El disidente de las 23 huelgas

Guillermo Fariñas cumpliría este domingo su decimonoveno día de huelga de hambre desde que le impidieron asistir al entierro del disidente Orlando Zapata. Antes de oponerse al gobierno, quiso a la revolución y fue soldado.

Hacía calor después del mediodía cuando el doctor Ismely Iglesias puso su brazo izquierdo por debajo de las rodillas de Guillermo Fariñas y el derecho en la nuca, procurando que la cabeza no tambaleara demasiado. Respiró y lo levantó de un solo envión. ¿Había muerto el disidente?, no aún pero podía ser. Fariñas completaba 16 días de huelga de hambre y sed y su cuerpo entraba en huelga también con un shock y la pérdida de conciencia. Iglesias demostró su fuerza, salió de la casa cargando 65 kilos de carne y huesos aunque los huesos fueran mucho más notorios que la carne.

Dicen que contuvo la respiración del esfuerzo y que por esa razón, por algunos segundos, no percibió el hedor de las alcantarillas cercanas a la salida de la casa. El barrio se llama La Chiruza; la ciudad, Santa Clara; el país, Cuba y Clara Pérez Silva es el nombre de la esposa de Fariñas, quien lo abrazó dentro de la camioneta que lo llevaría al hospital Arnaldo Milián Castro.

“Él en este momento está estable en la sala de terapia intensiva. Ya se despertó y lo están viendo los doctores”, al otro lado de la línea está la voz lejana de Alicia Hernández, la madre del paciente. Son las ocho de la noche y está un tanto disgustada porque la señal del teléfono no es buena y escucha poco. Antes de llegar a su casa permaneció al lado de su hijo hasta que los médicos lo permitieron. “Está en la cama 8. He tratado de decirle que deje esas cosas pero es muy difícil de convencer. La huelga es su método y le he repetido que no lo quiero ver morir, pero mi hijo es muy terco con sus ideas”. Esta es la vigésimo tercera vez en la que la señora Alicia vive una huelga de hambre de Guillermo Fariñas.

Hoy su aspecto es excesivamente enjuto, casi fantasmagórico. “Ha librado batallas, eso no lo duda nadie. El precio ha sido alto, su salud está muy deteriorada”, relata la madre como queriendo despertar de un mal sueño. Después de 13 años de obstinación y huelgas (en 1997 emprendió la primera), el cuerpo de Fariñas guarda varías cicatrices invisibles: su válvula mitral no funciona bien y los dolores de una neuropatía crónica lo doblegan incluso en los períodos que se alimenta normalmente. Siempre ha estado resuelto: “Morir por la patria es vivir”, replica Fariñas citando el himno cubano cada vez que alguien trata de persuadirlo.

Esa misma consigna rige su vida desde los años de juventud. Se enamoró de la Revolución del 59 conociendo las heroicas historias que se tejieron en la Sierra Maestra. Fidel, Cienfuegos y Guevara en medio de la manigua hablando de sus planes y limpiando las armas. Guillermo Fariñas vivió su propia batalla de disparos y resguardos lejos de Cuba, peleando para ella. En el año 80, viajó a Angola como una cuota de la isla para formar parte de los Comandos de Demolición Penetración y Sabotaje que apoyaron al Movimiento Popular de Liberación de Angola, una organización que luchaba por el poder amparado en ideas marxistas-leninistas.

Fariñas, Coco, como lo llaman, era un soldado de 1,85 centímetros de estatura, buena zancada y largos brazos para sujetar el fusil. Un año atrás no salía de la cancha de baloncesto, entrenaba para representar al colegio José Echeverría en los juegos escolares. Tenía talento para defender y buscar el aro, pero —lo confiesa en su autobiografía— sus dotes no fueron suficientes para superar el juego desbordante de Leonardo Pérez, apodado Maravilla por sus compañeros.

Lo hirieron. Primero fue la pierna izquierda, después vino la espalda y por último el regreso a Cuba. Tres meses de vacaciones bastaron para emprender un nuevo rumbo, en esta oportunidad, la Academia de Desembarco Aéreo de la ciudad soviética de Tambov —a 280 kilómetros de Moscú— lo esperaba con sus instructores rusos, vietnamitas, chinos y coreanos,  para instruirlo y hacer de él un mejor soldado. El proyecto resultaría apartándolo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias definitivamente. En un ensayo desafortunado, Fariñas experimentó lo que sentían sus enemigos al inhalar gas neuroparalizante. La secuela: el cadete desarrolló epilepsia.

De soldado a disidente

Era el año 1988 y el general Arnaldo Ochoa Sánchez gozaba de una reputación inmaculada en las filas de las Fuerzas Revolucionarias de Cuba. Él era un hombre ejemplar. Era el mismo año y Pablo Escobar hacía crecer su emporio de narcotráfico, muerte y crimen. El gobierno isleño comenzaba a poner ojo vigilante sobre Ochoa Sánchez y un puñado de funcionarios del Ministerio del Interior que al parecer habían vendido su alma y sus principios. La prensa oficial, la única del país, reportaba que seis toneladas de cocaína que pertenecían al cartel de Medellín pasaron por Cuba para luego ser transportadas a los Estados Unidos a cambio de un millonario pago en dólares.


A Ochoa se le enfiló en el bando de los demonios. Lo acusaron de usar el suelo, las aguas y el espacio aéreo de la isla para traficar con drogas, marfil y diamantes, de traicionar y avergonzar a la Revolución. Ochoa Sánchez murió fusilado el 13 de junio de 1989 a pesar de la oposición de varios admiradores de su palmarés militar. Guillermo Fariñas, como secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas repudió la decisión hasta el cansancio, hablaba de montajes y de equivocaciones. Su expulsión del partido no tardó mucho en llegar.

Para entonces, el cadete se había convertido en una voz incómoda para el gobierno de Cuba. Mientras estudiaba psicología se asoció con un grupo de alumnos que compaginaban con la Perestroika y el Glasnot, los intentos de Mijaíl Gorbachov para salvar la economía soviética y que de acuerdo con los más radicales prostituía al comunismo frente al proceder capitalista. También hablaba de episodios de corrupción oficial y del incumplimiento de las promesas revolucionarias de Fidel Castro. En el 95 lo acusaron de posesión ilegal de armas y lo encerraron por un año y ocho meses en la cárcel.

De vuelta a la libertad, en los callejones de Santa Clara, Fariñas volvió a caer preso. Su apoyo a los disidentes de la ciudad que en nombre de Andréi Sájarov —el brillante y opositor físico, contradictor del gobierno de la Unión Soviética— pedían por una Cuba libre, en la que cada ciudadano pudiera salir y entrar del país cuando lo deseara. Coco fue castigado con tres años de prisión. Vino la primera huelga de hambre, durante 18 meses se negó a ingerir alimentos sólidos.

Año 2002, otra vez libre, el disidente caminaba por la calle. Un agente, quien decía llamarse Félix, le hizo saber con la voz dura: “Eres un contrarrevolucionario”. Él respondió: “Contrarrevolucionarios ustedes que no respetan los Derechos Humanos”, intercambiaron insultos y golpes. La condena: siete años de cárcel. Huelga: de hambre por 14 meses. Obtuvo: complicaciones de salud a cambio de la puesta en libertad.

Coco Fariñas dejó de comer una vez más en 2006 cuando el gerente del “Ciber Café” de Santa Clara le dijo que tenía órdenes de no permitirle acceder a internet. No se alimentó de sólidos por siete meses, buscando el libre acceso a la red, no para él sino para todos los cubanos. “Por fin lo convencimos de que no valía la pena continuar en la batalla”, ahora del otro lado del teléfono está Licet Zamora, amiga y actual portavoz de Fariñas.

No obstante, de las 23 huelgas, algunas más notorias, otras casi imperceptibles, ninguna parece ir más en serio que la que el jueves pasado lo obligó a salir de su casa en brazos del doctor Iglesias. El plazo establecido para cesar es el de las últimas consecuencias, la muerte vendrá, afirma, si no son liberados 26 presos de conciencia que se encuentran enfermos en las cárceles cubanas. “Esto no es suicidio, es una huelga”.

Zapata: doloroso precedente

A Orlando Zapata lo encarcelaron en 2003. De juicio en juicio (que sumaron nueve) le fueron dando años de prisión, hasta que al fundador de Alternativa Republicana la condena le llegó a 56 años. Rebelde y denunciante, Zapata se encontró en la cárcel con un enemigo implacable: los guardias, que lo condenaron al encierro solitario y a malos tratos que denunció constantemente. Al final, descubrió que la huelga de hambre era la única manera en que el mundo pondría de nuevo los ojos sobre los presos políticos cubanos. Su huelga duró 86 días. Cuando fue trasladado a un hospital ya fue tarde. Murió el 23 de enero de 2010.

“La máxima responsabilidad de su final la tiene un gobierno que prefirió mostrarse intransigente y enérgico antes que proveerle de ciertas mejorías en su vida carcelaria”, escribió la bloguera Yoani Sánchez en un artículo titulado “¿Quién mató a Orlando Zapata?”, publicado en el diario El País.