Desprecio y agresión en Panamá

Los 15.000 refugiados colombianos en este país no han corrido con la mejor suerte. Los insultan en la calle hasta por expresarse bien.

Marcela Pineda* no compra ropa ni quiere tener electrodomésticos. Sólo quiere salir corriendo a Canadá o Europa, donde se imagina que las personas y la vida misma la van a tratar mejor que en Ciudad de Panamá.

Ella hace parte de los 15.000 colombianos que cruzaron los 266 kilómetros que separan a Colombia de Panamá, una frontera invisible que los tiene atrapados en los más profundos dramas.

La mujer que salió del oriente antioqueño con su familia en 2002 y llegó por el aeropuerto Tocumen de Ciudad de Panamá, debió abandonar el país porque no aguantó más las extorsiones y amenazas del desaparecido bloque Metro de las autodefensas. Son seis largos años en los que la tragedia ha sido la constante: primero su familia abandonó la pequeña empresa que tenían en Antioquia y luego su esposo murió atropellado por un vehículo en la capital panameña sin que nadie respondiera por el hecho.

Pero a esta economista le esperaban más golpes. Pasó de llegar a vivir en una casa donde cohabitaba con prostitutas y homosexuales, a un destapado patio donde sólo tenía mangos para darle de comer a sus dos hijos. Hoy, gracias a la Pastoral Social, logró ubicarse en otro lugar donde no siente el temor de que la lluvia moje a sus hijos ni la ataca el delirio de persecución que heredó producto de amenazas recibidas.

Sin embargo, el drama la siguió acosando. “A mis hijos en la escuela insistentemente les dicen: colombianos de mierda, salgan de aquí. Y a la niña de 14 años, las  compañeritas le pegan porque es más bonita”.

Una discriminación que es reiterada y generalizada con la mayoría de refugiados, lo que causa  preocupación en organizaciones sociales locales como la Cruz Roja, Pastoral Social, Acnur y al cuerpo diplomático colombiano acreditado en el vecino país.


Para Ricardo Castilla, del Centro de Investigación y Promoción de Derechos Humanos (CIDH), su país está viendo la situación desde el punto de vista de seguridad nacional y no de una forma solidaria como lo establecen las normas internacionales. De ahí que según él, recientemente 18 indígenas embera que salieron del sitio La Balsa, en Dabeiba (Antioquia), terminaron cansados de esperar refugio y se devolvieron a Colombia.

El diácono Kevin Sánchez, del Servicio de Pastoral Social, apunta a que los casos de intolerancia y desprecio por los colombianos son cada día más evidentes. “Ese tiene que ser colombiano, ya viene a quitarnos el trabajo. Esa es colombiana, tiene que ser prostituta”, son las expresiones que, según Sánchez, se volvieron comunes en Panamá.

Y es que las cosas han estado llegando a puntos tan críticos, que hasta por la forma fluida como se expresan la mayoría de refugiados, son agredidos verbalmente.

Con todo esto, hay fundaciones como Calicanto que están trabajando para evitar que se siga discriminando a los colombianos. Es por eso que Heriberto Trejos, directivo de la organización que apoya con capacitación a los desarraigados, no duda en desaprobar la sin razón de sus paisanos y resaltar las calidades y cualidades de los nuestros.

En las selvas del Darién

Al otro extremo de Ciudad de Panamá, en la inhóspita selva del Darién, donde 829 colombianos están como refugiados desde 1996 en poblados como Jaqué, Puerto Obaldía, Boca de Cupé, Yape, El Real, La Palma y Yaviza, se vive en relativa calma pero con el miedo de ser presa del Frente 59 de las Farc y las autodefensas.

Una región en la que conviven panameños, afrodescendientes y chocoanos con las etnias Wounaan, Embera y Kuna, sobre el Océano Pacífico, y en la que cuando la policía se aparece, los connacionales llevan la peor parte: son sindicados de guerrilleros.


Acusación de la cual no ha escapado Carlos Meneses*, quien lleva más de 10 años en la zona, tiempo suficiente que le da la razón para hacer una afirmación contundente: “La guerrilla ha vivido toda la vida por estos lados. Incluso se saludan con las autoridades en un punto que se llama Guayabito y Puerto Obaldía, hasta allá llega la compañía Everth Ortega de las Farc, una zona donde hay narcotráfico y tráfico de armas”.

Todo esto hace que reine la ley del silencio, sobre todo en Puerto Obaldía. Allí es común ver a guerrilleros y ‘paras’ yendo de un lado para otro, pero la gente prefiere pasar la página diaria de su vida en un instante.

En medio de todo este desconcierto, la mayoría de los panameños que viven en el sur del país, hacen de la frontera un punto invisible y se aferran a la convivencia de dos pueblos hermanos.

Es común ver a lo largo y ancho de los 16.000 kilómetros cuadrados del Darién, cómo entre las comunidades se respira un ambiente de hospitalidad. De ahí que  más de la mitad de los colombianos se han emparentado con hombres y mujeres del vecino país. Uniones que han dado a la vida hijos nacidos en el Darién, hecho que según Gonzálo Vargas Llosa, quien trabajó con refugiados en la zona, derribó el concepto de fronteras.

Un ideal que por ahora sólo se viene haciendo realidad en Darién, porque en el resto de Panamá el concepto de guerrilleros, narcotraficantes y delincuentes, seguirá siendo el muro que separa a los dos países.

 * Nombre cambiado.

 

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