Secuestrado por siempre

El ex soldado regular John Freddy Díaz Díaz  asegura que su vida, después de 3 años en la selva, no ha sido nada fácil. Con un grupo de ex compañeros busca rehacer su vida y solicita apoyo del Estado o de particulares.

Más allá de los recibimientos cálidos, las cámaras de televisión y los micrófonos, las sonrisas a flor de piel y los relatos interminables de sus aventuras, la vida de un ex secuestrado está lejos de ser color de rosa. John Freddy Díaz Díaz, de 31 años, fue secuestrado por las Farc el 3 de agosto de 1998, durante la cruenta toma a la base antinarcóticos de Miraflores, en Guaviare. Ese día murieron 40 policías y militares y fueron raptados 56.

 Él era soldado regular y permaneció en cautiverio hasta el 28 de junio de 2001 cuando fue entregado en La Macarena, en la desaparecida zona de distensión, junto con 241 uniformados más. Volver a ver a sus allegados y regresar al barrio La Alquería-La Fragua, al sur de Bogotá, donde ha pasado la mayor parte de su vida, era ver cumplido un sueño que tuvo muchas veces en el selva. Pero al llegar a la capital comenzaron los problemas.  

“Hasta el momento en que yo iba en el bus me sentía bien, normal. Pero fui a bajarme y sentí que todo se creció. Se agigantó la avenida. La veía cinco veces más ancha. Las casas eran unos edificios. En mi casa, la puerta estaba abierta. Fui pasando de la puerta hacia adentro y se achicó. Me sentía gigante y fue duro”, asegura Díaz. Y lo fue más cuando recordó a su hermano Diego Alonso Díaz, quien fue uno de los muertos el día de la toma de las Farc.

Con él se había ido al Ejército con el objetivo de sacar su libreta y conseguir un mejor trabajo o viajar a Estados Unidos donde se encontraba su padre. Como John Freddy sólo llegó hasta octavo grado, tuvo que enlistarse como soldado regular y permanecer 18 meses en las filas. Tras el período de entrenamiento en San José del Guaviare, fue llevado a Miraflores, donde cayó en poder de la guerrilla. Pero a su regreso nada fue como esperaba y las secuelas de haber estado retenido en la selva se prolongan hasta el presente. 

 Inicialmente comenzó a buscar empleo, pero sintió que en ninguna parte lo querían recibir. “Yo siempre puse secuestrado. De tal a tal fecha estuve secuestrado por las Farc.


En algunas partes le decían a uno: ‘¡No!’. En otras no decían nada, pero uno se daba cuenta de la reacción. Por eso no he trabajado en empresas y en las poquitas que he trabajado he durado un mes, o dos meses si mucho”, relata.

También ha tenido problemas para socializar. Sus amigos más cercanos son ex compañeros de cautiverio. Los primeros en notar que ya no era el mismo fueron sus familiares, quienes lo obligaron a ir a consulta con un psiquiatra. Le diagnosticaron esquizofrenia paranoide por estrés postraumático.

 “El año pasado tenía la barba larga, no me afeitaba, me bañaba de vez en cuando. El pelo lo  tenía degenerado. Yo estaba sucio y andaba por ahí”, recuerda. Como no tenía dinero, pensó en el Ejército para sufragar el tratamiento, pero como ya había salido de las filas tuvo que poner una acción de tutela para conseguirlo.

 Ahora todos los días debe ingerir al menos cinco tranquilizantes para tener una vida normal e incluso para dormir. Si no toma la droga se altera, se pone ansioso y agresivo.  Los problemas familiares también lo han afectado. De su esposa, con quien comenzó la relación antes de irse para la milicia, reconoce que  ha tenido paciencia para soportarlo y por eso siguen juntos. “Cuando yo regresé peleábamos mucho”, asegura. Mientras estaba en cautiverio nació su hija, que hoy tiene 9 años, y también es padre de un niño de dos años y medio.

“Ella ha sufrido mucho y la regaño porque me altero con cualquier cosa. Ella fue la que vivió todo el proceso. Desafortunadamente, ella pagó los platos rotos”, asegura en medio de lágrimas. Para ganarse la vida trabaja en una microempresa de una tía suya, la cual se dedica a la publicidad.

Pero va detrás de otras opciones. Con otros ex secuestrados  fundó una ONG llamada ‘Cadenas de libertad’. Ésta busca apoyo para crear una micromepresa de camisetas que no sólo les dé trabajo a sus compañeros de cautiverio, sino a los que han ido saliendo y a los que  vendrán.

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