El rastro del horror

La desaparición de jóvenes en presuntos combates con el Ejército no cesa. Estuvimos en Boyacá en la exhumación de dos bogotanos. Para ver la galería correspondiente haga clic <strong><a target="_blank" href="/noticias/judicial/galeria-el-rostro-de-los-falsos-positivos">AQUÍ</a></strong>.

Doña María Eugenia Gutiérrez sólo se atrevió a observar de reojo el gesto de agobio del sepulturero mientras abría la caja de madera en la que yacía el cuerpo de su hijo. Lloró, se reclinó sobre una lápida, apretó las manos frías, se las llevó a su boca. Lo vio cubierto por una sábana sucia. El hombre levantó la tela y dejó ver el cadáver, esquelético, de Nolbeiro Muñoz Gutiérrez. Doña María no quiso ver más, se escondió tras un pañuelo y el abrazo de compasión de una desconocida.

Había viajado durante siete horas desde Bogotá hasta Chivor, el inhóspito pueblo de Boyacá donde murió su hijo el pasado 17 de septiembre. La causa: “Proyectil de arma de fuego en conflicto armado con el Ejército”, reza en los informes oficiales. “Un falso positivo más”, denunció hace una semana el personero de Bogotá, Francisco Rojas Birry. Según él, un capítulo más del escándalo de las ejecuciones extrajudiciales que se volvieron noticia nacional en septiembre del año pasado con las desapariciones y ejecuciones de 12 jóvenes de Soacha y Bogotá a manos del Ejército.

El viaje de doña María comenzó el pasado jueves a las 4:00 a.m. en la Personería de Bogotá. Ese día recorrería el mismo camino de la muerte que había transitado su hijo meses atrás. Él, según cuentan algunos testigos, partió el 16 de septiembre de 2008. Estaba en el parque del barrio Gustavo Restrepo, en la localidad Rafael Uribe Uribe, cuando unos hombres lo recogieron en una camioneta de platón junto con Alexánder Quirama Morales, de 31 años, la segunda víctima de esta historia. La camioneta, dicen, debió recorrer la misma ruta que doña María estaba a punto de realizar.

Primera parada

Doña María iba acompañada de su hijo Mauricio y su nuera, Constanza García. La primera parada era Garagoa, Boyacá. Allí, en Medicina Legal, recibirían el certificado de defunción, el acta que atestiguaba que Nolbeiro y Alexánder habían muerto de un “shock hipovolémico” a causa de “heridas múltiples por proyectil de arma de fuego”. “¿Qué significa eso?”, preguntó la señora María, que apenas tenía cabeza para recordar la última vez que vio a su hijo (hace 24 meses), la última vez que lo escuchó (hace cinco meses), la última vez que lo pensó vivo (hace ocho días). “Muy sencillo, que murieron desangrados”, respondió con frialdad Héctor Quirama, el hermano de Alexánder.


Eran las 8:40 a.m. Las firmas de los familiares, las anotaciones de Medicina Legal, el acta de defunción. Los trámites en Garagoa se extendieron por casi una hora. Los familiares aspiraban a estar de regreso a Bogotá hacia el mediodía. Habían planeado la velación para las horas de la tarde y el entierro para la noche o la madrugada. Los planes no se cumplirían porque Chivor, el pueblo en el que reposaban los cuerpos, era más lejos y estaba más escondido de lo que todos esperaban. El viaje apenas empezaba.

Segunda parada

“Tomen la misma carretera que los trajo hasta aquí. A unos 30 minutos van a encontrar un túnel. Atraviésenlo. Luego, en la primera entrada, cojan a la derecha. Se van a topar con una represa. En ese punto esperan un planchón para cruzar los carros. Luego sigan las señales de la carretera. Unas dos horas hasta Chivor”. Las indicaciones eran de una funcionaria de Medicina Legal. En el camino, Mauricio, el hermano de Nolbeiro, no paraba de hablar. Decía: “Miren las ironías de la vida, mi hermano, quien siempre había deseado ser un soldado, murió de manos de un uniformado. Que el Ejército es la patria y yo quiero ser la patria, solía decir Nolbeiro”.

Los carros llegaron hasta la represa. Los familiares se bajaron de las camionetas. Mauricio se inclinó, tocó el agua, le dijo a su madre “qué lugar tan hermoso, qué pesar que lo estemos conociendo en estas circunstancias”. Ella también sumergió sus manos en la represa y dijo: “Sí mijo, qué lugar tan bello”. Los tres se sentaron en una enorme piedra a esperar a que llegara el planchón. Constanza habló de Nolbeiro, dijo que lo había conocido el 9 de febrero de 2005 y que se habían hecho novios el 25 del mismo mes, “un viernes a las 7:00 p.m.”.

Se encontraron los dos un día de febrero en un albergue de desmovilizados. Ella no habla de su pasado en la guerrilla, él sí admitía que había desertado de las milicias del frente 42 de las Farc —que actuaba en Quipile, Cundinamarca, donde él nació y donde su madre todavía vive—. Se encontraron, se gustaron y días después cerraron un pacto de amor. “C y N” (Constanza y Nolbeiro) quedó inscrito con una aguja y tinta negra en los dedos de ella y en la mano de él. “Cuando me avisaron que había desaparecido yo estaba en Israel, trabajando.


La idea era ahorrar plata y mandarle el pasaje. Pero apenas me enteré viajé a Bogotá. Llegué a principios de diciembre y me dijeron que estaba muerto. No creía y le pedí al Fiscal que me mostrara las fotos. Cuando le vi el tatuaje en la mano, el C y N, supe que sí era él”, cuenta Constanza con voz firme, sin un solo dejo de nostalgia. “Soy dura de corazón”, diría horas después, al frente del cajón de madera y del cadáver de su novio. “Ya lloré todo lo que podía llorar”.

El planchón atravesó los carros. El camino continuaba en una montaña empinada. “Apenas estamos conociendo Boyacá”, decía la señora María. Su hijo, aseguraba ella, también había recorrido esos parajes por primera vez.

Tercera parada

A las 12:02 arribaron a la Alcaldía de Chivor. El alcalde, Néstor Sánchez, estaba esperando a los visitantes. Otra vez vinieron los trámites, las firmas y los permisos que demorarían casi tres horas. En ese tiempo el alcalde recibiría a los periodistas en su oficina para explicarles lo sucedido. “Los campesinos de la vereda de Camoyo me hicieron una llamada el 17 de septiembre para informarme que habían escuchado unos tiros. Cuando llegué, un grupo del Ejército tenía acordonado un sitio donde había dos dados de baja, uno tenía un fusil y el otro una ametralladora.


El cabo que estaba al mando de unos 12 hombres contraguerrilla argumentó que desde hacía unos días estaban haciendo operativos en la zona, porque había unas personas extorsionando a los campesinos”. Los informes aseguraban que los dos hombres que desaparecieron de Bogotá y al día siguiente, a la madrugada, fueron “dados de baja” en Chivor, eran reconocidos delincuentes que venían extorsionando en la zona.

A las 3:30 p.m. ya estaban todos los permisos firmados. En el cementerio de Chivor, doña María, Constanza, Mauricio y Héctor esperaban la exhumación. A las afueras la gente del pueblo se agolpaba para ver el macabro escenario: una madre, una novia y un hermano llorando los restos de su ser amado. “Vamos a comenzar con la bóveda número 1, la de Nolbeiro Muñoz Gutiérrez, identificado como ‘NN1 mono’”, dio la orden el alcalde. Dos obreros del pueblo comenzaron a golpear la capa de cemento que resguardaba el cajón. Al primer martillazo doña María rompió en llanto.

Lloró una hora sin parar, mientras abrían la bóveda, mientras bajaban el cajón, mientras quedaba al descubierto el esqueleto, mientras recogían los huesos en una bolsa negra, mientras los llevaban al carro fúnebre. Lloró en silencio, lloró con amargura. No pronunció ni una sola palabra. Se reclinó en una tumba, se sentó en el pasto porque su cuerpo, su diminuto cuerpo, no soportaba el dolor.

4:25 p.m. “Procedemos a la exhumación de ‘NN2 moreno’, Alexánder Quirama”. El cajón abajo. La manta blanca. El cadáver reducido a huesos. El olor nauseabundo. Los gusanos. Doña María sin poder levantase. Héctor clavando la mirada en el cráneo de su hermano.

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