El efecto Bariloche

En breves declaraciones a <strong>El Espectador</strong>, el presidente venezolano dijo que buscaría restablecer los vínculos comerciales con Colombia.

El día comenzó oscuro y con una lluvia torrencial. Los alrededores del hotel Llao Llao, una antigua construcción de madera y piedra canadiense que data de 1939 y que hoy en día es uno de los resorts más lujosos de Bariloche, estaban cubiertos por una delgada capa de niebla. Las montañas nevadas que rodean el lugar no lograron congelar los caldeados ánimos de los presidentes suramericanos, que llegaron a exponer su malestar por el acuerdo militar que permitirá a tropas estadounidenses hacer uso de siete bases colombianas.

“En Bariloche se respira paz”, rezaba el anuncio que las autoridades locales colocaron en las calles del principal centro de ski de Suramérica. Sin embargo, lo que se respiró durante la cumbre de la Unión Suramericana de Naciones (Unasur) fue inconformidad y división. Durante ocho horas que duró el encuentro, los jefes de Estado pusieron en evidencia que la unión promovida por el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, está, al menos por ahora, congelada.

Cuando ya todo estaba dispuesto para comenzar la reunión, tres de los principales actores se ausentaron de la mesa: los presidentes Álvaro Uribe, Lula da Silva y el mismo Chávez. Mientras el venezolano y el brasileño sostenían una reunión privada, en la que el venezolano mostraba el supuesto documento secreto del Comando Sur de Estados Unidos y Lula le pedía evitar enfrentamientos personales con el colombiano, Uribe presionaba para que la cumbre se transmitiera en vivo y en directo.

Tras las primeras cuatro horas de debate, los distintos presidentes pasaron de defender sus tesis a increpar las malas acciones de unos y otros. El eje de la discusión comenzó a desviarse y el ambiente se tornó tenso. Incluso, fuentes de la Cancillería venezolana no podían creer la tranquilidad con la que Hugo Chávez escuchaba las acusaciones directas de Uribe y el presidente peruano, Alan García.

Fueron quizá las cámaras de televisión las que evitaron que en realidad la discusión tomara otro tinte. De hecho, el mismo Lula fue enfático en sus declaraciones al afirmar que la transmisión en directo hacía que los presidentes olvidaran su razón de estar ahí y hablaran pensando solamente en proteger su imagen. Dando un puñetazo en la mesa, Lula lamentó que la reunión fuera retransmitida por televisión y pidió a los mandatarios olvidarse de sus diferencias personales.

Y aunque hasta último minuto las pugnas entre Álvaro Uribe, Hugo Chávez y Rafael Correa fueron constantes, se logró en definitiva un acuerdo que, al menos temporalmente, pone fin a casi un mes de continuas discusiones sobre el tema. Incluso, en cortas declaraciones exclusivas a El Espectador, el presidente venezolano aseguró que congelaba de forma indefinida la petición que días antes había hecho a su canciller de romper relaciones definitivamente con Colombia. “Esa decisión queda congelada tras la reunión de hoy y buscaremos los caminos para que los dos pueblos hermanos restablezcan sus vínculos comerciales”, dijo el mandatario.

La segunda ronda de intervenciones comenzó en un horario en el que se suponía que la reunión debía haber terminado, por ello los cancilleres y los distintos equipos de los mandatarios comenzaron a trabajar en paralelo. Mientras sus presidentes hablaban ante las cámaras, tras bambalinas ellos elaboraban el Acuerdo que finalmente se consensuó entre los gobernantes. Rafael Correa pedía silencio en el recinto, sin saber que ya se elaboraba el documento que sería firmado unos minutos después.

Se pidió entonces un receso de cinco minutos mientras se ultimaban los detalles, para que los presidentes a su vez aprovecharan para que fuera tomada la foto oficial. Uribe se quedó reunido con el canciller Jaime Bermúdez, pues quiso conocer al detalle el texto que se preparaba. La foto quedaría incompleta nuevamente, como sucedió en Quito, de no ser porque la presidenta Argentina se percató de su ausencia y volvió al hotel para llamarlo.

El acuerdo entre los presidentes de Unasur pareció en un principio una buena salida. Por un lado, impone restricciones ante un eventual uso de las bases colombianas por parte del gobierno estadounidense, exigiendo la prohibición de que fuerzas militares extranjeras puedan amenazar la soberanía de cualquier nación suramericana, decisión aplaudida por Correa minutos después de terminada la cumbre.

La comitiva colombiana, por su parte, se felicitó por la inclusión de un rechazo unísono de toda Unasur a la acción de grupos armados al margen de la ley. “Falta, sin embargo, confirmar qué implicaciones tendrá este acuerdo y cómo se llevará a cabo la ejecución de los seis puntos decididos por los presidentes”, explicó el politólogo Julio Burdman, para quien no es clara la incidencia que tendrá la estrategia en común que se pide desarrollar en la lucha contra el narcotráfico.

A pesar del consenso entre los presidentes, fuera de cámaras la situación fue distinta. Chávez le insistió a El Espectador que a pesar de todo seguía sin tener garantías sobre el accionar que pudieran tener militares estadounidenses en territorio colombiano. “Puede pasar lo mismo que en Afganistán, que Colombia se llene de ‘contratistas’ como llaman los americanos a estos mercenarios, y que de ahí se gesten operaciones a toda la región”, señaló.

A puerta cerrada, Correa afirmó al cierre de la cumbre, que será difícil volver a tener una buena relación con el gobierno colombiano. “La confianza debe volver a construirse”, señaló, e insistió, esta vez sin tener a Uribe frente a él, en el daño que había generado “el bombardeo del 1° de marzo de 2008”.

Al final del día pareció que nada había cambiado. “Los contenidos del documento firmado por los presidentes no aclaran mayor cosa. Las bases igual se instalarán y tendremos alguna novedad cuando Chávez se pronuncie nuevamente en su contra”, afirma el analista Fernando Dopazo, quien dice que lo único que se confirmó es el largo camino que hace falta para una verdadera integración suramericana.

Al final de la tarde, las delegaciones comenzaron a abandonar el hotel Llao Llao. Ya la neblina se había despejado, se podían ver las puntas nevadas de las montañas y la tranquilidad que caracteriza este refugio al lado del lago Nahuel Huapi retornaba poco a poco. Ahora sí Bariloche respiraba paz.

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