El largo viaje hasta Colombia

Seble Assaminew y Biruk Dagmay terminaron viviendo como refugiados en Bogotá luego de huir de ataques xenófobos en Sudáfrica. Historia de un exilio.

“Puede que no tengas brazos: el ejército de Eritrea te querrá. Si no tienes manos o te falta un pie, eso no es problema, podrás ser un buen soldado. Y si de casualidad eres ciego, no te preocupes, lo importante es disparar”. En el hotel brasileño de Río Branco, en São Paulo, Seble Assaminew, morena de 23 años, no pudo evitar reírse a carcajadas al lado de un buen grupo que mezclaba eritreos, somalíes y etíopes, como ella. El hombre que los divertía, veterano ya, no paraba de hacer bromas, de burlarse de algo, de alguien.

Era humor finalmente, no había necesidad de pensar en la crueldad o en recordar la triste historia que los había conducido a cada uno de ellos hasta allí. De la solemnidad, la mujer había pasado a la algarabía. El ejército de Eritrea le traía a la mente a Samuel, un joven de 16 años que conoció durante su viaje a América y quien en alguna oportunidad le confesó la razón de su huida: “Llegó el momento en el que estuve obligado a prestar el servicio militar —contaba Samuel—, pero yo nunca lo quise, no quiero ser soldado. Así que tuve que escapar, dejar a mi familia, dirigirme a la frontera con Sudán y pagar por el alquiler de un camello. Fueron siete días en los que no probé alimento ni bebí una gota de agua. Sobreviví, el ejército no podría molestarme en suelo sudanés”.

Llegó la hora de descansar. En pocos días ella partiría con rumbo a Boa Vista, una ciudad ubicada muy cerca de la frontera que separa a Brasil de Venezuela. Seble Assaminew se recostó en la cama y antes de dormir acarició su vientre de poco más de cinco meses de embarazo. Dormir, justamente, era algo que le resultaba imposible a Biruk Dagmay, su esposo a miles de kilómetros de distancia. Esa noche, en Johannesburgo, la incertidumbre, la zozobra y el afán de no descuidar a su hija Nuhamin no le permitieron cerrar los ojos.

Un día de finales de 2005 o comienzos de 2006, que Assaminew ya no recuerda, empezó a huir de los problemas sin entender muy bien las razones. Vivía en Addis Abeba, la capital de Etiopía, donde su padre era un activo líder político opositor al gobierno del presidente Girma Wolde Giorgise y de su primer ministro, Meles Zenawi. Si hoy se le pregunta a la mujer qué sucedió con su padre, ella responde que no tiene idea, que lo último que supo fue que en un momento cualquiera salió a la calle para nunca más regresar a casa. Algo similar a lo que les sucedió a sus hermanos días después. “Espero algún día encontrarme con ellos”, es lo único que puedo decir.

El primer exilio

Una de sus tías sospechó del peligro que corría la joven al permanecer en la capital. Reunió los ahorros que había atesorado durante años y se los regaló a cambio de una única condición: abandonar el país, escapar y buscar un mejor futuro en Sudáfrica, el país con más recursos del continente, una especie de isla de progreso incrustada en un mar de miseria.

Con rumbo al extremo sur de África, Assaminew viajó por Kenia, pasó por Mozambique y por Zimbawe. Siempre buscando la forma de pasar inadvertida, siempre haciendo planes para su nueva vida en Johannesburgo. Finalmente, alcanzó su destino y se refugió en una comunidad de etiopes sin permiso y sin papeles.

Para entonces, Biruk Dagmay, de 33 años, era un comerciante etiope que llevaba cerca de tres años habitando en Johannesburgo. Vivía en un sector conocido como Yovill y trabajaba en Germistán, una zona laboral concurrida principalmente por inmigrantes de Somalia, Eritrea y Zimbawe. Allí era dueño de un almacén dedicado a fabricar y a vender cortinas, el lugar que más tarde sería atendido por Seble Assaminew.

Llegó el día de la partida. Dentro del grupo de inmigrantes que había dejado atrás São Paulo, Seble Assaminew era la persona de la que todos estaban pendientes. Dentro del místico mundo de la superstición africana, tenderle la mano a una mujer en cinta traspasa la barrera de la simple cortesía y equivale a hacer un llamado a la buena fortuna.

Esa mañana Assaminew salió caminando del hotel Río Branco. Ya no se sorprendía como en los primeros días cuando veía a las lesbianas caminando por las calles tomadas de las manos mientras se daban besos. “Esas cosas en mi país nunca ocurren”, dice ahora que el tiempo ha pasado.

Un hombre eritreo, quien decía llamarse Samuel, se encargó de entregar a cada uno de ellos un documento falso que los identificaba como refugiados y de a pequeños grupos los acomodaron en aviones que cubrían rutas hacia las fronteras brasileñas.

A ella le correspondió emprender rumbo hacia Boa Vista, ciudad en la que daría el primer paso de la etapa más dura de su viaje: atravesaría la frontera venezolana montada en un bus que llegaría a Cúcuta. La esperaban más de cuatro días con sus noches, sentada sin descansar mientras su bebé completaba el séptimo mes de gestación, muy lejos de un chequeo médico, desprovista de cualquier atención sanitaria.

El segundo exilio

Biruk Dagmay sonríe cuando recuerda cómo conoció a su esposa: “Entré a un almacén queriendo comprar un producto y terminé por llevarme a la cajera”. Ella, quien para entonces era una mujer que después de sufrir las prisas de un recién llegado a Johannnesburgo, había logrado obtener un trabajo estable, no tardó mucho en sucumbir en el cortejo del hombre que se dirigió a ella con más intenciones que la de pagar la mercancía.


Se enamoraron, vivieron y trabajaron juntos en la tienda de cortinas. Con el tiempo vino Nuhamin —la primogénita—, un embarazo más y la desgracia.

En mayo de 2008, colectivos xenófobos de la capital sudafricana iniciaron una ofensiva contra los inmigrantes, a quienes acusaban de invasores y usurpadores de los trabajos que según ellos por antonomasia les correspondían. Asesinaban, amenazaban e incineraban a sus víctimas. La situación se resumía en huir o morir.

Una de estas facciones entró a la tienda de cortinas sin tocar la puerta. Mataron a golpes al único empleado que estaba adentro y prendieron fuego a todo lo que encontraron. La vida de los esposos Dagmay quedó hecha polvo, estaban siendo perseguidos y debían irse antes de ser encontrados. Oyeron hablar de un hombre de nombre Daniel, quien a cambio de US$1.000 se encargaba de enviar inmigrantes a América.

Con lo poco que les restó después del ataque recolectaron dinero suficiente sólo para que alguno de los dos pudiera marcharse. La prioridad la resolvió el bebé que crecía en el vientre de la mujer. En Johannesburgo, Biruk Dagmay tocaría las puertas de todos sus conocidos y les pediría algunas noches de estadía para él y la pequeña Nuhamin de casi dos años de edad.

Seble Assaminew no sabía qué era eso a lo que Daniel se refería como América. Aun así recibió de sus manos un pasaporte sudafricano falso que le serviría para que en el aeropuerto de Buenos Aires los oficiales de inmigración no objetaran su entrada a un lugar que se llamaba Argentina. Si el destino hubiera sido Europa, quizá la orden sería la de romper el pasaporte falso en el aterrizaje, argumentar persecución y apostar por recibir un trato de refugiado, tal y como suelen actuar los africanos que desembarcan en Inglaterra de forma ilegal. Al aterrizar en Argentina, invadida por el pánico de quien llega a otro mundo y con US$2.000 en el bolsillo, la mujer se reunió con un hombre de origen somalí que se encargaría de enrutarla hacia São Paulo, desde donde llamaría a su esposo a decirle que estaba bien.

El final

De todos lo países por los que Seble Assaminew transitó en Suramérica, únicamente había escuchado algo de Brasil. “Lo sabía porque tienen un buen equipo de fútbol”, comenta la mujer, sentada junto a su esposo en una sala del Secretariado Nacional de Pastoral Social en Bogotá, una organización religiosa que de la mano con la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) brinda apoyo a los inmigrantes.

Después de casi 108 horas de trayecto en bus, cruzando Venezuela y Colombia, arribó a Bogotá, a una casa de Fontibón a la que llegan los viajeros ilegales de África, el último eslabón de la cadena. Inmediatamente buscó la oficina de la Pastoral Social, guiada por los demás viajeros.

El desenlace fue más generoso que el inicio de su historia: la Cancillería colombiana le entregó una constancia real de refugiada e inmediatamente se inició el proceso de reunificación familiar.

El 20 de febrero de 2009, al lado de sus dos padres y su hermana, nació saludable Ruth Biruk, quien en pocos años deberá tomar clases de español como hoy lo hacen sus padres. Cuando eso suceda, dice Dagmay, espera poder trabajar en lo que mejor sabe hacer: siendo un comerciante de productos. Sin embargo, Seble es realista: “Ojalá podamos lograrlo, porque ya sabemos lo difícil que es conseguir trabajo en Colombia”. Entonces la pequeña Ruth se despierta y llora mientras su madre se prepara para darle pecho. De todos modos, saben que corrieron con suerte y que mientras permanecen aquí, miles de compatriotas aún viven en el infierno.

Redes sofisticadas

Según Felipe Muñoz, director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), el aumento de los últimos años del número de africanos ilegales que llegan a Colombia se debe a la “sofisticación de las redes de tráfico de migrantes” que operan entre África y América. “El destino principal es Estados Unidos, pero a veces las personas recaen en países como Colombia cuando se presentan fallas en las conexiones entre naciones”.

En diciembre pasado, el DAS capturó a Yohannes Elfneh Neguissie, un ex refugiado de Etiopía, quien junto con tres colombianos conformaban un eslabón dentro de una cadena de tráfico de migrantes provenientes de Somalia, Eritrea, Etiopía y Nepal. Su labor consistía en embarcarlos hacia Centromérica. 

Colombia, un destino inesperado

Su destino final era Nicaragua, pero la precaria embarcación no consiguió llegar al país centroamericano y quedó a la deriva en pleno mar Caribe. La Armada colombiana, que rescató la lancha en problemas, descubrió que a bordo venían 70 inmigrantes africanos (54 hombres y 17 mujeres), la mayoría originarios de Somalia y Etiopía. Los extranjeros fueron trasladados a Sincelejo, la capital de Córdoba, y esta semana recibieron un salvoconducto que les permitirá permanecer 30 días en el país. Los africanos llegaron a través de una red de tráfico de migrantes que les prometió llevarlos a Nicaragua. Desde 2008, oleadas de inmigrantes africanos llegan a Suramérica. Los destinos favoritos son Argentina y Costa Rica.

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