Un cautiverio en silencio

El soldado Luis Arturo Arcia pasó casi una década sin recibir mensajes radiales. 

Después de la emboscada en El Billar (Caquetá), ocurrida el 3 de marzo de 1998; del acuerdo de Los Pozos, por el que salieron en libertad 352 policías y militares secuestrados por las Farc, en junio de 2001; y del rescate del pasado 2 de julio en la llamada ‘Operación Jaque’; en las selvas colombianas aún permanecen dos sargentos segundos del Ejército. Se trata de Luis Alfonso Beltrán y Luis Arturo Arcia. Los dos, diariamente, se despiertan en la madrugada, y como el resto de secuestrados, prenden la radio esperando saber de los suyos.

A Beltrán le mandan mensajes su madre, doña Virgina Franco; su padre, don Eufrasio Beltrán; su hermano, que vive en el sur de Bogotá, en el primer piso de la casa de sus padres; sus dos hermanas, radicadas en Italia y sus sobrinos. Pero para Arcia, sintonizar una emisora o la otra siempre produce el mismo resultado: silencio. Un silencio que lo acorrala,  lo entristece y  lo aturde. “Los mensajes son nuestra vida”, han dicho en diversas ocasiones los rehenes desde o fuera del cautiverio. Pero a este soldado la vida no le ha llegado a través de la radio.

Luis Arturo Arcia creció en Bogotá en el hogar de doña Elena Avellaneda, una profesora pensionada. Su madre biológica es Cristina Arcia, una mujer de Villavicencio a la que una enfermedad mental le inhabilitó todos los sentidos. Luis Arturo fue adoptado por doña Elena con muy corta edad, y ella se encargó de su crianza como si él fuera el séptimo de sus hijos. Pero los otros seis, que para ese entonces ya eran adultos, profesionales, y varios de ellos, casados, no lograron establecer el vínculo de hermandad con Luis Arturo, quien creció solo al lado de doña Elena.

Arcia no terminó el bachillerato. Ingresó a la carrera militar, en parte, para que en su casa se sintieran tranquilos, pues a doña Elena no le gustaba que su hijo malgastara su tiempo. Luego, también por insistencia de ella, tomó un seguro con el Ejército para que su madre biológica recibiera una pensión, aunque doña Elena ignora si el dinero llega a su destinataria. “Ella vive en Villavicencio con un hermano y está allí como empleada de servicio, pero cuánto quisiera que recibiera esa platica”, cuenta doña Elena, quien abrió una cuenta para su hijo con el dinero que éste recibe mensualmente del Ejército.

Doña Elena acogió a Luis Arturo cuando ya era una sexagenaria, y tenía cerca de 80 años de edad cuando las Farc ejecutaron la toma de El Billar.


Desde entonces ya tenía una sordera que con el paso de los años se fue agudizando, hasta el punto que su capacidad auditiva, hoy día, es casi nula. Por esa razón, sumada a los achaques de salud que se le han agravado con la ausencia de Luis Arturo, nunca le ha podido enviar mensajes por radio a su hijo. Cuando se estableció la zona de distensión le alcanzó a enviar algunas cartas. Y cuando Jorge Enrique Botero grabó las imágenes de los campos de concentración, fue la última vez que tuvo noticia de él.

Los otros hijos de doña Elena tampoco le hablan por radio a Luis Arturo. Ha sido un silencio tan prolongado que, durante el encierro forzado, tres de sus hermanos fallecieron, el primero a los 18 meses del secuestro y la última hace tres años, y hasta la primera semana de marzo de este año Arcia no conocía estas noticias. Así como, hasta esa fecha, tampoco sabía que es tío de ocho pequeños. Ni que la salud de su madre, año tras año, empeora, ni que fue internada en una casa de reposo en Sogamoso. La mujer que lo actualizó fue Consuelo González de Perdomo.

La ex representante, liberada el pasado 10 de enero, fue su compañera de cautiverio por tres años y medio. “Él era mi lanza, nos ayudábamos mutuamente”, asegura González.

“Él maneja la difícil situación del secuestro de una manera muy práctica, dice que lo único que se debe hacer es sobrevivir. Pero yo sé que no recibir mensajes lo afectan, porque a veces me decía que qué rico si lo llamaran. Aunque él es muy prudente y poco manifiesta su preocupación”.


González  le comunicó al soldado Arcia la muerte de sus hermanos. Según dice, sus hermanas tenían temor de darle alguna noticia que lo entristeciera, pero, para Consuelo, los mensajes son el único mecanismo que le permiten a un secuestrado mantenerse conectado con el mundo.

Por eso, cada semana, ella y sus hijas le envían mensajes por los programas Voces del Secuestro, de Caracol; La Carrilera de las 5, de Antena 2; Noche de Libertad, de RCN y Alas de Libertad ,de Todelar. Quieren recordarle, así como todos los rescatados en la ‘Operación Jaque’, que a pesar de todo, él no está solo.

“Regresemos por ellos a la selva”

Desde que 12 de los 15 rescatados en la ‘Operación Jaque’ aterrizaron en la base militar de Catam, en Bogotá, sus primeras palabras fueron casi las mismas: no relegar al olvido a los compañeros de cautiverio que quedaron en poder de los guerrilleros de las Farc.

Los cabos José Miguel Arteaga y William Pérez, ambos privados de la libertad en la toma de El Billar, mencionaron a El Espectador, en particular, el caso de Luis Arturo Arcia. “Él es mi hermanito, no podemos olvidarlo”, aseguró Arteaga. “Yo regresaría por mis compañeros Arcia y (Luis Alfonso) Beltrán a la selva”, dijo Pérez.

María Isabel González, directora del programa de psicología de la Universidad del Rosario, explica por qué es tan importante que un secuestrado reciba mensajes de su familia: “Estas personas están en un estrés permanente, sobre todo por el riesgo de perder la vida. Por eso es muy importante que continúen con sus vínculos afectivos. Es una motivación para ellos que les ayuda a soportar  todo por lo que pasan y a mantener la esperanza”.