¿De vuelta al futuro?

La crisis diplomática de esta semana encierra una paradoja: el Gobierno Uribe no ha podido ejecutar la seguridad democrática sin darles la espalda a sus vecinos.

Por estos días cualquier observador desprevenido del área latinoamericana difícilmente puede evitar experimentar la sensación de retroceso. Después de un golpe de Estado en Centroamérica, el incremento por parte de Colombia de la presencia militar estadounidense en territorio nacional, el anuncio del rearme venezolano y la profundización de la alianza militar de este país con Rusia, y todo el lío —cada vez más complicado— entre Ecuador y Colombia pareciera como si una máquina del tiempo nos hubiese llevado de regreso a la década de los 80.

No solamente estamos más lejos hoy que nunca de ser una región integrada y con un objetivo común, sino que además hemos retrocedido cantidades abismales en materia de diplomacia y de madurez política. El escalamiento militar y el uso absolutamente irresponsable de un lenguaje plagado de fórmulas chauvinistas ya pasadas de moda en otras latitudes, dolorosa pero irremediablemente nos recuerda a todos lo lejos que estamos de superar la condición tercermundista.

Mientras Estados Unidos y Rusia continúan acercándose, la región andina parece cada vez más estancada en una versión muy triste y empeorada de la Guerra Fría. Aquí todavía seguimos acusándonos los unos a los otros de estar asociados con la guerrilla y seguimos calificando a los enemigos de comunistas (y si ayuda, también de terroristas); todavía seguimos hablando de revoluciones de izquierda y de derecha, de líderes fascistas o socialistas, de imperialismo y de opresión.

En América Latina estamos enfrascados en una polarización político-ideológica que parece del siglo pasado y los líderes de turno —todos ellos— están sacando grandes dividendos de semejante enfrentamiento. Tal vez por esa misma razón parecen estarlo promoviendo con tanto entusiasmo. Para nadie es un secreto que una de las formas más efectivas —pero más costosas al largo plazo— de mantenerse en el poder es crear enemigos externos, como tampoco es un secreto que varios de nuestros líderes están bien amañados en sus sillas presidenciales y tienen pocas ganas de dejarlas. Entonces, tanta agresión les viene como anillo al dedo a todos ellos.

Esto explica por qué pocas veces presidentes o ministros de Relaciones Exteriores en Colombia, Ecuador y Venezuela han intentado manejar un lenguaje más conciliatorio y construir una política seria y a largo plazo de superación de las diferencias. Al contrario, parece haber casi que un plan diseñado con mucho cuidado para profundizar los desacuerdos y hacer cada vez más irresolubles las crisis. De otra forma no se explica la entrega por parte del Gobierno colombiano, tan calculada y a cuentagotas, de la evidencia que vincula a las Farc con el gobierno ecuatoriano.

Tampoco se explica cómo, después de múltiples advertencias sobre el efecto negativo que ello tendría en las relaciones con los vecinos y sin dejar muy en claro para qué, el Gobierno decidió permitir la presencia de fuerzas estadounidenses y sus equipos en bases militares colombianas. Esto, sólo para citar los episodios más recientes y no irse hasta la irrupción en territorio ecuatoriano para atacar el campamento de Raúl Reyes o hasta el caso Granda y la consecuente crisis con Venezuela.

Colombia no se ha quedado sola cuando de echarle leña al fuego se trata. Cada acción o intromisión del Gobierno colombiano es una inmejorable oportunidad para los discursos nacionalistas y antiimperialistas de Chávez y de Correa; es un escenario ideal para consolidar a través de una retórica trasnochada pero efectiva la idea de Colombia como un peón al servicio de la potencia del Norte, como una amenaza hacia gobiernos progresistas y que intentan aumentar sus márgenes de autonomía frente a Estados Unidos.

Y en medio de esta espiral de agresiones y reacciones salen perjudicados los comerciantes debido a las restricciones que se imponen como forma de retaliación, sale perjudicado el diálogo regional, sale perjudicado el desarrollo fronterizo y salen perjudicadas la negociación y la diplomacia como mecanismos de resolución de disputas. Los cancilleres pasan a la banca y los ministros de Defensa salen a jugar de titulares.

Pero en el caso colombiano nuestra aproximación a todo este desorden regional revela varias tendencias que es necesario explicitar y debatir. En primer lugar, queda demostrada la existencia de una tensión fuerte entre el alto grado de planeación de nuestra política exterior hacia Estados Unidos y el creciente nivel de improvisación y ausencia de estrategia frente a los países vecinos. De un lado, estrategias como el Plan Colombia y la llamada “profundización de la cooperación” a través del uso estadounidense de bases militares colombianas, demuestran la existencia de una apuesta clara y de largo plazo de alineación con Estados Unidos. Del otro, Colombia se limita a esperar la reacción siempre airada de los vecinos, a improvisar respuestas y a apagar incendios, unas veces más exitosamente que otras.


Esto, a su vez, puede ser el resultado de un problema más de fondo. El actual Gobierno colombiano ha diseñado su política exterior pensando en función de cumplir un solo objetivo: lograr el éxito definitivo e irrefutable de la política de seguridad democrática. El presidente Uribe, en una apuesta muy arriesgada, supeditó el proceso de inserción internacional del país —en todas sus dimensiones— al logro de un triunfo militar frente a la guerrilla. El fortalecimiento de la alianza con Estados Unidos, primero a través del Plan Colombia y luego a través de la negociación sobre la operación de las bases militares en territorio nacional, no buscaba encontrar en Estados Unidos un aliado para facilitar nuestro desempeño en el sistema internacional. Al contrario, el objetivo era y sigue siendo ganar la guerra contra la subversión. Y en ese plan, la alianza con la potencia del Norte era y continúa siendo un medio, no un fin.

Por supuesto hay quienes arguyen, no sin algo de razón, que la apuesta funcionó y bastante bien: hoy en día el Gobierno cuenta con una evidente superioridad militar frente a la guerrilla y gracias a eso —continúa dicho argumento— Colombia es actualmente un país sustancialmente más seguro. Sin duda, la cooperación estadounidense ha sido clave para la alteración de este balance de poder entre el Estado colombiano y la insurgencia armada, en favor del primero. La gran pregunta es si dicho objetivo se hubiese podido lograr sin incurrir en costos tan altos; si hubiésemos podido mantener, usufructuar e incluso intensificar nuestra alianza con Estados Unidos sin necesariamente darle la espalda y desestimar las preocupaciones —por demás legítimas— de los países vecinos. En otras palabras, cabe preguntarse si una política exterior algo más pragmática y menos rígida le hubiese permitido al Estado colombiano mejorar su posición militar frente a la guerrilla, sin necesidad de afectar tan negativamente el proceso de inserción internacional del país.

Esta pregunta no sólo es útil para ejercitar las habilidades intelectuales preguntándose acerca de lo que hubiera podido ser y no fue. Es crucial también porque si hay una lección clara que se puede derivar de tanta crisis entre los países del área y de nuestra propia responsabilidad en este lío, es que este esquema de entendimiento no es sostenible. No se puede permitir que las ofensas y los altercados lleguen tan lejos, que terminen por atrapar a los gobernantes de cada país en su propia retórica belicista, dejándolos sin opciones distintas a la de la confrontación directa. En un escenario como ese, todos estaremos dando pasos aún más rápidos y agigantados hacia el pasado.

Frustrada  mediación

La labor negociadora del presidente costarricense Óscar Arias en la actual crisis política de Honduras ha comenzado a ser cuestionada.

Tras dos rondas de negociaciones, declaradas por las partes en disputa de “fracaso”, y la amenaza de renunciar a su papel de mediador, la más reciente propuesta del Nobel de Paz reside en la conformación de un gobierno de unidad nacional.

Sin embargo, en su más reciente columna de opinión, el líder cubano Fidel Castro acusó a Arias de seguir un guión delineado desde Washington.

Otro golpe a su labor fue propinado por Manuel Zelaya, el derrocado mandatario hondureño, pues Arias consideró  su breve regreso al país como un atentado al proceso de negociación que intenta sacar adelante.

 *PhD. Profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de los Andes.

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