Chile, con el miedo vivo

Un mes después de la tragedia, en Curanipe, la zona más devastada del país, sigue temblando.

Un buzo corpulento, embutido en su traje de goma, cuyo rostro recuerda al actor hispano-francés Jean Reno, se acerca a la puerta del salón parroquial que hace las veces de consultorio de salud. Lo siguen otros dos que caminan torpemente con pasos de batracio. Se acercan a una joven médico que en octubre de 2009 salió de la universidad y en diciembre fue puesta a cargo de un consultorio de salud municipal que el terremoto y tsunami del 27 de febrero borró del mapa, incluidas las dos ambulancias.

Daniela Guede se lee en el blanco delantal. Acaban de encontrar un cadáver sumergido. A una señal de la doctora unos paramédicos los conducen a unas duchas descontaminantes en la parte trasera. Comentan que los grupos y revoloteos de gaviotas sobre la superficie del océano los conducen a los cadáveres.

Curanipe queda en el área del epicentro, más de 400 kilómetros al suroeste de Santiago. Es una caleta y balneario de la costa de la región del Maule arrasada por el tsunami que siguió al terremoto grado 8.8 de Richter de hace un mes. Con algunos psiquiatras y psicólogos, un médico y una socióloga, colaboramos en contención de las personas, terapias y recomposición de las organizaciones.  Entre otros, estuvimos haciendo apoyo postraumático grupal a la Primera Compañía de Bomberos.

El Cuerpo de Bomberos en Chile es de voluntarios. Eso significa que no reciben paga por su labor. Hay al menos una compañía en cada pueblo, integrada por jóvenes y adultos que reciben entrenamiento y capacitación. En Curanipe, son una treintena de hombres y mujeres. Muchos aún con el miedo vivo, pero cumpliendo con su deber hasta más allá del deber.

Un bombero niño había ejecutado las tareas más duras sin derramar una lágrima, hasta que una tarde en el cuartel le coreamos el cumpleaños feliz. Don Miguel, el superintendente, dueño de un camping, tras poner a salvo a su familia y a las familias que acampaban, volvió a la orilla del mar a las tareas de salvataje. Relata que un niño de once años no cesaba de llamar a su mamá. Tenía la mano derecha empuñada y agarrotada; en el puño, un mechón de cabellos negros. Fue lo único que retuvo de su madre cuando se la llevó el mar.

Más allá de estas y otras dantescas escenas, los sectores medios, bajos y pobres, desmintiendo la imagen de barbarie proyectada por el sensacionalismo televisivo, echaron mano a una práctica social que ellos conocen muy bien: la solidaridad. Una mujer está al pie de un camión militar. “¡Una leche por familia!”, grita, “porque debe alcanzar para todos”. El criterio acordado entre los vecinos es que todos reciban, pero que lo lleven a la sede social para distribución a cada familia según su necesidad.

Doña Fresia, secretaria de la Junta de Vecinos Loma Larga, es la líder del campamento Cerros Pelados, unas 10 familias y más de 40 personas, que ha crecido en torno a su casa en lo alto del cerro. Hay algunas familias en el interior de la sede social, otras en la casa y otras en carpas. De una pared cuelga una hoja de cuaderno con las tareas de la comunidad: olla común, aseo, etc. Lo que deben hacer las mujeres; lo que deben hacer los hombres.

Hay siete campamentos en los cerros de Curanipe. Así como doña Fresia, en diversos poblados miles de mujeres anónimas han asumido el liderazgo de sus comunidades para enfrentar la tragedia. En poco más de media hora amasó y coció una tortilla al rescoldo que devoramos. “Hay que ser solidaria”, lo repite a cada rato. “Así renace el pueblo”, comenta Andrea, “desde las cenizas, como el Ave Fénix”.

Durante estos 30 días que han seguido al terremoto y al tsunami, fueron esos bomberos, la médico Daniela, los paramédicos que la secundan, los dirigentes vecinales, los buzos, así como los escasos carabineros de la localidad, quienes enfrentaron una situación que jamás habían vivido: salvar a los sobrevivientes, acumular cadáveres en la iglesia, “ver tantos niños muertos”, buscar a las decenas de desaparecidos, asumir su propia organización. No volaron como Supermán ni corrieron en cámara lenta como el Hombre Nuclear, tampoco usaron un Batimóvil ni antenitas de tevinil. Simplemente fueron héroes. Y solidarios, algo que ya parecía perdido.