El fantasma de la fotografía

El pasado 1° de abril se cumplieron 70 años del final de la Guerra Civil Española.Capa, para muchos el fotógrafo de guerra más importante de la historia, murió por una mina explosiva.

Se habían visto en varias de las reuniones subterráneas que por aquellos años 30 reunían en París a los enemigos de las derechas, los totalitarismos, la religión y lo establecido, pero comenzaron a hablarse varias veladas más tarde y por un tema que poco tenía que ver con la política. Él, Andrei Friedmann, había huido de Hungría, perseguido por los militares que lo acosaban por sus relaciones con grupos de tendencias comunistas. Ella, Gerta Pohorrylle, acababa de arribar de Alemania, la Alemania de Hitler, del nacionalsocialismo y la Gestapo que años más tarde terminaría por destruir el mundo.

Cuando por fin decidieron cruzar algunas palabras hablaron de fotografías, y luego, de izquierdas, como afirmarían con el tiempo algunos biógrafos, aunque los temas hubieran sido sólo pretextos. Fumaron, bebieron champán, y en medio de las pasiones, acordaron viajar hasta España para fotografiar las infamias que pudieran encontrar sobre la Guerra Civil que ya empezaba a desangrar La República. Sencilla y complejamente, se enamoraron. Él, intrigante, con pinta de galán. Ella, sensual, eternamente entaconada, hasta el extremo de ir al campo de batalla en zapatos de punta.

Juntos juraron cambiar el mundo, y comenzaron su función uniéndose bajo un nombre que los sobreviviría: Robert Capa. Antes de meterse de lleno entre los riesgos de la guerra, enviaron varias de sus fotografías a algunas revistas y diarios de la época bajo ese seudónimo. Entonces el nombre empezó a volverse leyenda. Las imágenes del tal Capa a quien nadie conocía valían precisamente por ser Capa. Sin embargo, en julio de 1937 un tanque arrolló en Brunete a Gerta Taro y la mató. En seis días iba a cumplir 27 años. Su amante decidió inmortalizarla y preservó el nombre que ya, por toda Europa y Estados Unidos, era un sello de instantaneidad, peligro y crudeza.

Diez meses antes Robert Capa, fuera quien fuera, captó en una escena el dolor y la sevicia de la Guerra Civil. Los datos que la historia recogió por más de 70 años decían que la imagen había sido tomada en el monte Muriano, Córdoba, el 5 de septiembre, y que el hombre muerto era un miliciano de nombre Federico Borell. No obstante, pasada la guerra y pasado el franquismo, algunos historiadores empezaron a sospechar de la veracidad de la foto. Pusieron en duda el autor, el lugar, la fecha y los sucesos, porque, decían, dijeron, afirmaron, la guerra pasó por Monte Muriano el 5 de septiembre, pero la imagen de Capa no fue hecha en ese lugar, sino en Las Dehesillas, localidad de Espejo, a 50 kilómetros de ahí y a 10 del frente de batalla.

“El cambio de ubicación modifica toda la historia y confirma definitivamente que la secuencia estuvo preparada”, escribió en su editorial el Periódico de Catalunya la semana pasada, a propósito de una exposición en Barcelona de algunas de las más trascendentes fotografías de Robert Capa, titulada Esta es la guerra. “En Espejo sólo hubo luchas el 22 y 25 de septiembre. Esas fechas coinciden con la aparición de la fotografía en la revista francesa Vu”, aclaraban los catalanes, que para comprobar su teoría enviaron a varios de sus fotógrafos a tomar instantáneas a Las Dehesillas. Las fotografías mostraban el mismo escenario que se veía en la mítica gráfica del miliciano.

“¿Significa esto que el mito de Capa queda destruido? En absoluto”, respondió de inmediato una agrupación española de reporteros de la historia. Defendía su teoría basada en que Capa estuvo en el lugar de los hechos y registró para la historia los conflictos más importantes del siglo XX. “Sus fotografías del Día D, donde él desembarcó con las tropas aliadas bajo fuego enemigo, son simplemente extraordinarias, irrepetibles, únicas, hermosas. Si Capa no hubiese existido, si no hubiese nacido, la historia del siglo XX tendría un enorme agujero. Nosotros, siempre querremos a Capa”, finalizaba la declaración.

Terminada la Guerra Civil, Capa, o Friedmann, se marchó hacia el norte. Captó el desembarco de los aliados y su avance hacia Berlín, registró la Batalla de Segre y el Día D, y se transformó en el referente de la oportunidad en el periodismo. Un día dijo: “Si haces fotos que no son lo suficientemente buenas es porque no estás lo suficientemente cerca”, y su máxima se convirtió en máxima de todos los reporteros gráficos del mundo. En el 47 fundó con Henri Cartier-Bresson, Rodger, Vandiver, y David (Chim) Seymour, la Magnum Photos, la primera agencia corporativa de fotógrafos independientes. Luego se dedicó a enseñar, y más que a enseñar, a motivar. En sus clases solía mostrar una fotografía del 39 en la que aparecía una niña recostada contra unos sacos. “Es una monada pero debe de estar muy cansada porque no juega con los otros niños. Casi no se mueve; sólo sigue todos mis movimientos con sus grandes ojos negros. No siempre es fácil mantenerte al margen y no ser capaz de hacer nada”, escribió por aquellos tiempos.

A los  41 años el bicho del peligro, aquel antiguo veneno que había compartido con Gerta Taro, volvió a invadirlo. Tomó sus cosas, sus cámaras, y se fue a Indochina a retratar de nuevo, una vez más, los horrores de otra guerra. “La guerra es como una actriz que va envejeciendo. Es cada vez menos fotogénica y cada vez más peligrosa”, había dicho antes de partir, pero igual se fue, y en medio de cientos de muertes ajenas falleció al pisar una mina explosiva en el campo.

 

últimas noticias