"Ya no tengo temor de recordar"

Hace 20 años fue asesinada en Cimitarra la periodista Silvia Duzán. Su hermana, la columnista María Jimena Duzán, le rinde homenaje.

Hacia las nueve y treinta de la noche, del viernes 26 de febrero de 1990, en el restaurante La Tata de Cimitarra (Santander), fue asesinada la periodista Silvia Duzán. En realidad no murió en el sitio. Falleció desangrada, sin que nadie la pudiera auxiliar. Su cadáver fue remitido al batallón Rafael Reyes, vecino del establecimiento, donde después su esposo y su primo fueron a reclamarlo. Con ella perdieron la vida tres líderes de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare que daban ejemplo de paz, tolerancia y neutralidad.

En esos días su hermana, María Jimena Duzán, ejercía como editora internacional y columnista de El Espectador. Semanas atrás, un productor del Canal 4 de Londrés la había llamado para pedirle una historia que mostrara la complejidad del conflicto de Colombia. Sabía de los esfuerzos de la Asociación del Carare contra la guerra y del talento de su hermana para mostrar esa lucha ajena a los caminos de la coca. Silvia y los líderes del Carare fueron asesinados por los mismos sicarios que María Jimena estaba denunciando en sus escritos.

Relatar lo que sucedió le costó 20 años de silencio. Aunque desde ese mismo febrero supo que el asesino principal se llamaba Hermógenes Mosquera, que le decían Mojao, que oficiaba como matarife del jefe paramilitar del Magdalena Medio, Henry Pérez, y que el Ejército y la Policía se hicieron los de la vista gorda y hasta protegieron a los sicarios, fue tal el miedo y la impotencia que no se atrevió a encarar tanto descaro. De repente, huyendo a la suya, se acostumbró a contar las historias tristes de los otros.

Hasta que después de constatar que “ni siquiera la impunidad más perfecta puede contra la memoria”, un día decidió desandar los pasos. Encontró en la ex fiscal y defensora de derechos humanos Omaira Gómez a su aliada perfecta. Y después de un desesperado rastreo por fin halló en Bucaramanga 15 cuadernos empolvados que ratificaron lo que siempre supo. Los asesinos recogieron sus armas en la Policía y la masacre de Cimitarra se perpetró frente a todos. Nadie dudó jamás de que el Estado fue cómplice de la muerte de Silvia.

Esa búsqueda cobró forma en su libro Mi viaje al infierno, con el que la periodista María Jimena Duzán acaba de pasar cuenta de cobro al pasado impune. Al entonces comandante del batallón Rafael Reyes, teniente coronel Ricardo Lineros, hoy propietario de cabañas en la Costa Norte; al entonces comandante de Policía, Remigio Rodríguez, hoy aficionado a tomarse fotos con personajes importantes en su restaurante en Bogotá; o a Carlos Atuesta, de la Asociación del Carare, impreso en el recuerdo traidor como el beso de Judas.

Y con ellos, al jefe paramilitar Ramón Isaza, quien a la hora de la verdad argumentó mal de Alzheimer; o a Ernesto Báez, experto en acordarse de las atrocidades de los otros, pero malo para recordar su barbarie, incluso sus declaraciones a Caracol Radio días antes de la masacre de Cimitarra, cuando acusó a la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare de ser un frente civil organizado por las Farc. Del Mojao, alumno del coronel Jair Klein, no tuvo necesidad de rememorar. La misma violencia que diseminó también borró su rastro.

Ya perdió las ganas de entrevistar a los verdugos de su hermana. Tampoco confía mucho en la Ley de Justicia y Paz. Pero tiene claro que la memoria es lo único que no pueden quitarle. Por eso volvió a escarbar en aquellos tiempos en que aprendió a calibrar el miedo junto con sus colegas Ignacio Gómez, Aura Rosa Triana o Fabio Castillo, en El Espectador, haciendo suyo el ejemplo intacto del director Guillermo Cano. De esos días surgió su primer libro Crónicas que matan. De esa época regresa su convicción de que “ya no quiere olvidar” .

Ahora rinde homenaje a su hermana Silvia; a su madre cómplice Julia; a su padre Jesús María Galvis, que un día quiso llamarse Lucio Duzán y escribió editoriales en El Espectador hasta su muerte; a los líderes de la Asociación del Carare Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Barajas; y al país de víctimas que como ella misma ha seguido creciendo en la esperanza de ser capaz de torcer el pescuezo a la impunidad y quitarse un peso de encima. El mismo que ella cargó 20 años a cuestas hasta asumir el deber de hacer su viaje de regreso hasta el origen del infierno.

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