Política para beber

El Tea Party y el Coffee Party calientan la arena política estadounidense.

Era febrero pasado, en el centro de Convenciones del Hotel Gaylord Opryland de Nashville, Sara Palin entraba triunfal al salón en medio de aplausos “Run, Sara, Run”. El turno de hablar estuvo en boca de Palin, quien fuera fórmula vicepresidencial del republicano John McCain, y luego de esperar a que cesara la bulla, comenzó su discurso. “Este movimiento es fresco, joven y frágil. Pero es sin duda el futuro de la política norteamericana”. Así terminaba la primera convención general del Tea Party.

Palin invocó la revolución, a una nueva fuerza de masas anarquista contra la forma de hacer política del último tiempo. Días atrás, el ex congresista Tom Tancredo había hablado fuerte y con el ceño fruncido durante la conferencia inaugural de la convención: “La gente que no sabe deletrear la palabra ‘votar’, ni puede pronunciarla en inglés, ha puesto a un ideólogo socialista en la Casa Blanca. Su nombre es Barack Hussein Obama (...) Es ese culto al multiculturalismo, apoyado por los liberales y por la gente de izquierda, el que destruye nuestro país. Ellos no tienen el mismo concepto de América que tenemos nosotros”.

La historia había comenzado algunos meses atrás, tiempo después de que Barack Obama asumiera la presidencia. Su decisión de salvar a los bancos del colapso financiero de la crisis económica y los US$700.000 millones invertidos para este propósito -una iniciativa formulada por George W. Bush- se sumaron a la baraja que hasta entonces conformaban el proyecto de reforma sanitaria que demandaría más impuestos y el fantasma del desempleo. La ola de entusiasmo que había inundado Estados Unidos con la llegada de Obama comenzaba a irse por las alcantarillas y entre la clase media la admiración se convertía en desprecio y resentimiento. “El presidente es un comunista disfrazado de demócrata”, sentenciaban los radicales.

La inversión millonaria en los bancos llevó a los medios informativos de corte conservador a disparar críticas y a diversas organizaciones inconformes a llamar a la protesta. En abril, más de un millón de personas salieron a la calle para declararse en contra de la reforma sanitaria, ya bajo un nombre inspirado en las épocas de la independencia norteamericana: el Tea Party era el recordatorio de ese diciembre del 1773 en el que los oprimidos de Boston arrojaron al mar un cargamento de té proveniente de Inglaterra.

Aunque se declaran una fuerza independiente, su oposición acérrima a Obama los ha conducido tácitamente hacia el Partido Republicano, una orientación reforzada por la vocería de Sara Palin y el apoyo a Scott Brown, el conservador que obtuvo el escaño en el Congreso que históricamente le pertenecía a la tradicional y demócrata familia Kennedy.

El Tea Party comenzó a copar la realidad norteamericana y la convención general de febrero fue la confirmación de que un plato fuerte en términos políticos se cocinaba en frente de todos y cada vez con más adeptos que obedecían a un ideario claro: menos impuestos, políticas de migración más duras, no a la reforma sanitaria y oposición a un presidente negro de quien no se sabe a ciencia cierta si es estadounidense.

La información sobre el nuevo movimiento, que de acuerdo con sus propias cifras hoy agrupa a 15 millones de personas en todo el país (un potencial de votación considerable), copó no sólo las páginas de los diarios, sino también la paciencia de Annabel Park, una mujer de 41 años de origen coreano. Un día cualquiera, sentada en su computador, quiso crear en Facebook un grupo a favor del diálogo, que convocaba a la ciudadanía a tomar partido y a buscar soluciones comunes para salir de la crisis sin buscar adversarios para descargar la ira. El Coffee Party entraba en escena jugando con la ironía en su nombre y promoviendo la concertación hablada acompañada del sabor del café. “No quiero que en el mundo piensen que todos los americanos somos como quienes conforman el Tea Party”, dice Park en un video grabado a las afueras de Washington, hablando bajo la nieve y haciendo pública la génesis de su movimiento.

En cuestión de días al grupo se afiliaron más de 50.000 personas y el número sigue creciendo a medida que el reloj avanza. El éxito ha sido tal, que para el próximo sábado se fijaron reuniones regionales en varios cafés de Estados Unidos. Entonces decidirán a qué apuntará el proyecto y en quién pondrán su confianza para las próximas elecciones. Por ahora, Annabel Park opta por decir a sus posibles contradictores: “Si crees que el gobierno no sirve para nada, está bien, únete al Tea Party”.