La trasescena del Cartel

El Espectador recorrió la región del Norte del Valle y constató que ya no hay grandes capos, pero aún perdura la violencia selectiva.

Desde el miércoles pasado,  el municipio de Cartago está expectante. En el parque Bolívar y demás calles del pueblo, el plato preferido de sus 160.000 habitantes se llama El cartel, el seriado del Canal Caracol basado en la historia del confeso narcotraficante Andrés López, El cartel de los sapos, que promete un éxito mayor que el del libro que ya va por su tercera edición. Un texto de 319 páginas que narra uno de los tantos capítulos de la accidentada y violenta historia del norte del Valle del Cauca.

Sin embargo, tanto el libro como la producción de televisión se quedan cortos frente a una dura realidad que lleva más de una década modificando el panorama de esta convulsa región. El Espectador la recorrió, cruzando por Ansermanuevo, Versalles, La Unión, Toro, Obando, La Victoria, Roldanillo, El Dovio y Zarzal. La primera evidencia es que aún se siente la influencia de esa telaraña que el narcotráfico tejió desde el Cañón del río Garrapatas, en jurisdicción de El Dovio, hasta las escarpadas fronteras con el Chocó y el Eje Cafetero.

Son tantas historias de víctimas o mafiosos que ya hacen parte de la tradición oral de una región que ha sufrido como ninguna otra el azote de la violencia. Primero fueron los tiempos de El Cóndor, León María Lozano, en los años 50, cuyos esbirros llegaban hasta los pueblos a sumar muertos de la violencia partidista. Después fue Teófilo Rojas, alias Chispas, quien con otros bandoleros siguió aumentando las listas de los sacrificados. Hasta que llegó el narcotráfico y multiplicó los cadáveres en los ríos Cauca y La Vieja.

Cada familia aún llora a un ausente y para la mayoría de habitantes de los 11 municipios que conforman la región, los nombres  de Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta; Iván Urdinola, Henry Loaiza Ceballos, alias El Alacrán; los hermanos Orlando y Arcángel Henao, Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño, y Víctor Patiño Fómeque, son comunes por sus terribles extravagancias y el dolor que dejaron. El mismo que multiplicaron en sus vendettas los capos Diego León Montoya Sánchez, alias  Don Diego, y su archienemigo Wílber Alirio Varela, alias Jabón.

Un poder que creció a sus anchas, mientras el Estado enfocaba su atención en atacar a los capos Pablo Escobar Gaviria, Gonzalo Rodríguez Gacha o los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

 Entonces las noticias hablaban de exitosas persecuciones del Bloque de Búsqueda en los años 90, pero en los cementerios de Cartago, Zarzal, Roldanillo y El Dovio, hoy proliferan las tumbas de muchos paisanos que murieron en una absurda guerra  que apenas se conoce y que los pobladores de la región saben que todavía no concluye.

“Los nuevos capos están aguardando en sus sitios de siempre. La calma que se respira hoy es una ilusión”, comenta un historiador de Cartago que, como la mayoría de sus habitantes, sigue prefiriendo el anonimato. Él sostiene que aún se le eriza la piel cuando recuerda los días amargos.

 Y todavía siente que debe tejer sus palabras como hilando oro. De hecho, sostiene que está prohibido hablar de “narcos” o “mágicos”, como le dicen los forasteros a aquellos que de la noche a la mañana reaparecieron en los pueblos con grandes fortunas.

El temor es peor entre los funcionarios públicos. En Zarzal, Roldanillo o El Dovio, los alcaldes no aparecen y los secretarios elogian los paisajes o las buenas costumbres, pero se niegan a hablar de más de 8.000 asesinatos en  los últimos 10 años. Además se incomodan cuando alguien se atreve a hablar de cultura ‘traqueta’.

 Prefieren decir que el narcotráfico les hizo mucho daño, que cambió la normalidad de sus pueblos y que nadie quiere volver a vivir el miedo que causaron Los Machos o Los Rastrojos, matando a diestra y siniestra para complacer a Don Diego o Jabón.

Y qué decir de Trujillo. Nadie se olvida que, a finales de los años 80 y principios de los 90, más de 350 personas fueron


sacrificadas por narcotraficantes y paramilitares. Hasta el sacerdote del pueblo Tiberio Fernández Mafla apareció sin cabeza en aguas del río Cauca.

 Entre 1986 y 1994, en este municipio, en Riofrío y Bolívar, asociado con miembros de la fuerza pública, el temible Henry Loaiza, alias El Alacrán, sembró el terror de las motosierras. El mismo que causaron años después los ejércitos de Don Diego y Jabón: 1.500 muertos.

Una matrona de Roldanillo describe así esa cotidianidad macabra: “Las mujeres eran como un botín de los malos y familia que se respetara tenía un narcotraficante o un muerto.

A las muchachas las obligaban a casarse con los pistoleros y en muchas casas era un honor que llegara un pretendiente con carro y escoltas”. Las aguas del río Cauca o las morgues de los hospitales públicos del norte del Valle dieron cuenta de más de 200 jóvenes viudas que se quedaron criando familias porque los hombres de la casa no volvieron.

“En un recodo del río Cauca, en el puente que divide a Cartago de Ansermanuevo, y que se llama Beltrán, fueron muchos los cuerpos acribillados que aparecieron flotando o enredados entre pastizales”, añadió un abuelo de acento paisa, quien rompiendo el esquema del silencio, se decidió a matar el tiempo recordando junto a la calle peatonal del Archivo Histórico San Jorge del municipio de Cartago.

“Los muchachos se metían en líos por ganarse $30.000 o $40.000 movilizando dineros. Pero después terminaron pagando con sus vidas la riqueza de otros”.

Pero no sólo hubo violencia, lo más común fue el despojo. Desde comienzos de los años 90, el narcotráfico emprendió un exagerado proceso de acumulación de tierras, que por temor fue invisibilizado por las propias víctimas. Hoy la mayoría se niega a reconocer que fue presionada a dejar sus tierras o a venderlas por precios irrisorios.

Entre La Victoria y Ansermanueva, sus pobladores dicen que las mejores tierras se quedaron concentradas en tres personas. Y el que no vendía, o regalaba por bajo precio  terminaba en una tumba.

Era el reino de una generación de mafiosos. Pero además de la violencia y la concentración de tierras, fue un poder que dejó decenas de desplazados. “No sólo la guerra entre guerrilla y paramilitares dejó desarraigo, la peor parte la puso el


narcotráfico, que sacó a los campesinos de sus predios y los arrojó a los cinturones de miseria”, sostiene el padre Juan Carlos Cárdenas, de la Corporación Diocesana de Cartago. Y así lo explica: “Después de la crisis cafetera aparecieron los oportunistas que compraron la mayoría de las fincas”.

Sin embargo, doña Lucy Murgueitio asegura que la violencia en el norte del Valle viene desde el siglo XIX. “Es como si la región hubiera sido condenada a vivir en constante guerra”, aclara. “De la Guerra de los Mil Días a principios de siglo, pasamos al sangriento enfrentamiento entre liberales y conservadores después del asesinato de Gaitán. Aquí nunca han faltado el reclutamiento forzado, el incendio de pueblos o los fusilamientos”. Ella recuerda que en su niñez fue testigo de cómo bajaban los muertos a lomo de mula desde la cordillera.

Y de verdad pasaron los “pájaros”; los guerrilleros como Manuel Marulanda Vélez, quien nació relativamente cerca, en Génova, al otro lado de las montañas; los del M-19 o el Epl que aprovecharon esos agrestes caminos para expandir su violencia; y con el tiempo los paramilitares financiados por el narcotráfico, que se volvieron amos y señores del norte del Valle y dejaron una estela de muerte y desolación que apenas empieza a contarse, gracias a que los más malos entre los malos están extraditados, presos, desaparecidos o muertos.

Hoy Don Diego o Jabón ya no están. Pero en las calles de Zarzal, El Dovio y Cartago, se rumora que sus lugartenientes son los que mandan ahora. Se habla de Capachivo o de El Mocho. La gente prefiere seguir callando y escasamente hablan los abuelos. Uno de ellos, ataviado con sombrero aguadeño, de bigote cano y camisa fina, rompe su silencio y afirma: “Los pelaos se meten en problemas porque quieren, porque les gusta la plata, porque la consiguen y compran armas. Si el Gobierno pensara más en educarlos, el norte del Valle y Colombia ya habrían cambiado”. 

Entre tanto, mientras el testaferrato sigue haciendo de las suyas, al norte del Valle ha llegado una novedad: el seriado de televisión El Cartel, algunas de cuyas escenas se grabaron en las calles de Cartago. Varios de sus pobladores fueron extras y quieren verse en televisión junto a los famosos.

Otros esperan a que los capítulos les aclaren lo que ellos vivieron y no entendieron. Pero la mayoría sabe que la realidad fue mucho más que la ficción y que en las entrañas del Cañón de las Garrapatas sigue intacto un pérfido negocio que cada día se roba más jóvenes sin otro destino.

Es la realidad de una región signada por una historia de violencia y dolor. Una zona donde aún se siente el impacto de un testaferrato a la fuerza, donde la gente no elige su destino sino que se lo imponen, y donde las venganzas se reciclan, lo mismo que los perdones, en una especie de círculo vicioso que ahora quiere mirarse en el espejo de un seriado de televisión. “Al menos ya era hora de que alguien contara lo que nos sigue pasando”, comentó un educador de Cartago. Y concluyó sin adornos: “Ojalá que los actores se acuerden de los actores nuestros, que no fueron otros que nuestros irreemplazables muertos”.