El anfitrión de la justicia

De cómo un humilde opita, vendedor de tamales en su infancia, terminó rodeado de los más altos círculos del poder.

Cuando Ascencio Reyes tenía nueve años, Sofía Meléndez de Cabrera, la dueña de una finca cerca del municipio de Rivera (Huila), donde sus padres trabajaban como mayordomos, les propuso llevarse a uno de sus hijos para Neiva. El propósito no era otro que aliviar la pobreza en que vivía la familia Reyes Serrano. El sueldo que ganaban apenas les alcanzaba y la posibilidad de estudio para sus cinco hijos era bastante remota.

Así que Ascencio, siendo apenas un niño, empacó lo poco que tenía y arrancó para Neiva a vivir en la casa de doña Sofía Meléndez. La vida no fue menos difícil en la capital del Huila, pero al menos, a partir de entonces, tuvo las tres comidas y el colegio. Hoy, así lo recuerda: “Estudié la primaria en la escuela Los Mártires y el bachillerato en el Instituto Técnico Industrial, donde salí también como experto en fundición”.

Su jornada de trabajo era extensa en la nueva casa: “A veces me daban deseos de devolverme para la finca donde estaba mi familia, pero me volvía a la cabeza la evidencia de que podía comer bien e ir a la escuela. Entonces me aguantaba las ganas”. Aparte de los oficios diarios en la casa de sus patrones, los fines de semana vendía tamales en una carretilla. “También marañón y gallinaza, que ya se utilizaba como abono”.

Cuando terminó su bachillerato, Ascencio Reyes entró a prestar servicio militar obligatorio en el Batallón Miguel Antonio Caro. Cuando concluyó ya estaba vinculado a la Asociación Nacional Miguel Antonio Caro. “Empecé como mensajero y llegué a ser el coordinador nacional. Allí conocí a mucha gente, entre otros a los empresarios Jorge Ramírez Ocampo y Augusto López, al general Nelson Mejía Henao y a monseñor Hugo Puccini Banfi”, rememora con orgullo.

En la Asociación había todo tipo de profesionales, desde contadores hasta médicos y abogados y, claro, militares, con quienes hizo grandes amistades que aún conserva. Entonces se dio cuenta de que tenía mucha facilidad para las relaciones y que le gustaba. Por esa misma época conoció al general, hoy retirado, Miguel Antonio Gómez Padilla, ex director de la Policía, y éste le presentó a su sobrino, un joven que entonces empezaba su carrera.

Recuerda: “El general Gómez fue guía y consejero del hoy general Fredy Padilla de León, de quien puedo decir con satisfacción que es uno de mis mejores amigos. Y no sólo de él, también de muchos personajes públicos. Ellos me conocen, saben dónde vivo, quién es mi familia, de dónde vengo. Jamás me he escondido, no tengo motivos para hacerlo. No entiendo cuando se dice que soy un ‘enigmático y oscuro personaje’ ”.

El viaje de Ascencio Reyes a Neiva, con homenaje incluido a la Corte Suprema de Justicia, está en el ojo del huracán. ¿Cómo conoció Reyes al magistrado Yesid Ramírez y por qué se mueve como pez en el agua en los altos círculos del poder, sobre


todo en las altas cortes? Reyes responde: “Conocí al doctor Yesid hace 14 años, cuando era magistrado en Huila. Había oído hablar de él porque somos de la misma tierra, y me lo presentó José Alejandro Bonivento”, quien llegó a ser presidente de la Corte Suprema.

“Siempre tuve estrechos vínculos con la Corte Suprema de Justicia y con el Consejo de Estado, y nacieron cuando yo estaba en la Asociación Miguel Antonio Caro, de la que también hacían parte el magistrado Bonivento, el doctor Simón Rodríguez y el doctor Daza Álvarez, todos de la Costa Atlántica. Así que se fue integrando un combo de magistrados costeños e hice con ellos una amistad. Hoy muchos están retirados, pero cada vez que nombran uno me lo presentan y se ha mantenido una buena relación con todos”.

A Ascencio Reyes también le achacan haber organizado otro homenaje en Santa Marta, esta vez para el magistrado José Alfredo Escobar. Él lo niega tajantemente: “La verdad, yo no fui a ese homenaje porque no me invitaron. También me asocian con Giorgio Sale. Puedo asegurar que nunca lo conocí y nunca fui su amigo”, agrega antes de abordar un tema todavía más espinoso.

Este hombre de 52 años, quien hizo algunos semestres de derecho en la Universidad Libre y de Relaciones Internacionales en la Tadeo Lozano de Bogotá, sabe que hoy le esculcan la vida hasta el cansancio y que le endilgan extraños manejos en una sociedad que tuvo con José María Ortiz Pinilla, un sujeto acusado de narcotráfico y posteriormente extraditado. Sobre este personaje explica así su relación económica:

“Lo conocí en 2000 cuando se constituyó una sociedad de hecho en común, porque adquirí derechos de cuota sobre un predio en Puerto Lleras (Meta). Le dije al señor José María Ortiz que iba a preguntar por sus antecedentes y él me respondió que no tenía problema. En ese momento le pedí referencia a Leo Arreguín, ex director de la DEA en Colombia, y me dijo que no tenía ningún reporte de ilegalidad”. Según él, por eso hizo el negocio.

En cuanto a Arreguín, sostiene que lo conoció por intermedio del ex director de la Policía, general Rosso José Serrano, a quien califica como otro de sus íntimos amigos. Y añade: “Me doy el lujo de decir que yo puse mi granito de arena para que lo nombraran director de la Policía. Le sugerí el nombre al jefe de seguridad del presidente Ernesto Samper”.

Y luego se explaya: “La Policía pasaba por un mal momento, se decía que estaba infiltrada por el narcotráfico, que había mucha corrupción y que era necesario un cambio. Por eso, cuando el jefe de seguridad de Samper me invitó a tomarnos un café, le dije que el hombre para salvar la institución era Serrano. A los pocos días me llamó y me dijo que al Presidente le había gustado el nombre y que lo iban a traer de Washington. Me comuniqué con el general. No me creyó, pero después le tocó hacerlo cuando Samper lo llamó”.

Fueron precisamente sus relaciones con la Policía las que le permitieron fundar una empresa que empezó a darle prestigio y dinero: “Cuando nombraron a Miguel Antonio Gómez Padilla en la dirección de la Policía, en 1989, le propuse montar dos


supermercados, uno en Neiva y otro en Bogotá, para vender artículos a bajos precios a los policías. Se hizo y se llamaron Todo Comercial Ltda. En un mes alcanzaba a vender, en esa época, $800 millones”.

“Fue muy buen negocio, pero curiosamente el general Serrano fue quien tomó la decisión de acabarlo. Le dijeron cosas que no eran, que un civil no debía tener ese negocio, que me estaba enriqueciendo a costa de la Policía, comentarios que causaron distancia entre él y yo. Después me enteré de que el coronel Danilo González, asesinado en 2004 en Bogotá, fue el promotor de esos chismes. Años después arreglamos las cosas y somos grandes amigos. De hecho, lo he visitado en Viena, donde es embajador”.

Aunque Ascencio Reyes se ufana de su riqueza, en su austera oficina ubicada en el centro de Bogotá revisa una y otra vez los documentos de sus empresas antes de resumir su condición negociante: ha tenido fábrica de calzado, taberna en el sur de Bogotá, comercializadora de granos que vendía al Fondo Rotatorio del Ejército, finca de eucalipto que vendía a Cartón de Colombia, sembradora de maíz, sorgo y arroz, cultivo de maracuyá y cacao, editorial, dos agencias de viajes, negocios de petróleo y hasta noticiero de televisión durante el gobierno de Andrés Pastrana.

Así explica este último negocio: “Al Presidente le gustó la idea y nos dijo a mí, a Tony Pombo y a Samuel Salazar, mis dos socios, que el gobierno podía ayudar con parte de la pauta oficial. La idea era que el noticiero se convirtiera en órgano de divulgación de la administración. Se llamaba SN e iba a ser especializado en economía y negocios. Duró poco al aire porque la pauta nunca llegó. Pero antes de embarcarme en esto ya estaba matriculado en el Partido Liberal y, de hecho, logré curul en el Concejo de Bogotá en 1995”.

“Pocos se acuerdan, pero saqué 6.115 votos y durante mi gestión promoví un debate contra la privatización de la ETB. Además propicié que la Policía tuviera el control del tránsito en la capital”. Sin embargo, hoy tiene claro que no le gustó ejercer la política. Prefiere financiarla. Por eso lo hizo con otro de sus amigos: Rodrigo Villalba, ex gobernador de Huila. Durante su campaña al Senado, Reyes fue uno de sus principales impulsores. Cuando era gobernador organizaron juntos el homenaje al magistrado Yesid Ramírez.

Ese es Ascencio Reyes Serrano. Un potentado con cuatro hermanos sin el mismo destino. Dos de sus hermanas son maestras, el otro es pensionado del Estado y uno más tiene un taller de latonería y pintura. Tiene cuatro hijos, pero prefiere no hablar de ellos. Le gusta hablar más de sus amigos. Del periodista Juan Harvey Caicedo, con quien siempre soñó fundar una universidad; del ex magistrado Carlos Isaac Náder, a quien le compró una casa cerca de la playa en San Antero (Córdoba), o de su amigo del alma José Alejandro Bonivento.

No tiene alma de juez, pero le encantan los amigos magistrados. Le fascinan los cursos de gerencia o de manejo de imagen frente a los medios, pero ahora que lo acosan prefiere eludirlos. Se sabe blanco de críticas y sospechas, pero también está convencido de que son personas cercanas al Gobierno quienes hacen la propaganda negra. Concluye con tono airoso: “Sí, soy amigo de los magistrados y me siento orgulloso de serlo. Pero jamás se me ocurriría influir en sus decisiones. Sería una falta de respeto”.