Antonio Navarro Wolf le toma el pulso a Nariño

El mandatario regional le recordó al ministro del Interior, Fabio Valencia, que aún tiene un compromiso pendiente con el pueblo awá.

El departamento de Nariño padece una espiral de violencia que no cesa. El imperio del narcotráfico, apalancado en grupos armados ilegales que a toda costa buscan controlar rutas y poder local, al margen de masacres —la de 12 indígenas awás hace seis meses— y asesinatos a cuentagotas tienen sitiada una región que no parece encontrar una salida. Por el estratégico puerto de Tumaco, a diario salen clandestinamente kilos y kilos de cocaína que vía Panamá, Centroamérica y Estados Unidos, en lanchas rápidas, mantienen un negocio rentable que sigue cobrando vidas.

El fuego criminal desatado por Los Rastrojos en toda la zona oriental del departamento aún no ha podido ser controlado, reconoce el gobernador Antonio Navarro Wolf. “Son mafiosos con fusil que controlan rutas, territorios, el negocio de la droga y cometen homicidios”, dijo, y añadió que en cambio, entre 2008 y 2009, el grupo autodenominado Nueva Generación fue “desarticulado por completo”. Una versión oficialista que de todas maneras contrasta con la violencia encarnada en el control de los cultivos de coca, en donde tienen participación cuatro frentes de las Farc y uno del Eln.

De 64 municipios de Nariño, 22 están plagados de coca. Ómar Figueroa, representante de la Dirección Nacional de Estupefacientes, ha reconocido que casi una cuarta parte de los cultivos ilícitos en Colombia se ubican en Nariño y que, pese a los esfuerzos en erradicación manual o fumigación, este departamento sigue manteniendo un promedio de producción de alucinógenos muy por encima de otras regiones del país. Las frías estadísticas señalan, por ejemplo, que en los municipios nariñenses donde hay cultivos ilegales mueren 78 personas por cada 100 mil habitantes. En los demás, son 22 decesos por la misma tasa.

Así lo advirtió el gobernador Navarro en diálogo con El Espectador, y concluyó que la coca atrae una cadena de desgracias que han venido multiplicándose en su región sin que haya sido posible su tatequieto: grupos armados, desplazamiento, minas antipersonales, masacres, siniestras alianzas entre Los Rastrojos y las Farc o el Eln, en fin. Para sortear esta situación, Navarro diseñó un plan piloto para la erradicación de droga. Leyva y Rosario son los primeros municipios que probarán el esquema, que se basa en asistencia técnica, sustitución de cultivos ilícitos y ampliar esquemas de seguridad.

En relación con la masacre de los awás, que sigue siendo objeto de investigación por parte de la Fiscalía y la Policía, Navarro le recordó al Gobierno, en cabeza del ministro Fabio Valencia, sus promesas de gestionar proyectos de ley que protejan esa comunidad: “Quiero recordarle al Ministro que esa promesa no la deje en el tintero”, apuntó, y agregó que de esa masacre, excepto un hombre, ya todos los autores del crimen están en la cárcel, pues los sobrevivientes los identificaron plenamente. Eran “matones y mafiosos” que trabajaban con las Farc y Los Rastrojos, dijo.

No obstante, la violencia sigue desgajándose a destiempos en Nariño, las muertes siguen ocurriendo, pero sin mayor escándalo mediático, perdiéndose en medio del nutrido acontecer noticioso nacional. Así lo han denunciado en varias oportunidades los líderes del pueblo awá, quienes se identifican como los principales amenazados, exigen condenas al tiempo que reivindican sus tradiciones. En contraposición el primer mandatario de Nariño respondió que es una exageración que haya una campaña de exterminio. “No hay forma de documentarlo”, ripostó Navarro y anticipó que el problema más grave de esta población es la limitación que tienen para desplazarse, debido a las minas antipersonales y el fuego entre diversos actores armados.

Y a renglón seguido explicó sin ambages que “nuestra situación de ingresos es bastante precaria”. El presupuesto del departamento sigue siendo el mismo de 2004. Entretanto, el contrabando crece exponencialmente y el narcotráfico campea. Una situación extrema que imposibilita ponerles coto a los graves líos de seguridad en Nariño. Las plagas asolan la región y el esfuerzo de las autoridades aún parece insuficiente: se escuchan los lamentos de los awás y las comunidades ‘afro’ (las más vulnerables al desplazamiento); desvelan los rugidos amenazantes del Galeras, sigue la multiplicación de Los Rastrojos; no desaparecen los estragos de las captadoras DRFE y DMG; los cuatro frentes de las Farc continúan activos y el Eln ahí. Un panorama nada fácil, se diría.