Colombia, según el corresponsal de ‘Time’

John Otis escribió ‘Ley de la selva’ para explicarles a los norteamericanos la guerra que cubre en este país hace 13 años.

¿Por qué y cómo llegó a trabajar a Colombia?

Cuando estaba estudiando el periodismo, en los 80, Centro América estaba en guerra e iba a ser el nuevo Vietnam para los EE.UU., muy involucrado en estos conflictos. Fui a trabajar a Honduras, Panamá y Nicaragua como corresponsal de UPI. Llegué a Colombia en 1997 en un momento muy difícil: el Ejército perdía las batallas, las Farc eran fuertes, la guerra contra las drogas se incrementaba. El interés de los EE.UU. era grande.

¿En qué momento vio la necesidad del libro y cuánto tiempo de investigación y escritura implicó?

Quería explicar bien Colombia a mis paisanos, una tarea muy difícil en 800 palabras. La idea original era escribir un libro sobre los soldados que encontraron la guaca enterrada por las Farc, la historia más surrealista que he cubierto como corresponsal. Pero la misión original de estas tropas era de buscar a los tres contratistas secuestrados. Entonces, mezclé las dos historias. Cuando arranqué en 2007, no sabía el final. Pensé que el ultimo capítulo sería sobre los americanos pudriéndose en la selva. ¡Qué bueno que me equivoqué!

El aspecto que mayor interés genera su libro es la tendencia a la privatización de la guerra a través de compañías contratistas como la de los tres norteamericanos secuestrados por las Farc. ¿Cómo analiza ese proceso en Colombia con respecto a países como Irak o Afganistán?

Muchos contratistas son ex militares y trabajan en una manera muy profesional. El problema es la falta de claridad. Hasta para los congresistas de los EE.UU. ha sido muy difícil encontrar información sobre los términos de los contratos y los trabajos que realizan. También, la parcial privatización de los ejércitos hace que no se den cuenta del verdadero costo de la guerra. Por ejemplo, es muy conocido que teníamos 140.000 tropas americanas en Irak. Lo que la gente no sabía es que también teníamos 140.000 contratistas en Irak. Han muerto más de 1.000 contratistas en Irak y más de 13.000 han sido heridos. Otro problema con la privatización de la guerra: la calidad de los equipos varía según la empresa. Pueden ser muy buenos o muy malos. Stansell, Gonsalves y Howes volaban en una avioneta con un solo motor y con antecedentes de problemas mecánicos. De hecho, el motor se apagó y ellos cayeron en manos de las Farc.

¿Cuántos agentes de ese tipo y cuántos contratos de asistencia están vigentes en Colombia?

El acuerdo entre EE.UU. y Colombia abre las puertas para la presencia de hasta 600 contratistas. No tengo la información exacta de 2010. Pero como ejemplo, casi la mitad de los US$632 millones en ayuda militar y policial que Colombia recibió de los EE.UU. en 2006, se gastó en contratistas privados.

¿Este fenómeno mete a Colombia en la carrera armamentista internacional y dilata aún más la solución al conflicto?

No creo que la presencia de contratistas implique grandes cambios en el desarrollo del conflicto aquí. Ellos no pueden involucrarse directamente en el campo de batalla. Pero la falta de información pública sobre sus actividades genera mucho misterio y sospechas.

Usted perfila a los tres estadounidenses secuestrados por las Farc. ¿Qué hacen ellos hoy?

Todos han regresado a su empresa, Northrop Grumman, pero en trabajos de escritorio en los EE.UU.

¿Cómo ver a Íngrid Betancourt como Juana de Arco si, por ejemplo, a comienzos de los 90 hacía campaña al Congreso con ayuda de uno de los representantes de la Colt en Colombia, como lo denunció entonces la revista ‘Cambio 16’?

Juana de Arco es el título de un capítulo sobre Íngrid. Pero mi libro presenta un retrato balanceado. Es una figura polémica en Colombia. Stansell no la aguantaba por su soberbia. Me dijo que Íngrid tenía tanta confianza en que iba a ser presidenta, que le ofreció un puesto como consejero en asuntos militares en su futuro gobierno.

¿Cómo ve el presente y el futuro de la guerrilla de las Farc?

Aunque las Farc están muy debilitadas, me temo que van a seguir luchando muchos años más, porque hay mucha plata de por medio y muchos jóvenes en el campo sin futuro que pueden ser fácil de convencer para entrar a la guerrilla.

¿Cuál sería una salida a esta guerra?

Con el fracaso del proceso de paz en el Caguán, creo que las Farc perdieron su mejor oportunidad para negociar. En ese entonces, entrevisté a Tirofijo, Raúl Reyes, Iván Ríos y Simón Trinidad y todos están o muertos o presos. Es difícil imaginar una nueva ronda de negociaciones en el futuro inmediato. Las Farc no quieren ceder nada y el Gobierno está más interesado en destruir la organización.

¿Qué impacto ha tenido el libro?

Estuve en Nueva York, Washington, Miami, Houston, Austin y New Orleans en varias librerías y eventos organizados por The Council on Foreign Relations, The Inter-American Dialogue, The World Affairs Council, The University of Miami, Florida International University y The University of Texas. En Bogotá estará en venta, en inglés, en la librería Authors, calle 70 Nº 5-23.

Crisis y desbandada periodística

John: ¿por qué ya no es corresponsal del ‘Houston Chronicle’ en Colombia?

Trabajé con el Houston Chronicle 12 años, pero por la crisis de los periódicos en los EE.UU. cerraron la oficina en Bogotá. Lo mismo pasó con ‘Los Angeles Times’, ‘The Miami Herald’, ‘Washington Post’, ‘Boston Globe’, ‘Dallas Morning News’ y otros que antes tenían corresponsales de planta aquí. Ahora trabajo para la revista ‘Time’, globalpost.com y Public Radio.

¿Qué ha cambiado para los corresponsales de guerra en Colombia?

Es un gran desafío cubrir las nuevas generaciones de grupos armados. Hay muchas bandas. La situación cambia rápido. Mis primeras notas tenían que ver con las tomas de Mitú, Miraflores y El Billar. En ese entonces era imposible imaginar una misión tan sofisticada como la ‘Operación Jaque’. Esa transformación es uno de los temas principales en mi libro. Pero hace falta mucho trabajo. Hace poco intenté volver al sitio en Caquetá, donde cayó la avioneta de los contratistas secuestrados —muy cerca de la base militar Larandia— y un oficial del Ejército me dijo que la guerrilla me podía secuestrar.