El coronel que lo ha visto todo

Los ires y venires, los pergaminos y los lunares de un experto en la lucha contra el secuestro: Humberto Guatibonza.

Conoció a Romaña cuando tenía 14 años en la empresa de buses intermunicipales de propiedad de su padre, Belarmino Guatibonza. Ambos eran ayudantes de los conductores de la compañía, que cubría rutas hacia los departamentos del Meta, Vichada y Guaviare.

 En ese entonces el hoy temible jefe guerrillero de las Farc ni siquiera intuía su suerte en armas en el monte ni el pánico que produciría su alias en los viajeros por carretera a mediados de los años 90, luego de que implementara las llamadas “pescas milagrosas”, esa horripilante práctica subversiva de secuestrar por montón y a montones.

Tampoco él previó que años después se convertiría en uno de los policías que más ha estudiado y combatido el fenómeno del secuestro en Colombia, cuando en aquellos tiempos de infancia lo único que lo trasnochaba era su deseo incólume de ser seminarista.

El director del Gaula de la Policía, coronel Humberto Guatibonza, le atribuye al azar esa infeliz circunstancia de haber conocido a Romaña cuando carecía de alias y su nombre de pila era por todos conocido en la empresa de su padre, Henry Castellanos Garzón. Treinta y dos años han corrido desde entonces y hoy, desde orillas encontradas, libran una guerra a muerte.

Irónico, se diría cuando menos, que uno de los principales secuestradores de Colombia haya estrechado la mano alguna vez, en tiempos remotos, claro, y haya ejercido un oficio similar, con el hombre que encarna actualmente la lucha por desterrar ese engendro que terminó por envilecer el conflicto armado en el país.

Dice Guatibonza que una vez Castellanos le confesó que de cuando en cuando recogía a guerrilleros en el bus y que no les cobraba. “Era uno de los tantos muchachos que trabajó para mi papá”, comenta mientras menea la cabeza en señal de desaprobación y apura un vaso con agua.

Guatibonza es el sexto de ocho hermanos de una familia boyacense que creció en un matriarcado dominante. Su apellido no es desconocido en las filas policiales. Los tres únicos varones de la descendencia se inclinaron por el uniforme, pero sólo él permanece activo. Sus hermanos Mario José y Luis Miguel pasaron al retiro voluntario hace cinco años, como coronel y teniente coronel, respectivamente.

 Dos de sus primos, sin embargo, los coroneles Rafael Rojas Guatibonza y Mauricio Medina Guatibonza, siguen en carrera en la Policía. Y hasta un cuñado suyo. Es una familia con vocación de investigadores, qué duda queda.

Se graduó de un colegio que ya no existe, el Francisco Miranda, ubicado en la calle 32 con avenida Caracas, demolido después para darle paso a la acelerada urbanización de la capital. Sacó uno de los mejores puntajes en el Icfes y recibió una beca para estudiar Ingeniería de Sistemas en la Universidad Distrital. No aceptó. Antes de ingresar como cadete a la Escuela General Santander, probó suerte en el Seminario de los Padres Paulinos. Tres años le tardó caer en la cuenta de que no contaba con la devoción que se requería. En 1983 ya era subteniente de la Policía.

Al día siguiente de reportarse como comandante de policía en Fortul, Arauca, la guerrilla del Eln asesinó a su jefe, “mi capitán Ramírez Heredia”, y entonces se dio cuenta de que la guerra era en serio, que atrás habían quedado la teoría y la academia, y que el asunto ahora era con el fusil al hombro. Enfrentó la guerrilla en ese departamento y no tardó en ser declarado objetivo militar. Tuvo que salir hacia Acacías (Meta).

uego vinieron misiones en la Policía Antinarcóticos, erradicando coca y patrullando sin descanso, en el Escuadrón


Motorizado, como enlace de inteligencia, y como piedra angular del Bloque de Búsqueda (creado para enfrentar al cartel de Medellín y a Pablo Escobar Gaviria).

En una época negra, lleno de zozobra, amenazado como ninguno, uno de los emisarios de Escobar trató de sobornarlo. Se rehusó y esquivó desde entonces las balas y las bombas de la mafia. Tuvo que salir hacia Chile mientras se enfriaban las cosas. Luego regresó, ya sin el capo de capos haciendo y deshaciendo en el mundo del hampa, y se especializó en su batalla de hoy: la lucha contra el secuestro.

Y sus pergaminos han sido notorios. En su largo trasegar combatiendo ese abominable delito ha visto morir a muchos compañeros, subalternos, asesinos, secuestradores y, cómo no, a secuestrados.

Personalmente ha dirigido 71 rescates y es un conocedor como nadie del fenómeno.

“He visto la historia de un secuestrador que se pegó un tiro cuando lo rodeamos; a secuestrados que les cogieron cariño a sus plagiarios y me pidieron que no los metiera a la cárcel; a secuestradores que asesinaron a sangre fría a los que les enseñaron a leer y a escribir; a policías plagiando sin reparo; a secuestradores que asesinan y, aún así, siguen negociando con el cadáver o engañando a las familias haciéndoles creer que viven; a asesinos que desmembran un cadáver para no tener que cavar una fosa”. Ha visto de todo.

Guatibonza dice que en alguna oportunidad sintió una repugnancia distinta de la que suele sentir con estos asuntos cuando habló con un secuestrador que le contó cómo asesinó a sus víctimas. Su relato destilaba sangre. Sin embargo, “él me pidió que lo comunicara con su familia. Llamó y habló amorosamente con su esposa y sus hijos. Ahí me aterré de la condición humana”.

También recuerda que hace un par de años un guerrillero se le entregó. “Estaba ofendido. Contó que habían secuestrado a un viejito con diabetes, que el señor les rogaba que le compraran una droga que valía $80 mil, que era de vida o muerte. Entonces su comandante, al saber el precio, sacó $2 mil de su bolsillo y le dijo como escupiéndole: ‘Más bien compre una bolsa negra y lo mete ahí’ ”.

Tanta ha sido la crueldad de la que ha sido testigo. Pero rememora un capítulo, sin entrar en mayores detalles, que en particular lo marcó. Una menor de edad secuestrada, violada y asesinada. “Aún veo su rostro”. El episodio del fallido rescate de la hija del ex presidente Julio César Turbay Ayala, Diana Turbay, asesinada por el narcotráfico, también lo altera.

Entonces prefiere decir que hace cuatro años rescató con éxito al niño lituano de 4 años Vitis Karanauskas, por el que las Farc pedían un millón de dólares, e hizo lo propio la semana pasada, cuando coordinó la liberación del pequeño Joel Paolo Pinto.

Guatibonza es un hombre sencillo, que en septiembre cumplirá 46 años y podría estar a dos más de ascender al generalato. Una recompensa más que justa por sus pergaminos. Antes de retirarse cuenta que su padre lo llamó hace varios años para decirle que en una finca en los Llanos se había topado con Romaña, quien lo reconoció y hasta lo invitó a una cerveza. Entonces le comentó el ya temido jefe guerrillero que sabía lo que estaba haciendo Guatibonza y que lo tenía en la mira. “Si nos vemos de nuevo es que se ha entregado o que lo dimos de baja”. Un curioso destino el que les deparó la vida a estos opuestos encontrados.

 

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