Semana Santa amarga

Benedicto XVI no había atravesado por una situación tan crítica en su papado. El domingo,  Domingo de Ramos, se defendió de los ataques.

En los 58 años que Benedicto XVI completa como sacerdote, nunca había celebrado una Semana Santa tan turbulenta. El domingo, durante la procesión que partió de la Plaza de San Pedro, con hojas de palma española y olivos italianos en las manos, el Sumo Pontífice presidió la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, paradójicamente cuando su papel como máxima autoridad católica atraviesa una etapa comparable con el viacrucis.

Se completan casi tres semanas en las que los cuestionamientos por los casos de pederastia de sacerdotes católicos han crecido sin parar en Europa e incluso, lo han tocado indirectamente a él. Por eso, a pesar de que ayer no pronunció la palabra pedofilia, más de un católico supo que en sus discurso conmemorativo el problema se hallaba latente y estaba enviando un mensaje para paliar los efectos del escándalo. Aseguró que su fe le entrega el coraje suficiente para “no permitir verme intimidado por el chisme mezquino de la opinión dominante”.

Lo acusan de encubrir el abuso sexual a niños sordos del sacerdote Lawrence Murphy cuando ocupó el puesto de prefecto del ex Santo Oficio. También lo cuestionan por asignar al padre Peter Hullermann en una parroquia de Munich luego de que fuera trasladado desde Essen, acusado de abusos sexuales a menores de edad. En ese entonces (1982), Benedicto XVI o Joseph Ratzinger, su nombre de pila, como arzobispo de Munich aceptó la llegada del sacerdote a pesar de conocer sus antecedentes y prefirió guardar silencio para enmendar el problema en la intimidad católica, aunque tiempo después, Hullermann reincidiría en la pederastia. Justamente, el fin de semana una de sus víctimas acusó al Sumo Pontífice de esconder su caso y confesó al diario español El País que a los 38 años de edad tuvo que asistir a un psiquiatra para superar los ataques de pánico y las pesadillas.

Con declaraciones como la del Domingo de Ramos, el Papa ha asumido su defensa. A su voz la acompañan la de sus servidores cercanos, quienes advierten que existe una conspiración para comprometer al Papa con el escándalo. Los críticos proponen que reconozca su responsabilidad en el caso e incluso se escuchan peticiones de renuncia. Sin embargo, una buena parte de abusos sexuales a niños —hoy hechos hombres— comenzaron a conocerse durante el papado anterior (26 años), un tema hasta ahora no tratado y espinoso cuando Juan Pablo II hace carrera para convertirse en santo.

La prensa mundial, hasta ahora implacable con las denuncias, reconoce que a Benedicto XVI le ha correspondido la tarea de hacer frente al período más critico de sus cinco años como máximo jerarca católico, al tiempo que, uno tras otro, los casos de abuso en Estados Unidos, Alemania, Austria, Holanda e Irlanda se posan sobre su imagen como una nube negra. Mientras tanto, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, traza el camino para la redención de la Iglesia a pesar de los pecados: “Reconocerlos y hacer reparaciones a la víctimas es el precio para restablecer justicia y mirar hacia el futuro con renovado vigor, humildad y confianza”.