Los restos de la guerra

Un total de 27 familias, víctimas de la guerrilla y de los paramilitares, recibieron el martes en Antioquia los restos óseos de sus seres queridos. La confesión de Éver Veloza, alias ‘HH’, permitió establecer que cinco cuerpos más habían sido arrojados al río Cauca, por lo que a sus parientes se les entregaron simbólicamente sus fotografías.

Tras años de espera, 27 familias afectadas por la guerrilla y los paramilitares recibieron los restos de sus seres queridos, rescatados de fosas comunes en Antioquia. Otras cinco se conformarán con saber que alias ‘HH’ los lanzó al río Cauca.

El auditorio del bloque administrativo de la Universidad de Medellín no recibió a graduandos, mucho menos a famosos o a destacados líderes de la región. Esta vez los invitados de honor fueron los familiares de las víctimas de desaparición forzada, tortura y asesinato por parte de la guerrilla y los paramilitares. El homenaje era para los hombres y mujeres que durante años alzaron la voz pidiendo justicia.

Fueron 27 las familias que, en medio de su infortunio, tuvieron la suerte de que el director nacional de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía, Luis González, les entregara los restos de parientes víctimas del conflicto armado.  Otras cinco ni siquiera ese consuelo tuvieron. Les tocó conformarse con una “entrega simbólica” al ser enteradas por el verdugo de sus seres queridos de que éstos habían sido arrojados al río Cauca, en la Mojana. La entrega  consistía en una fotografía de cada una de las cinco víctimas.

El dolor de Lilia Alzate afectó su salud. Los médicos debieron atenderla en el auditorio. Ella se niega a aceptar lo que pasó con su hijo Álvaro de Jesús Gómez de 32 años, a pesar de que el mismo Éver Veloza, alias HH, ex comandante de los bloques Bananero y Calima de las autodefensas les confesó lo ocurrido, pidió perdón y puso fin a ocho años de incertidumbre, de dolor y de esperanza de encontrarlos con vida.

“Nos dijo que era parte de la guerra. Yo le dije que iba a pedirle a Dios que me ayudara porque era muy difícil perdonar”, aseguró doña Lilia aferrada a la foto de su hijo y afligida por el llanto.

“Yo tengo que resignarme. No es fácil perdonar. Estoy más tranquila porque ya sé qué pasó con mi hijo y ahora tengo que seguir adelante con mi hija de 18 años”, dijo Elizabeth Duarte, madre de Víctor David Valdés, otra de las víctimas de HH.


Un minuto de silencio selló este acto simbólico donde después de muchos años las víctimas se sintieron respetadas. Fue lo más parecido a una ceremonia religiosa que precedió la sepultura de cada una de los restos óseos, los cuales fueron llevados por sus familiares a diferentes cementerios de la ciudad y del departamento.

Fin de una espera

“Fue una fiesta lúgubre pero amorosa, de reconocimiento y recogimiento. Esto nos ayuda a que el sentimiento y la penalidad no se profundicen”, aseguró, con voz temblorosa, emocionada y cansada, don Francisco Antonio Toro, un hombre que durante 12 años lloró a su hija, a su nieta y a su yerno.

Hoy puede sepultarlos, pero quedan pendientes otro nieto y un amigo de la familia de cuyos restos nada se sabe, quienes, al parecer, están sepultados en una fosa en algún lugar entre Olaya y Sopetrán, occidente antioqueño. Todos ellos han sido víctimas de las autodefensas.

María Elena Toro hace parte del grupo de las Madres de La Candelaria. Todos los miércoles en el atrio de la iglesia del mismo nombre, en el parque de Berrío, centro de Medellín, reclama que le digan dónde está su hijo. “Ya encontramos unos, mi hermana, Mercedes, su hija Claudia y el esposo, Juan Carlos, pero faltan mi hijo Franklin y su amigo Guillermo. Desde agosto de 1996 los estoy buscando y voy a seguir metiéndome en el monte hasta encontrarlos y poder sepultarlos”.

Al otro lado del auditorio estaba el padre Jesús María López, acompañado de toda su familia.

Un año después de encontrados los restos de su hermana María Margarita López y su cuñado, Jesús Adalid Tobón, desaparecidos en agosto de 2003 y posteriormente asesinados y sepultados en una fosa común entre El Santuario y Granada, al oriente de Antioquia, podrán llevarlos al cementerio de Granada, su tierra, donde vivían y cultivaban. “Humanamente es imposible perdonar porque destruyeron incluso la muerte de quienes amamos y deseábamos disfrutar más, solamente Dios nos puede ayudar porque la cicatriz sigue en el alma”, dijo a los asistentes el Padre Jesús María.

Sus rostros lo decían todo. La música de fondo y la ceremonia preparada para cada uno simbolizaron el funeral que les fue negado al momento de sus muertes.