La contrición de Mancuso

El extraditado jefe paramilitar les pidió perdón a un centenar de familias que por órdenes suyas fueron desterradas de sus predios en Córdoba. El tono de la misiva enviada por Salvatore Mancuso dejó desconcertadas a las víctimas.

Hace tres semanas un fiscal de la Unidad de Justicia y Paz se desplazó hacia el corregimiento de Tres Piedras, ubicado en el municipio de Montería, para llevar a cabo una devolución directa de 1.400 hectáreas de tierras que el extraditado ex jefe de las autodefensas, Salvatore Mancuso, les arrebató a 95 familias de las sabanas cordobesas hace más de una década. El acto contó además con una inesperada carta a mano por Mancuso desde una cárcel de Estados Unidos. El tono de la misiva, que fue leída por su abogado a los cerca de 500 desplazados, sorprendió por su tono.

“Desde la distancia física, pero con el alma presente en mi nativa y amada sabana cordobesa, quiero reafirmarles a ustedes mi sincero, honesto y claro compromiso de paz. A los campesinos y parceleros que un día salieron de sus tierras les dejo saber que hoy siento en carne propia el desarraigo obligado, la lejanía del terruño que tanto amo y la persecución que un día ustedes quizá sintieron. Si la ley del talión significa algo en el camino de la reconciliación, la acepto con gusto”. Así comenzó la carta Mancuso. Los desplazados por la barbarie paramilitar, que instauró a mediados de los 90, escuchaban al abogado entre temerosos y estupefactos.

No era fácil para ellos creer en ese acto de contrición del ex jefe de las autodefensas que implantó un verdadero régimen de terror en Córdoba. Un hombre que durante sus audiencias de versión libre ante la Fiscalía confesó que el Bloque Catatumbo había ejecutado a más de cinco mil civiles y que estratégicamente se había infiltrado en las entrañas de la política colombiana, de prestantes empresas nacionales y de funcionarios de la Rama Judicial. La carta de Mancuso tiene tintes religiosos y políticos que dejaron desconcertados a sus víctimas. “Espero en Dios con el único propósito de alcanzar la paz”, escribió.

En la misiva señaló que no busca justificar sus acciones, “aunque tal vez en mi caso particular pueda hacerlo”, y les pidió perdón a las víctimas por el daño que les causó. “Que algún día el juicio de la historia llegue también al Estado que me empujó a la autodefensa, a la guerrilla que también nos desplazó, a la clase política que se arropó en la autodefensa y hoy nos niega como lo hiciera Pedro con Jesús, a la justicia que al igual que mucha gente miró para otro lado cuando la guerrilla atacaba a hacendados. Yo, por ahora, acompañado de Dios, me someto a la justicia de los hombres”, manifestó.

Los desplazados del corregimiento de Tres Piedras continuaban pasmados. Uno de ellos le preguntó al fiscal de Justicia y Paz si eran esas de verdad las palabras del verdugo que los desterró. Mancuso escribió además que esta ‘desinteresada’ devolución de las tierras la hacía en virtud de la paz y la verdad entre quienes “nos confundimos en el conflicto como víctimas y victimarios, siendo en realidad compatriotas y hermanos de una misma tierra”. Y remató que la verdad es una sola, que la Fiscalía será la encargada de recopilarla y darla a conocer al país, “luego de limpiarla de tendenciosas manipulaciones de los enemigos de la paz”. 

Y añadió que cuando la verdad se conozca el país sabrá “que los vergonzantes de hoy fueron los instigadores del pasado y los beneficiarios de siempre. No será el destierro forzado, ni las cadenas, ni los ataques injustos y mentirosos los que amilanarán en mí la decisión de cambiar las armas por las ideas”. Y terminó señalando que entrega los bienes a quienes siempre han debido ser sus legítimos dueños. “Sólo espero que ésta no sea una quimera publicitaria, sino que el Estado les garantice la productividad” de los terrenos, “porque la paz no puede ser retórica, se consigue con hechos y aquí dejo el mío”.

Mancuso, el otrora jefe paramilitar, tan temido en otros tiempos y hoy en una prisión norteamericana a la espera de una larga condena, finalizó su carta conminando al Estado para que haga presencia en esa tierra, “pero no solamente armada, necesitamos educación, seguridad social, inversión”, porque aunque “las cadenas me impiden físicamente, me han liberado el alma, el espíritu y la voluntad de ayudar a una patria mejor”. En verdad, los cientos de desplazados del corregimiento de Tres Piedras no lo podían creer.