Las jornadas de Córcega

Vascos, corzos, sardos y otras muchas comunidades “sin Estado” se dieron cita esta semana para reivindicar su derecho a la autodeterminación.

Se acaba de celebrar, entre el 8 y el 9 de agosto en Corte (una villa hermosa en el centro de Córcega; de hecho es su capital cultural, y la fortaleza mejor defendida de su lengua nativa, que era también la de Napoleón Bonaparte y familia), un aquelarre maravilloso, como de otros tiempos; casi como del siglo XIX o del siglo XIV, cuando las lenguas eran todo un proyecto político y en el mundo había románticos hasta para defenderlas.

Y además no es la primera vez que ocurre el evento: por el contrario, se ha cumplido rigurosamente desde 1987, cuando se organizaron las primeras Jornadas de Corte por la independencia de los pueblos de Europa. Y a ellas, año tras año, acude un extravagante desfile de voceros y militantes de los grupos políticos más diversos que uno se pueda imaginar, pero cuyo vínculo de fraternidad, muy poderoso, es la lucha contra algún gobierno que en alguna parte del mundo —en España, en Francia, en Guatemala— está reprimiendo la soberanía, y el derecho de autodeterminación, de alguna comunidad histórica que se resiste, desde la preservación de su idioma, a ser devorada por ese invento moderno, tan arbitrario y tan absurdo, tan fallido, que es el Estado nacional. El Estado nacional unitario y fascista, encarnación casi siempre (casi, pero esta gente es poco dada a los matices) de una sola lengua y una sola identidad, de un poder central excluyente de las minorías que constituyen a su sociedad.

Este año, en  Corte, la concurrencia a las Jornadas no podía ser más nutrida ni más apasionada. Vascos de España y de Francia —al que no quiere caldo se le dan dos tazas—, bretones, catalanes, occitanos, flamencos, sardos, sicilianos, padanos, cabilios, los propios corsos: todos unidos, y muchos más, se juntaron en su convención anual para levantar el puño y compartir sus cuitas, y para recordarle al mundo, en medio de canciones vernáculas y manifiestos gritados al viento en las lenguas independentistas de Europa y África, que entre más se extiende la globalización (o lo que la prensa y el poder llaman así), más se necesita también la reivindicación, y la defensa, de las viejas identidades históricas de pueblos que lo resistieron todo refugiados en su lengua, y que vieron pasar a los romanos y a los reyes, a los normandos y a Hitler, a Franco y a Stalin y a la guerra, y que ahí siguen, aferrados todavía, y quizás más, a sus banderas en cruz y a sus dialectos sin Estado.

No todos los nacionalistas son iguales, claro, y mucho va del delirio de los vascos radicales, para hablar sólo de España, al refinamiento en el discurso de sus colegas canarios. Mucho va, aunque no tanto, de la nación Embera a los gitanos, y de los corsos pidiendo pasaporte a los bretones rompiendo siempre el suyo en los aeropuertos. Pero este año, una vez más, en Corte sólo importó lo que une a los distintos. Quizás por ello, en los recreos, todos hablaban en inglés.

* Escritor colombiano, autor de ‘El naufragio del imperio’.

Corsica Libera

Situado al sur de la Costa Sur, Córcega es una pequeña isla anexada a Francia desde 1768. Aunque goza desde 1991 de un estatus especial dentro de la organización territorial francesa, cuatro partidos políticos se aliaron en 2009 para buscar la independencia de la isla. Corsica Libera es el nombre de este movimiento que, como afirma su manifiesto de constitución, apoya “la solidaridad hacia todas las formas de lucha y hacia el conjunto de presos políticos”. El movimiento corzo busca adquirir un estatus similar al que actualmente tiene la isla de Malta, ex territorio británico en el Mediterráneo.