Otro carro bomba de Eta

El grupo terrorista atentó contra un cuartel de policía en España. El hecho dejó 65 heridos y grandes pérdidas económicas.

La banda terrorista Eta intentó el miércoles una matanza de guardias civiles y familiares suyos con la explosión de una furgoneta bomba junto a la casa cuartel de Burgos (norte de España). La bomba, muy potente, estalló a las cuatro de la madrugada, causó heridas a 65 personas y derrumbó la pared frontal de numerosas viviendas de 11 de las 14 plantas de la parte trasera del edificio, situado en el número 73 de la Avenida de Cantabria. En el momento de la explosión dormían en la casa cuartel unas 120 personas, entre ellos 41 niños y niñas.

El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, consideró el ataque un “gran atentado fallido” y “especialmente canalla”, porque “sin ninguna duda” pretendía causar víctimas mortales no sólo entre los guardias civiles, sino también entre sus familias. Rubalcaba afirmó que Eta ha demostrado en esta ocasión no sólo que es “una banda de asesinos salvajes, sino que además están enloquecidos. Esto no hace a los terroristas más fuertes, pero sí más peligrosos”, agregó.

El acceso a la calle de Jerez de Burgos, una de las más afectadas por el carro bomba que explotó la madrugada de este miércoles, era al mediodía un paseo abarrotado de vecinos inquietos por el estado de sus casas, pero también de decenas de curiosos. A esa hora José Luis González, propietario de un piso en el número 21, a unos 50 metros del lugar de la explosión, frente a la casa cuartel de la Guardia Civil, estaba indignado porque no podía entrar a su piso por el cordón policial: “Aquí hay más turismo que en la catedral. Yo sólo quiero entrar a mi casa para que mi mujer sepa que estoy bien, nada más. Llevo fuera varias horas y debe pensar que me ha pasado algo”. Las viviendas de medio millar de vecinos de los bloques cercanos a la casa cuartel sufrieron desperfectos por la explosión, según los datos del alcalde Juan Carlos Aparicio, aunque sólo 14 se negaron a volver a sus viviendas y pidieron ser realojados.

Según cuentan, se les informó de que el edificio podía llegar a caerse. “En mi cuarto ha entrado por el techo un tubo de escape y parte del motor de un auto. Si nos cae encima, nos mata”. Está nervioso, tanto, que le cuesta recordar el número de celular de su mujer. Sólo se tranquiliza cuando enseña orgulloso una pequeña moneda mellada de 20 céntimos que ha recogido de su habitación. “Me la voy a quedar. A ver si tengo suerte”, confiesa.

En la calle Jerez, al final de la cual se encuentra el cuartel, se entremezclan carros con las lunas rotas y otros que se encuentran en perfecto estado. La onda expansiva es caprichosa. Alicia, quien prefiere que no se publique su apellido y quien reside en el número 21, no para de responder al teléfono celular. “Me voy a sentar porque no me tienen las piernas. Yo estaba dormida, pero mi hijo estaba despierto y con sus 70 kilos la explosión lo ha tirado del sofá”. Su marido, José Antonio Benito, muestra la casa de ambos, que está llena de cristales rotos. Las ventanas, destruidas por la onda expansiva, sólo hay que empujarlas para que se caigan. “Eta aún puede hacernos mucho daño, pero entrar ahora en la banda es comprar un billete que lleva directamente a la cárcel”, recalca Pérez Rubalcaba.

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