Autopista mortal

En lo que va corrido del año han perecido 11 personas en la vía al Llano por deslizamientos de tierra, 14 más han resultado heridas.

El lunes en la mañana se oyó, de repente, un ruido. El cerro que corre paralelo a la vía al Llano emitió un quejido acompañado de rocas y arena. Ese día murieron cuatro personas que iban a bordo de un bus de Flota La Macarena. En lo que va corrido del año 11 personas han muerto y 14 han quedado heridas en esta vía por deslizamientos o caídas de piedras.

Los derrumbes se tornaron más frecuentes luego del temblor del 24 de mayo. Ese día la montaña mató a John Ávila, Soraya Rojas, Luz Esperanza Beltrán y María Ávila Rojas, quienes se desplazaban por la vía cuando sucedió el movimiento telúrico. Desde el sismo ha habido 10 muertos. La montaña es caprichosa y exige vidas por dejar transitar a través de sus faldas.

Sin embargo, la cifra, proporcionada por la Policía de Carreteras, sólo incluye aquellos accidentes que se presentan en la carretera. En otros lugares, por donde no pasa el corredor vial, las muertes por causa de caída de piedras o deslizamientos son parte del imaginario colectivo, son una especie de macabra rutina. El Espectador recorrió la zona y encontró lo siguiente:

Los otros muertos

“Dígale a doña Mariela que ya encontraron el cuerpo. Está en la morgue de San Benito”. El teléfono sonó varias veces antes de que alguien contestara. Doña Mariela no se acuerda quién descolgó el auricular. Ella sólo oyó que alguien sabía dónde estaba su esposo. La noche de ese sábado cinco de julio, mientras llovía, Mariela Romero Hernández pudo dormir de nuevo.

El miércoles primero de julio Benito Rojas Navarro salió de su casa con uno de los empleados de su lavadero de carros, a quien apodan El Paisa. A las 2:45 p.m. regresó el empleado solo, corriendo. A El Paisa le temblaban las manos, sudaba. Con la voz resquebrajada, como si la garganta fuera un pedazo de cristal roto, sólo atinó a decir: “Se lo llevó el río, doña Mariela”.

Esa mañana, Rojas se encontraba tendiendo una manguera para su lavadero, ubicado en la vereda Limoncitos, Guayabetal, cuando la montaña crujió; de ella se desprendió un alud de rocas y tierra que empujó a Rojas hacia el río Guayariba.

Los días pasaron y Rojas seguía desaparecido. Por las noches doña Mariela rezaba para que el cuerpo de su esposo apareciera. La esperanza ya no era encontrarlo con vida, sino tan sólo hallarlo. La palabra desaparición tiende a prolongar la muerte hacia un vacío sin final ni olvido. Los cuerpos de aquellos que fallecen sirven para anclar los recuerdos, para propiciar el duelo y mover los engranajes de aquellos que aún viven.

Cuatro días después, y cinco kilómetros río abajo, el cuerpo fue avistado, encallado en la orilla. El Guayariba oyó las plegarias. Un campesino del sector, que buscaba una res, fue el encargado de dar aviso a la Policía. Las malas noticias viajan rápido. Poco después el teléfono de doña Mariela sonó. “Esa noche por fin pude descansar. Yo necesitaba el cuerpo de mi esposo para cerrar este capítulo, darle la vuelta a la página y seguir adelante”.