Nigeria: paz al precio que sea

Ese país trata de reponerse de una semana de violencia y muerte.

La luz del sol fue iluminando lentamente los escombros y los cuerpos sin vida que dominaban los caminos sin pavimentar. Y con más miedo que convicción, los habitantes de la población nigeriana de Maiduguri,   el bastión rebelde que fue recobrado a tiros y explosiones por el ejército nigeriano, regresaban a sus actividades cotidianas.

El paisaje de la ciudad cambió drásticamente después de la operación. Casas en llamas, mezquitas averiadas y, según la Cruz Roja, más de 200 cadáveres eran el testimonio de la derrota militar de Boko Haram, el grupo radical islámico que protagonizó varios enfrentamientos armados con las fuerzas de seguridad a lo largo de la semana.

En contraste, Alí Modu Sheriff, gobernador del estado de Boro (del cual Maiduguri es capital), celebraba con alegría la derrota de la facción conocida como “los talibanes de Nigeria”. Y mientras atribuía la victoria a la ayuda de Dios y de Umaru Musa Yar’ Adua, el presidente del país que coordinó la retoma desde Brasil, donde cumple con una visita oficial, anunció que presentará una ley para controlar los sermones religiosos.

Por su parte, mientras recogían las versiones oficiales, los medios de comunicación nigerianos se encargaron de reconstruir la historia del grupo radical y de Mohamed Yusuf, su enigmático líder de 39 años. Hacia 1995, según los reportes, este profesor de teología tuvo la idea de crear un movimiento religioso para preservar las enseñanzas del Corán de una amenaza exterior: el modelo de educación occidental que el Estado implementaba en las escuelas y universidades del norte de Nigeria, de mayoría musulmana.

Pero la voz de Yusuf no fue tenida en cuenta y sus creencias se radicalizaron. Ahora buscaba crear un “Estado puramente islámico”, para lo cual fundó en 2002 la milicia armada Boko Haram (‘la educación occidental es pecado’, en lengua hausa), fortalecida con la llegada de guerreros del vecino Chad.

“El currículo actual de la educación occidental fue traído a Nigeria por los europeos y es un pecado. Corrompe la fe en un solo Dios”, le dijo a la cadena británica BBC días antes de que muriera asesinado por la policía en Maiduguri, la ciudad que convirtió en fortín y donde vivía junto a sus cuatro esposas y 12 hijos.

Después de que los militares que retomaron la ciudad anunciaran haber entregado a Yusuf a las autoridades locales, su cuerpo apareció sin vida y con varios impactos de bala. La versión policial de que su caída se produjo en un intento de fuga fue rechazada enérgicamente por la ONG estadounidense Human Rights Watch, que la calificó como “un horrible ejemplo del descarado desprecio de la policía nigeriana por la ley”.

 Sin embargo, algunos residentes se alegraron por el deceso. “Quiero ver el cuerpo de Mohammed Yusuf para conocer al hombre que nos ha causado tanto dolor y penurias. Que su alma se pudra en el infierno”, le dijo Nasir Abba a la agencia Reuters.

Según el diario nigeriano Vanguard, las autoridades decomisaron un amplio arsenal a los rebeldes, entre los que figuran fusiles AK-47, varios explosivos, ocho catapultas, tres arcos, 63 flechas y una espada.

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