Un arte que se extingue

Los artesanos del cuero, que forjaron la vaquería en el país, se niegan a perder su batalla con la industrialización.

El aire de Villavicencio, en medio de la incipiente industrialización, sigue siendo limpio. Tal vez por esto es que al pasear por la Calle de las Talabarterías, en pleno centro de la ciudad, se percibe con facilidad el olor a cuero que despiden las talabarterías de la zona. Es una de las calles fundacionales de la capital del Meta. Nacida a inicios del siglo XIX, cuando surgió la necesidad de usar aperos para las faenas de vaquería que dominaban la economía local.

Luego de ser destruida por el incendio de 1890, Villavicencio resurgió de entre sus cenizas y los comerciantes del cuero vieron una oportunidad en este pueblo, paso obligado y de descanso, llamado por aquella época Gramalote.

Salvador Martínez fue uno de los primeros talabarteros en arribar y puso un almacén de alpargatas, curtiembres y monturas de la vaquería. Venía de Sogamoso (Boyacá) y sus cinco obreros eran de Cáqueza y Bogotá. Con el crecimiento poblacional y comercial de la ciudad hubo hasta 30 talabarterías en esa calle. Aparecieron los hermanos Jorge y Miguel Parrado, Luis Corredor, Alejandro y Otoniel Orduz, Luis Pachón, Neftalí Hernández, Heráclides Rey, Merardo Moreno, Arturo Medina, entre otros. Casi todos han muerto. “Mi padre me enseñó el oficio hace más de 50 años y fue así como eduqué a mis hijos”, dijo a este diario Eberto Corredor.

“A mediados del siglo XX salían de 10.000 a 20.000 cabezas de ganado” y todo el surtido se vendía en esa calle, recuerda  Manuel Javier Fierro en Memorias de la Calle de las Talabarterías. El negocio se expandió entonces hacia Puerto López, Restrepo y Cumaral. “La talabartería era de familia, ahora los hijos tienen otros intereses, porque los viejos no les enseñaron el oficio”, dijo Fierro a El Espectador.

Con la industrialización de los aperos para vaquería la talabartería decayó. Como el ganado se transporta en camiones ya no se usan las cuadrillas de 20 a 25 hombres que viajaban durante un mes con los animales. Y aunque muchos prefieran encomendarlo a las máquinas, moldear a mano las complicadas formas y figuras de los aperos de la vaquería sigue siendo un arte reconocido.

Tal vez por eso sobreviven aún nueve talabarterías de la histórica calle, ofreciendo entre nostalgias —y a veces involucrando técnicas de marroquinería— soluciones a los vaqueros. Otras cinco están regadas por la ciudad, ayudando a que el olor y la tradición, por ahora, sobrevivan.