Caucasia, bajo fuego cruzado

<p>‘Sebastián’ y ‘Cusumbo’ mantienen las calles bajo el terror. La Alcaldía le exige a la Policía más resultados.El Bajo Cauca antioqueño vive uno de sus peores momentos. ‘Don Mario’ busca el poder a toda costa.</p>

Caucasia lleva más de ocho meses que no pega los ojos en las noches. Tampoco vive tranquila en el día. Los sobresaltos que producen los disparos de los sicarios a cualquier hora son la causa.

Un estado de zozobra del que tampoco escapan Cáceres, El Bagre, Nechí, Zaragoza y Tarazá, poblaciones que hacen parte de la conflictiva y estratégica región del Bajo Cauca antioqueño, donde los líos que arrastra el narcotráfico se volvieron cotidianos. Parte de esa cotidianidad se evidenció en las dos movilizaciones cocaleras entre febrero y abril de este año, en las que 5.000 campesinos exigieron alternativas diferentes a la represión para sustituir las 6.000 hectáreas de cultivos de coca. Y también las amenazas que reciben los campesinos para que no le vendan la base de coca a uno u otro bando.

El susto más reciente se sintió en la madrugada del lunes pasado en el barrio El Poblado, calle 8 con carrera 4, donde un pistolero disparó en cinco oportunidades contra Alfonso Arturo Zabala Simanca, un hombre de 41 años e hijo de una familia política y prestante del municipio.

La muerte de Alfonso causó estupor, pero a la vez sorpresa, en la comunidad por las causas que rodearon el asesinato: él, según la Policía Nacional, hacía parte de uno de los dos bandos que se disputan el poder militar y económico en la zona que otrora fue una de las de mayor producción de oro en el país y donde las guerrillas reemplazaron al Estado desde la década de los 70 hasta finales de los años 80.

Ninguno de los 96.000 habitantes de Caucasia alcanzó a imaginar que el hombre que se codeaba con parte de la crema y nata del municipio tenía el alias de Gigante y pertenecía a uno de los rezagos del Bloque Central Bolívar (BCB), desmovilizado en 2006 pero que se mantuvo activo en el Bajo Cauca.

Zabala Simanca era parte de la estructura que maneja Ángel de Jesús Pacheco Chanci, alias Sebastián, una rueda suelta del extraditado jefe paramilitar Carlos Mario Jiménez (alias Macaco), quien recicló desmovilizados para enfrentar a Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario, con quien libra una guerra a muerte por el control de los cultivos de coca y las rutas del narcotráfico que se cruzan entre Tarazá, Ituango, el Nudo de Paramillo, Caucasia, Montelíbano (Córdoba) y Puerto Libertador, hasta llegar al incontrolable Golfo de Urabá.

 La confrontación armada que tiene como telón de fondo el espacio militar, económico y político dejado por Ramiro Vanoy, alias Cuco Vanoy, extraditado a Estados Unidos y condenado la semana pasada a 24 años de prisión por narcotráfico. Vanoy fue enviado a los EE.UU. el 13 mayo pasado junto con otros 13 jefes paramilitares solicitados por Washington para enjuiciarlos por el mismo delito por el cual lo condenaron.

Hasta hace tres años, Cuco Vanoy era amo y señor de Tarazá, buena parte de Cáceres y Caucasia, donde compartía también feudos con Macaco, otro de los jefes paramilitares que terminaron en los Estados Unidos.

Pero en febrero pasado, desde Tierralta, Valencia y Montelíbano (Córdoba), al igual que Tarazá, Cáceres, El Bagre y Caucasia, la lucha por el dominio de estos territorios que quedaron al garete después de que los jefes paramilitares se sometieron un proceso de paz, se hizo más cruenta y cruel.


Empezando porque, en su afán por tener más combatientes a su lado, Sebastián, el mando medio de Macaco que asumió el poder en Caucasia, y su archienemigo conocido con el alias de Cusumbo, y que hace parte de la estructura de Don Mario, sentencian a muerte a los desmovilizados que no se unen a ellos.

Una situación que podría explicar el hecho de que desde hace cuatro meses unos 450 desmovilizados del Bajo Cauca no se volvieron a reportar al Centro de Alta Consejería para la Reincorporación en Caucasia. Nadie sabe qué sucedió con ellos.

Las calles de Caucasia se convirtieron en campos de batalla y epicentro de la confrontación armada. “Aquí la gente tiene miedo y ya casi no sale, porque a cualquier hora del día o de la noche empieza la balacera”, le dijeron a este diario algunos comerciantes y vecinos del centro del municipio.

El anterior es uno de tantos testimonios logrados por El Espectador tras un recorrido hecho durante tres días por la zona, donde además se pudo palpar cómo en la ruta que parte desde Montería, pasando por Planeta Rica, Buena Vista, Villa Fátima y La Apartada, hasta llegar a Caucasia y Tarazá, cunde el pánico y los comentarios de los pasajeros no trascienden más allá del muerto del día anterior o de varias semanas atrás.

“Los muertos son a diario en las áreas rural y urbana. Incluso, los sicarios han pasado por enfrente de la policía. Llegó un momento en que recogieron tres personas diariamente”, dijeron residentes de la ribera del río Cauca, cerca del puente que une a Caucasia con el municipio de El Bagre.

Luis Cano, uno de los periodistas veteranos de la zona, cree que jamás en la historia del municipio se había visto tanta violencia. “Esto ya tocó fondo y lo más grave es que todo el mundo quedó en la línea de fuego”, advirtió.

Una situación que no es desconocida por el secretario de Gobierno, Jairo Alberto Mejía. Según el funcionario, sólo en Caucasia el número de combatientes muertos este año ya superó la cifra de los 70.

Guerra de la que tampoco han escapado los familiares de quienes dirigen o estuvieron a cargo de estas estructuras armadas que campean en la región. Recientemente, en el barrio El Triángulo, la madre y un hermano de alias Sebastián fueron objeto de un atentado con una granada.

Igual sucedió en una finca del corregimiento de Piamonte de Cáceres, donde un comando armado entró y asesinó a Lázaro, hermano de alias Don Mario. Y en mayo pasado, José Nelson Vanoy, hermano de Cuco Vanoy, fue asesinado en zona rural del municipio de Tarazá.

Cadena de acontecimientos que llevaron a Mejía a hacer un llamado a las Fuerzas Armadas para que mantengan el orden público. “Yo insisto en que la Policía debe dar resultados”, advirtió el Secretario de Gobierno.


Llamado que desde hace 20 días comenzó a escuchar el coronel Óscar Gómez Heredia, comandante operativo de la Policía de Antioquia, quien debió encarar la situación en Caucasia y buena parte del Bajo Cauca. Un oficial que está plenamente convencido de que la estructura de Don Mario está a punto de ser desmantelada. De hecho, en las dos primeras semanas de su arribo logró desmantelar un laboratorio de cocaína ubicado en La Apartada y acabar con una banda de tres sicarios de Don Mario, que según la población, habían asesinado a no menos de 15 personas en el casco urbano.

Pero la gente aún tiene miedo, poco sale a los centros de entretenimiento de Pajonal, a los que amenazaron con una bomba. Sin embargo, Caucasia aprendió a respirar subiéndose el ánimo para no pensar en el desempleo que ataca al 60% de la población ni tampoco en que cada vez hay más muertos que vivos en la calle. Es por eso que muchos de los habitantes están acuñando una frase que sueltan seguido por las calles: “Hoy nosotros reímos, pero muchas veces por dentro estamos gimiendo o llorando”.

‘Macaco’, otro poder a la deriva

El poder que ejerció en la región el extraditado Carlos Mario Jiménez Naranjo, alias ‘Macaco’, terminó en declive por la presión militar que está ejerciendo Daniel Rendón (‘Don Mario’) en la zona. Los desmovilizados del Bloque Central Bolívar (BCB), estructura paramilitar que compartió el territorio con el bloque Mineros en la región, están siendo copados por Rendón, mientras que otra parte de ellos resiste en Caucasia, Cáceres, Nechí, El Bagre, y Montelíbano (Córdoba).

Fue un grupo que en el Bajo Cauca alcanzó a tener propiedades valoradas en $32.000 millones. Dineros producto de expropiaciones, narcotráfico, robo de gasolina, extorsiones a comerciantes y compra de minas de oro en El Bagre.

Nacido en septiembre de 2000, este grupo que surge de la fusión de los frentes Santander, Puerto Berrío, Yondó y Caucasia,  alcanzó a tener buena parte del control sobre las instituciones, el comercio y la sociedad. Según Verdad Abierta, un portal dedicado a divulgar información sobre el proceso paramilitar en Colombia, en esta región y en el Magdalena Medio alcaldes y concejales llegaron a sus cargos apoyados por las autodefensas.


Este poder se sintió en el campo también, donde miles de hectáreas de tierra fueron expropiadas y los terratenientes debieron abandonar sus predios o pagar vacunas que oscilaban entre $50 y $100 mil por hectárea. Cosa que ocurrió en casi todo el Bajo Cauca, salvo Tarazá y la zona rural de Cáceres.

Pero hoy en día el poder de ‘Macaco’ también terminó, como el de Ramiro Vanoy.  En Caucasia, alias ‘Sebastián’, quien fuera uno de sus lugartenientes en la zona, reclutó desmovilizados y también se está enfrentando a ‘Don Mario’, en una guerra sin cuartel que por estos días está haciendo de las suyas en las calles de Caucasia, El Bagre y Montelíbano (Córdoba).

‘Cuco Vanoy’ y la pérdida del poder

Ramiro Vanoy, alias ‘Cuco’, llegó en 1985 a Caucasia. Año en el que las guerrillas del Eln, Epl y las Farc dominaban todo el Bajo Cauca. Venía de realizar contactos con Ramón Isaza, Henry de Jesús Pérez y Nelson Lesmes, tres curtidos paramilitares que, al lado de Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha (‘El Mexicano’), fundaron las autodefensas del Magdalena Medio.

Pérez lo nombró jefe político y financiero de la región, pero por razones de seguridad, salió a Cali y continuó vinculado no sólo a las autodefensas sino también al narcotráfico. En 1997 volvió a Caucasia y cinco años más tarde heredó de los hermanos Carlos y Vicente Castaño el bloque Mineros, que tenía su centro de operaciones en Tarazá, las áreas rurales de Cáceres y se extendía a los municipios de Puerto Valdivia, Briceño, Ituango y Anorí. A partir de ese año este antiguo esmeraldero de Yacopí (Cundinamarca), que leía y escribía con dificultades, empezó a amasar una fortuna al lado de un ejército de más de 2.000 hombres. Tropa que le permitió compartir territorios con el bloque central Bolívar, de alias ‘Macaco’, en el Bajo Cauca y el nordeste; en el norte y occidente de Antioquia con los bloques de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) y el Élmer Cárdenas. Por los lados de Córdoba y el Nudo de Paramillo, con los grupos de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso.

Pero no sólo con el narcotráfico logró hacerse al poder en la zona. La expropiación de tierras, la extorsión y el cobro de vacunas formaron parte de sus finanzas, lo mismo que a través del cobro de peajes en carreteras veredales. Es por eso que para muchos habitantes del Bajo Cauca y el sur de Bolívar no fue extraño que durante su proceso de reinserción devolviera propiedades por cerca de $40.000 millones, representados, entre otros, en las clínicas, fincas y apartamentos en Tarazá.

No fue únicamente ese el poderío que tuvo en sus manos. Según Verdad Abierta, la relación de Vanoy con la sociedad fue amplia, hasta el punto de que realizó programas como “Tarazá sin hambre”, y otras “obras sociales”. Sin embargo, el precio para muchos fue alto. De acuerdo con Verdad Abierta, desde la creación del bloque Mineros, miles de asesinatos, desapariciones, desplazamientos y amenazas se registraron en la zona de influencia del grupo.