La efigie que persigue a la justicia

 Esta estatua presenció la destrucción de dos palacios de justicia y su decapitación es un misterio.

En vida, y más allá de la muerte, el ilustre presidente de Colombia José Ignacio de Márquez acompañó varios de los episodios más relevantes en la historia de la justicia en el país, desde los tiempos del libertador Simón Bolívar hasta no muy lejanos capítulos de violencia, cuyos efectos aún retumban en los tribunales y en la conciencia nacional.

Tan representativo fue su papel en la naciente historia republicana, que la más alta condecoración de los jueces en el país lleva su nombre. Sin embargo, su legado no ha estado exento de leyenda. Su estatua, por ejemplo, fue testigo de excepción de dos de los hechos que llenaron de luto a la nación y a los funcionarios de esta importante rama del poder público: la destrucción de dos palacios de justicia, lo que llevó a que se insinuara que la perseguía una maldición.

El primer edificio, que  estaba en la carrera sexta con calle 11, fue atacado por una turba violenta y desmadrada tras el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Ese día la estatua apenas terminó con un tiro en su garganta. El orificio nunca fue restaurado para recordar la barbarie desatada luego del magnicidio. Guardada durante 30 años, la efigie reapareció en el palacio de la Plaza de Bolívar en 1978.

Allí estuvo al ocurrir el segundo episodio (el 6 y 7 de noviembre de 1985), cuando un comando del M-19 se tomó la edificación. En el enfrentamiento con el Ejército (que logró la retoma a sangre y fuego) murieron más de cien personas. Y fue a los pies de la figura de José Ignacio de Márquez que cayó la primera víctima del fuego cruzado: el administrador Jorge Tadeo Mayo Castro el día 6. Veinticuatro horas más tarde, cuando sólo quedaban los rescoldos del fuego que consumió el edificio, se apilaron al lado del monumento los cuerpos de magistrados, visitantes y guerrilleros.

En los años siguientes el misterio que rodeaba a la estatua siguió creciendo. En algunas de las cámaras que registraron las horas posteriores a la toma del palacio fue evidente que estaba completa, pese a la lluvia de bala y armamento pesado que sacudió el recinto. Extrañamente volvió a desaparecer por varios años. El enigma que la perseguía creció cuando fue encontrada de nuevo, sin su cabeza. Como un mal presagio de la supuesta maldición que tuvo la estatua en los dos episodios anteriores, no pudo sobrevivir al último palacio de justicia construido en el mismo lugar donde fue destruido el segundo: en la Plaza de Bolívar. 

Así lo narra María Luz Arrieta de Noguera, quien fungía como bibliotecaria del palacio el día del holocausto. Ella, precisamente, se encontró con la efigie muy lejos del lugar donde la vio por última vez. Con una placa del Consejo Superior de la Judicatura, que notificaba que había sido donada, la vio acéfala en el Museo Nacional. Haciendo una reconstrucción personal de los hechos en su libro Entre la barbarie y la justicia, Arrieta de Noguera no perdió la oportunidad de referirse al tema. Dice que la efigie del prócer ‘sufrió la pena capital’ sin que se haya podido establecer en qué momento perdió la cabeza. Y es claro con la evidencia de la época que no fue por el impacto de un rocket o una bomba de alto poder.

La decapitación, más bien, pudo ser resultado de la acción de algún inescrupuloso que buscando sacar provecho del cobre derretido no tuvo empacho en dejar al monumento sin su testa. Pero más allá del misterio de la estatua que hoy se deteriora a la intemperie, la pregunta es: ¿quien fue José Ignacio de Márquez?

Este prócer nació en Ramiriquí, Boyacá, el 9 de septiembre de 1793 y murió en Bogotá el 21 de marzo de 1880.  Fue compañero de colegio de Francisco de Paula Santander; se títuló como abogado en 1817 y en 1819 fue designado por el libertador Simón Bolívar en la Suprema Corte como ministro fiscal. De raigambre liberal, fue diputado en el Congreso Constituyente de Cúcuta, presidente de la Convención de Ocaña y vicepresidente de la República. Fue elegido primer mandatario en reemplazo del propio Santander, su amigo de infancia, y tomó posesión el 1° de abril de 1837.

Conociendo de la relevancia histórica del monumento, Arrieta de Noguera le pidió al actual presidente de la Corte Suprema de Justicia, Jaime Arrubla, que regrese la estatua al palacio de justicia en vísperas de los 25 años del holocausto. Hasta ahora no ha recibido respuesta. Para ella la prioridad es restaurar la efigie sin cabeza y no hacer una nueva, cuyo costo estaría cercano a los $55 millones. Sería la mejor manera de desmitificar la maldición y de ratificar que los negros nubarrones que han acechado la justicia, incluso en tiempos recientes, son cosa del pasado.