‘El Escapista’ colombiano

Luego de escabullirse durante 16 años, el timador de Roldanillo Juan Carlos Guzmán Betancourt fue capturado en EE.UU. También lo buscaban en Canadá, Japón, México, Rusia y Tailandia, entre otros países.

Khalid al-Sharif, Jordi Ejarque, Gonzalo Zapater Vives, César Ortigosa Vera y David Iglesias Vieito. Cualquiera de estos nombres parecerían sacados de un cartel luminoso de la pantalla gigante. Sin embargo, lo único que tienen en común un jeque árabe, un corredor de bolsa catalán, un miembro de la curia de Asturias y un enternecedor huérfano es que todos provienen de la misma parte: la imaginación de Juan Carlos Guzmán Betancourt, un audaz timador de proporciones insospechadas. Este apuesto y carismático políglota, escapista, hombre de modales refinados y de mucho porte al vestir, no se parece en nada a aquel niño que nació en una humilde vivienda a 140 kilómetros de Cali, a las afueras de Roldanillo, Valle, en 1976.

En sus 16 años como estafador internacional, Guzmán Betancourt se convirtió en uno de los hombres más buscados en los 15 países donde su pericia y su sangre fría le permitieron realizar coreográficos y millonarios robos, que lo convirtieron en toda una leyenda en el mundo del hampa. Hoteles cinco estrellas en los centros financieros de todo el planeta se convirtieron para este audaz amigo de lo ajeno en su única fijación. Autoridades de Inglaterra, Estados Unidos, Japón, Turquía, Canadá, Jordania, Egipto, México, Tailandia, Francia, Italia, Rusia, España y Hong Kong estiman que el botín que este colombiano hurtó sobrepasa el millón y medio de dólares.

Por esto no es de extrañar que los últimos años de este intrépido impostor hayan sido todo un juego de gatos y ratones con las autoridades transnacionales. Burlar los estrictos controles fronterizos encarnando sus elaborados personajes y amparado en sus más de 22 pasaportes falsos y sus 15 diferentes alias ha sido para el colombiano toda una aventura. Sin embargo, la maratónica fuga parece haber terminado el pasado lunes, después de que fuera capturado por una patrulla fronteriza en Vermont, Estados Unidos, cuando intentaba cruzar a desde suelo canadiense. Según los reportes policiales de los últimos seis meses, a Guzmán Betancourt se le señala como presunto responsable de sendos hurtos en prestigiosos hoteles de Toronto, Quebec y Montreal.

No obstante, quienes conocen su prontuario dicen que cualquier cosa puede suceder con el “escapista”, como lo llaman, pues el enigmático delincuente cinco estrellas ya ha hecho más que honor a este nombre. En 2004 logró escaparse de una prisión británica, luego de convencer al director del centro penitenciario de que lo trasladara de urgencias a un centro médico local para atender una emergencia odontológica que él mismo había simulado.

“Así es Guzmán Betancourt. Su encanto, carisma e inteligencia lo hacen capaz de vender cubos de hielo en el Ártico”, dijo en ese entonces Andy Swindells, detective inglés que lo había arrestado meses atrás por cuestiones del azar en una calle en Londres, cuando Guzmán Betancourt se pavoneaba muy orondo a las afueras del Ritz en el Berkely Square, luciendo un traje de Valentino y un reloj Franck Muller de 13 mil dólares, el último de estos sustraído de una caja fuerte de máxima seguridad durante la maratónica serie de robos al Mandarin Hotel, el Four Seasons y el Royal Garden, entre otros seis lujosos hoteles de la capital inglesa, donde según los reportes de Scotland Yard se llevó más de 75 mil dólares en joyas, 40 mil en efectivo y un sinnúmero de tarjetas de crédito.

Junio, 2005. Guzmán Betancourt entra al hotel Merrion en el centro de Dublín. Esta vez no viste un traje Hugo Boss o Armani como es su costumbre. Las cámaras de seguridad lo registran sin sospechar que ese personaje llevaría a cabo uno de sus robos insignias ante la mirada de todos. Se dirige al último piso de este hotel, uno de los más exclusivos del mundo —una noche ronda los tres millones de pesos colombianos—. Nada en su rutina es al azar. Su reloj marca las 9:30 de la mañana, hora en que religiosamente se lleva a cabo el servicio de limpieza en los cuartos. Al abordar a la aseadora del piso le solicita que le abra su habitación, pues según le cuenta extravió su llave. Como él mismo lo anticipa, ella le dice que no puede, pero usando su encanto, le tira el anzuelo.

¿Su objetivo? Conocer alguna pieza de información extra sobre los huéspedes de la habitación, pues Guzmán, en su investigación preliminar ya había identificado a su víctima en el bar del hotel, luego de recoger en la barra una copia del recibo en donde estaba su nombre y número de habitación. La aseadora, quien más adelante reconstruiría la escena ante las autoridades, le dice que no hay de qué preocuparse, que seguramente todo estará solucionado para la hora en que ella recoja a sus hijos para llevarlos a la guardería del hotel.


Con esa pieza clave de información, el meticuloso estafador se dirige al lobby del hotel, donde el día anterior había cambiado unas cuantas divisas, asegurándose de que en el momento que volviera, lo reconocieran como huésped. Al abordar estratégicamente al empleado que lo atendió el día anterior y luego de que éste lo reconociera, le solicita una nueva llave para su habitación. Antes de que éste le hiciera alguna pregunta, el sagaz ladrón le dice que a su vez quiere confirmar el servicio de guardería para esa noche, despejando así cualquier duda sobre su identidad.

Con la llave en su poder se dirige a la suite, y al saber que la pareja americana está en un viaje de placer, y que por lo tanto su regreso no será hasta las horas de la tarde, se dispone a llamar a recepción. Según le explica al empleado, sus dos hijos estuvieron jugando con las claves de las dos cajas fuertes de la habitación y le es imposible abrirlas. Minutos más tarde llega el conserje y sin sospechar lo que ocurría, le sirve en bandeja de plata el codiciado botín.

Esa noche la familia vuelve a su habitación y se encuentra con la desagradable sorpresa de que las cajas fuertes están desocupadas: dos pasaportes, 4 mil dólares, un anillo de rubí y la tarjeta de crédito empresarial American Express no estaban en su lugar. Para entonces Guzmán Betancourt ya se había gastado 3 mil dólares en ropa de diseñador, 17 mil en un lujoso Rolex Daytona de oro blanco y otros 3 mil dólares en joyas.

Bryan McGlinn, detective de la policía metropolitana de Dublín y quien adelantó la investigación de dicho robo, explicó que este mismo esquema es el que el escurridizo timador ha utilizado desde sus inicios en 1998, cuando por primera vez entró a una habitación del hotel Le Meridien, en Londres, y robó una tarjeta de crédito con la que luego compró un tiquete de primera clase rumbo a Tokio, Japón.

Hoy, luego de su arresto en el poblado de Derby Line en Vermont, a Guzmán Betancourt le espera una posible condena de 20 años, pues enfrenta cargos de robo y estafa en los estados de Virginia, Nueva York, La Florida y Nevada, en donde no han podido olvidar el millonario robo al Four Seasons, de Las Vegas. Allí el colombiano entró a varias suites presidenciales y se llevó más de 350 mil dólares en joyas y tarjetas de crédito.

Sus primeros pasos

En el verano de 1993 el mundo entero conocería a Guzmán Betancourt por primera vez, cuando se hizo pasar por un indefenso huérfano colombiano de 14 años en el momento en que personal de seguridad del aeropuerto internacional de Miami lo descubriera en el tren de aterrizaje de un avión proveniente de Colombia. Luego de convencer a los medios de comunicación con su dramática historia, un abogado de Texas le ofreció 10 mil dólares para su educación.

Tan pronto recibió el dinero, Guzmán Betancourt, quien en realidad tenía 17 años y a su familia viviendo en Cali, huyó. En 1994 fue detenido y deportado a Colombia. No obstante, reportes de inmigración indican que el joven volvería a entrar ilegalmente a Estados Unidos doce meses después. La misma historia se repitió en varios países.

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