Réquiem por una promesa

Cada año 44 mil nacimientos en EE.UU. son asistidos por comadronas debido a los altos costos hospitalarios.  Millones de norteamericanos esperan con urgencia que se les diezme poder a las aseguradoras privadas.

La cifras son alarmantes. En el último año, 80 mil personas en Estados Unidos murieron por no poder acceder a un doctor en el momento que lo necesitaban. Para fines de este año, tres millones de personas más estarán en banca rota por cuenta de sus deudas médicas. Por otra parte, cada vez son más los médicos que se niegan a atender pacientes con Medicare, el seguro de salud público para personas de escasos recursos. Por todo esto y más, conseguir atención médica a bajo costo o de manera gratuita se ha convertido en una batalla para los 47 millones de personas sin cobertura de salud en este país.

Bárbara es una secretaria. El año pasado fue despedida, después de que el colegio para el que trabajaba cerrara sus puertas. Con esto le dio un adiós definitivo a su seguro médico. Para ella y su esposo, aún hoy desempleado, el momento era el peor posible, tan sólo unas cuantas semanas atrás habían recibido la noticia de su embarazo. “El mundo se me cayó encima, sin seguro médico tener un hijo en este país es imposible”, cuenta la mujer de 38 años.

En EE.UU. dar a luz cuesta alrededor de US$20 mil dólares, cerca de US$42 millones; la cifra puede duplicarse si el nacimiento es por medio de una cesárea. Sin seguro médico que redujera el costo a la mitad, Bárbara puso en Medicaid su última esperanza. “Fue terrible darme cuenta de que el seguro del gobierno no me cobijaba”, añade la neoyorquina, quien por muy poco, como millones de personas, no alcanza a ser incluida en el sistema subsidiado.

Después de mucho indagar, Bárbara terminó donde una comadrona registrada. Por tan sólo US$3.500 dólares, casi el 20% del costo total, recibió a su hijo en su propia casa. Cada año en Estados Unidos se realizan 44 mil partos caseros asistidos por comadronas. Catherine Prown, directora del B.P.F.M, asociación que lucha por la legalización de esta práctica, afirma que debido al alto índice de personas sin seguro médico y a los costos astronómicos de los servicios de salud, la frecuencia de partos caseros ha venido en ascenso en los últimos años. “Tan sólo en Carolina del Norte, en tres años, se ha dado un incremento del 50%”, afirma Prown.

Pero no todas las norteamericanas tienen la posibilidad de Bárbara. Bajo el actual régimen de salud, el parto casero asistido sólo es legal en 26 estados de la Unión. Un estudio del Center College de Kentucky, no obstante, estableció que sí tan sólo se extendiera en un 10% este procedimiento a nivel nacional, el sistema de salud se ahorraría US$9.100 millones de dólares al año.

Prown y demás defensores de esta causa protestan con amargura  porque esta alternativa —que ayudaría a millones de mujeres así como al bolsillo de la propia nación— ni siquiera esté en discusión en el actual proyecto de reforma a la salud de Barack Obama. La razón les parece evidente: el 35% de todas las facturas médicas en el país vienen de la sala de partos. “Los intereses son claramente económicos, el tema de los partos asistidos por comadronas es un gran inconveniente para las grandes aseguradoras de la salud”, concluye.

Obama en Waterloo

Por estos días en Estados Unidos, el debate parece gravitar entre los que están a favor o en contra de las “grandes empresas aseguradoras de la salud”, al punto que el debate ha tomando tonos épicos: “Los días gloriosos de la industria están llegando a su fin”, dijo esta semana la demócrata Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes”.


Para el presidente Barack Obama, quien llegó a la Casa Blanca con su palabra empeñada en reformar el sistema, el panorama se ha tornado color de hormiga. Sus dos prioridades básicas: la expansión en la cobertura y la reducción significativa de los costos están cada día más lejos de cristalizarse por la falta de apoyo de las toldas demócratas. Esto lo ha obligado a negociar un acuerdo bipartidista donde terminó transando la columna vertebral de su reforma.

El comité de finanzas del Senado, sobre el cual reposa la responsabilidad de redactar el texto final, optó en la última semana por un sistema privado de cooperativas sin ánimo de lucro, en vez de la creación de un plan de salud gubernamental que compitiera con las aseguradoras privadas, que buscaba, según la propuesta inicial de Obama, obligarlas a reducir sus costos. También se retiró el carácter obligatorio de la cobertura de salud por parte de los empleadores.

Así, además de algunas minucias de la propuesta que inicialmente Obama vendió durante su campaña presidencial, sólo se mantiene la prohibición a las aseguradoras privadas de negar su cobertura debido a preexistencias médicas. De resto, el paquete que hoy se discute en el Congreso en nada se parece a lo prometido durante la campaña. Hasta la iniciativa de financiar la reforma —que cuesta US$1 billón— con un paquete de impuestos a los más ricos también ha sido dada de baja.

“Como están las cosas, esta sería una victoria pírrica para Obama, pues si esta reforma logra pasar, muchas de las cosas que él prometió quedarían sin resolver”, explica Jhon Nicols, analista político de la revista The Nation.

Pero el paso de esta ley es vital para el futuro político de la nueva administración. Y el hecho de que su votación haya sido aplazada hasta septiembre, luego de que el comité pidiera más tiempo para conciliar sus diferencias, podría alargar las cosas hasta principios de 2010. Bien lo sabe Obama, como parlamentario que fue, que para ese entonces los representantes y parte de los senadores estarán pensando en su reelección en las justas de noviembre y no habrá quién mueva un solo dedo. Eso sin contar con la posibilidad de que su partido pierda la mayoría en ambas cámaras.

Así, la reforma al sistema de salud se convertirá indiscutiblemente en lo que para Napoleón fue la Batalla de Waterloo, la derrota militar que marcaría el principio del fin para uno de las más grandes estadistas de todos los tiempos.

Por eso, mientas Obama aguarda su suerte hasta el inicio del otoño, la campaña de las comadronas activistas llegará a Washington una vez más buscando presionar a los legisladores para que sus voces sean escuchadas. Según ellas, no puede ser que en el país más rico del planeta, los intereses detrás de un negocio —que mueve cerca de US$2.500 millones al año— tengan mucha más importancia que la suerte de 47 millones de estadounidenses que hoy no tienen acceso a la salud.