. El anciano se echó al suelo para hacer sus reverencias, rezando en plena calle. “Lo único que queremos hacer es cumplir con nuestro deber como buenos musulmanes y orar en la mezquita”, protestaba elevando extendidas las manos al cielo e implorando a Alá.

De inmediato, una veintena de personas se sumaron a su demanda, envalentonadas además por la presencia de numerosos periodistas extranjeros que habían acudido a la puerta de la mezquita. “Nosotros no fumamos, no bebemos y nuestras manos están limpias porque no hemos matado a nadie. ¿Por qué no podemos entrar a rezar?”, clamaban.

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