Una cadena de errores

Los detalles del asesinato de un líder de la organización palestina Hamás, presuntamente a manos del Mosad, tiene en jaque a la diplomacia israelí.

“Estoy casi seguro de que detrás de este crimen está el Mosad”, dijo Dahi Jalfan, jefe de la Policía de Dubai cuando supo del asesinato, el pasado 14 de enero, de Mahmoud Al-Mabhouh, comandante militar de Hamás y uno de los hombres más buscados del servicio secreto israelí por manejar el tráfico de armas provenientes de Irán y Hezbollah. El crimen contra este hombre, quien secuestró y asesinó a dos soldados israelíes en 1989 y había salido ileso de otros dos atentados en el Líbano y Siria, tiene a Israel en el centro del huracán.

Las 27 personas vinculadas a la investigación, quienes quedaron registradas en las grabaciones de seguridad siguiendo a la víctima desde que ésta pisó el aeropuerto de Dubai el pasado 19 de enero, compraron sus tiquetes de avión con tarjetas de crédito prepagas de un banco de Iowa por medio de su sucursal en Tel Aviv. Asimismo, y con el fin de evitar la rutinaria identificación biométrica, usaron pasaportes de países que no requerían visa para entrar a los Emiratos Árabes. En su mayoría pasaportes falsos con nombres de personas residentes en Israel.

Fueron 12 pasaportes británicos, siete irlandeses, cuatro franceses, tres australianos y uno alemán. Aunque reconocen los expertos que el grado de sofisticación de la falsificación es completamente impecable, coinciden en que el robo de identidad de tantas personas de otras nacionalidades es un error muy grave.

Kevin Rudd, primer ministro de Australia, llamó la semana pasada al embajador de Israel para que confirmara o no la responsabilidad de su país en este caso y amenazó de paso, con severas sanciones comerciales y diplomáticas de llegarse a corroborar las sospechas. En esta misma dirección se han pronunciado la presidenta de Irlanda, Mary McAleese; Nicolás Sarkozy, de Francia, y Gordon Brown, primer ministro británico, quien envió, junto con Australia, a un grupo investigadores a Tel Aviv con el fin adelantar una investigación paralela de los hechos.

A la presión que sufre el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, por culpa del Mosad, su servicio secreto, se suma que desde finales de 2008 la Policía del Líbano ha desmantelado 25 células encubiertas de esta organización en su territorio. Por si fuera poco, el arresto de un coronel de inteligencia israelí la semana pasada acaba de elevar a 40 el número de miembros de esta organización descubiertos y tras las rejas en ese país; por no hablar de la sentencia a la pena capital de dos de sus agentes por el atentado con carro bomba que mató a un líder islámico y a su hermano en 2006.

Lo dijo Stansfield Turner, ex director de la CIA recientemente: “El Mosad es un servicio secreto con excelente presupuesto y relaciones públicas, pero con un deficiente grado de verdadera inteligencia”. Es cierto, creada en el año 49, la central de inteligencia no ha sido ajena a este tipo de escándalos.

En 1973, agentes del Mosad fueron descubiertos y encarcelados en Lillehammer, Noruega, luego de asesinar a Ahmad Bushiji, un camarero árabe de origen marroquí que confundieron con Ali Hasan Salameh, uno de los dirigentes del grupo terrorista Septiembre Negro, responsable de la masacre de los atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Munich. En 1997, el fallido intento de envenenar a Khaled Meshaal, líder de Hamás obligó coincidencialmente al entonces primer ministro, Benjamín Netanyahu, a doblegarse ante el rey Hussein de Jordania y acceder a enviar el antídoto para salvar la vida de Meshall, así como liberar a Sheik Yassink, líder espiritual palestino. Meir Dagan, director del Mosad, sigue recibiendo presiones para que renuncie. Interpol puso en su circular roja a los 27 sospechosos.

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