El cementerio de los N.N.

Los cadáveres que arrastra el río Medellín y que no son rescatados en la ciudad van a parar a Barbosa, en cuyo camposanto hay más de 100 cadáveres sin identificar.

Ante la falta de nombres o al menos de cuerpos completos, a Fernando Agudelo, sepulturero del cementerio de Barbosa, Antioquia, se le ha vuelto cotidiano marcar bóvedas con palabras como “tronco”, “brazo”, “pierna derecha”, la fecha de ingreso y los extensos números con los que la Fiscalía los identifica.

Durante los dos años que lleva en esa labor ha inventariado mil bóvedas —113 ocupadas con N.N. o sólo con partes de cuerpos— y ha entregado algunos cadáveres que estaban sin identificar, luego de que Medicina Legal realizara rigurosos cotejos con huellas dactilares, cartas dentales y muestras de ADN con familiares.

Pero en Barbosa, con unos 43 mil habitantes y a una hora de Medellín, ni el sepulturero ni Medicina Legal son quienes tienen más clara la historia de los cadáveres sin dolientes que van a parar allí. Es Fabiola Agudelo.

Ella, que ha estado 40 años al lado de médicos forenses como disectora (diseca y realiza operaciones), cuenta que hace dos décadas, en los años más violentos de Medellín —entre 1990 y 1995 hubo 27.957 asesinatos en la ciudad— llegaban a la morgue diariamente hasta siete N.N., la mayoría rescatados del río.

El sacerdote de ese entonces, cuenta Fabiola, vio que a ese ritmo el cementerio no tendría más capacidad y construyó dos pabellones más. “Por eso hay disponibles unas 150 bóvedas para recibir más N.N.”, dice el sacerdote Wilson Suárez, y agrega que hace dos años, ante la cantidad de muertos sin dolientes, fue necesario hacer un convenido con la Alcaldía para los sepelios.

Ya no son tantos los cadáveres que llegan a Barbosa, pero cada mes, en promedio, aparece uno en el río, dice Juan Manuel Aguirre, comandante de Bomberos del municipio, refiriéndose a los 13 rescates de 2011.

Sólo el año pasado, en jurisdicción de Medellín fueron hallados 23 cuerpos (19 hombres y 4 mujeres), ocho más que en 2010. Todos con señales de muerte violenta.

Aguirre explica que los remolinos que se forman en los 30 kilómetros de recorrido del río Medellín por Barbosa (de los 100 kilómetros que en total tiene el afluente) sacan los cuerpos y los lanzan a la orilla. Si los cadáveres no corren con esa suerte o no son vistos antes de llegar a las veredas Isaza y Popalito es poco probable que sean rescatados, porque en esos sectores el caudal está rodeado de peñascos inaccesibles.

Sin embargo, hay una última posibilidad. Si superan este tramo pueden ser hallados donde el río Medellín toma un aspecto más sereno al unirse con el río Grande.

Si el cuerpo tampoco es encontrado ahí y llega al municipio de Amalfi, antes del embalse de Porce, entonces será imposible hallarlo. “Ahí se ha creado un mito: dicen que hay una red para atrapar cadáveres, pero eso no es cierto”, comenta Aguirre.

El cuento de la red fue muy popular en el caso más sonado del río Medellín en los últimos años, cuando un vehículo ocupado por tres policías y dos mujeres cayó al agua, el 26 de diciembre de 2010. Los tres hombres salieron ilesos y las mujeres fueron arrastradas. Ocho días después fue hallado el cadáver de una de ellas en Yolombó, un municipio después de Barbosa. Pero el otro no fue encontrado y la esperanza para algunos, después de hacer un rastreo sin precedentes en el río, era hallarlo en la famosa red.

Fue justamente en Barbosa donde encontraron, el pasado 14 de enero, el cadáver de Juan Camilo Mejía Palacio, después de una intensa búsqueda que realizaron bomberos del norte del Valle de Aburrá. El joven de 20 años había caído a una quebrada del occidente de Medellín el 18 de diciembre.

Por esa fama que ha ganado el río Medellín allí, de soltar cuerpos sin vida que no han podido ser rescatados en la ciudad, los bomberos de Barbosa fueron dotados apenas este año con trajes especiales para manejar cadáveres en alto grado de descomposición.

Y también por eso es que el sepulturero Fernando Agudelo y la disectora Fabiola Agudelo reciben decenas de familiares que recorren los cementerios del departamento en busca de sus seres queridos.

Cada doliente llega en busca de datos y pide pistas sobre cadáveres sin identificar con la esperanza de encontrar alguna luz. Pero para el sepulturero el proceso pocas veces llega a buen término: “Venir hasta acá y encontrarlo es un cara o sello, una lotería”.

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