La fiebre de la amapola en Tonusco Arriba

La historia dulce y amarga de cómo se disuelve una comunidad campesina.

Si usted no sabe en qué parte de Colombia queda Tonusco Arriba, no se preocupe, que yo tampoco sabía. El río Tonusco es un afluente del Cauca que baja de la Cordillera Occidental, haciendo bulla por entre peñas y rocas, y desemboca, ya más sosegado, cerca de Santa Fe de Antioquia. Y Tonusco Arriba es un corregimiento de Santa Fe que está a cuatro horas en bus de escalera desde la plaza grande de la que fuera hace tiempos la capital del Departamento de Antioquia.

Esta chiva, de nombre La Llorona, pintada de rojo como debe ser, es el único contacto del pueblo con el resto del mundo, y no sube al caserío sino cada ocho días, los fines de semana, siempre y cuando no haya problemas graves de retenes, o tomas de la guerrilla. La carretera es destapada, de un solo carril, y serpentea montaña arriba entre curvas cerradas y precipicios de espanto.

Hoy en día Tonusco Arriba es un pueblo abandonado, casi desierto, y las casas, cerradas y sin que nadie les ponga mano, se están cayendo a pedazos. En el caserío viven unas diez familias, eso es todo. Pero hace apenas cinco años, empezando este siglo, la cosa era muy distinta, pues en el pueblo vivían (y todas a sus anchas) unas doscientas familias. La iglesia, de tablas, también se está cayendo, y al párroco ya no le llueven como antes las limosnas para arreglarla.

 Hay escuela y colegio, con maestros que suben cada semana de Santa Fe, y si no los han cerrado esto no se debe a los veinte niños que habitan en el caserío, sino a los alumnos que vienen de otras veredas, sobre todo de El Churimbo, a media hora a pie, todavía más arriba de Tonusco Arriba.

 Durante cuatro años, entre el 97 y finales del 2000, Tonusco Arriba cambió, y del pobre pero digno caserío aburrido que era una típica población campesina antioqueña enclavada en la montaña, se volvió un pueblo boyante de la noche a la mañana: conoció la bonanza de la amapola. Durante cuatro años Tonusco Arriba probó la felicidad, o al menos esa apariencia de felicidad que se llama abundancia.

 Por allá no iba nadie que no fuera de allá, ni la guerrilla, que sólo pasaba de vez en cuando a pedir comida, y como había plata las muchachas los invitaban a beber y a bailar; ni los ‘paras’, que no se habían interesado en esas soledades; y mucho menos el Ejército o la Policía, que vivían como ustedes y yo: sin tener ni idea de que Tonusco Arriba existe. Era una isla de anarquía, o, si lo prefieren, de libertad. De libre empresa también, para los campesinos, y el cultivo que más daba, porque era de dos cosechas al año, muy bien pagadas, era el de la amapola. La amapola rompió en pocos meses con varios siglos de costumbres ancestrales.

 A mediados del 97 llegaron unos tipos de Medellín con unas semillas, a proponer el negocio. Con ellos venía León Quiroz, un conocido de todo el mundo allá, porque había nacido en Tonusco Arriba, y aunque se había ido hacía tiempos a buscarse la vida en la capital, era muy recordado porque al padre de él lo habían matado por un oscuro asunto de venganza y pundonor. Él, León, fue el que llevó a los tipos de Medellín con la semilla, porque era socio de ellos y les había recomendado su pueblo como el lugar más escondido y anónimo del departamento.

Él mismo fue convenciendo a sus paisanos de la bondad del cultivo, de lo rentable que era. Y no hubo campesino de Tonusco Arriba que no se metiera en el cultivo de la flor. A nadie le importaba ni tampoco quería averiguar para qué era esa flor, aunque los tipos decían, si les llegaban a preguntar algo, que con eso se hacían drogas para el dolor, como la morfina, que se usaban si alguien tenía cáncer, y nada más.

León y los otros les explicaron cómo se sembraba y cómo se cultivaba esa flor. Después les dijeron cuándo y cómo la tenían que recolectar. A los seis meses casi todos los habitantes del pueblo, campesinos y no, habían dejado las artesanías o el comercio, habían abandonado los cultivos de fríjol, maíz y café, y habían convertido sus parcelas en sembrados de amapola. 


 “Había que ver la belleza de esos campos cuando la amapola florecía”, cuenta Marina Alcaraz, una desplazada de Tonusco Arriba que hoy trabaja lavando platos en un restaurante en Medellín. “En todas las cañadas, donde la tierra es más húmeda, iban brotando los botones, de muchos colores, moradito, rosado, blanco, rojo…   Haga de cuenta un jardín. Después de que florece la amapola, como a los quince días, empiezan a caer las flores, y ahí es cuando uno comienza a rallar la bolita.”

 ¿A rallar la bolita?, le pregunto. “Sí, es que la flor viene como pegada de una bolita, y cuando la flor se cae, la bolita está madura, lista para exprimirla. Entonces uno la ralla y empieza como a ordeñarla, y le sale una leche, manchosa, una gomita. Los tipos de Medellín nos dejaban unos vasitos de metal, como de esos que se usan para hacer cremas y paletas. Y en tiempo de cosecha, día por medio, durante casi un mes, nos salíamos todos los del pueblo, madrugados, hombres, mujeres y niños, a espichar las bolitas y recogerles la mancha. Claro, el dueño de cada parcela se iba a trabajarla con los familiares, y así”.

“Todos en Tonusco Arriba tenían su cultivo”, sigue contando Marina Alcaraz, una mujer alta, robusta, con su tez rozagante de campesina fuerte, aunque con cierta amargura en la sonrisa lejana. “Yo misma tuve el mío, y nunca he vuelto a ver tanta plata junta como en aquellos años. Era la dicha. Pero no era sólo yo. Toda la gente en el pueblo tenía su lote sembrado de amapola, si no en lo propio  en los baldíos, que por allá hay mucho baldío todavía, metiéndose en el monte. Señoras, muchachos, jovencitas, hasta niños, todo el mundo tenía su cultivo, porque esos señores de Medellín compraban todo lo que diera la tierra, así que a nadie le importaba la competencia, porque a todos lo mismo nos iban a pagar por igual, y en efectivo, como quien dice chan con chan”. 

Mucho mejor que el fríjol, el tomate o el maíz, porque si un año había mucho fríjol, el precio bajaba, y si le iba bien a este vecino, al del lado le iba mal. En cambio con la amapola todos podían cultivar lo mismo, y todo lo que alcanzaran a sembrar y a recoger, sin envidia ninguna, pues de todas maneras la venta estaba asegurada y todo, todo lo que recogieran se lo iban a pagar. Había cierta justicia y hasta un incentivo al mérito individual, pues, como dice Marina, “en esos años, el que más trabajaba era el que más ganaba”.

Una amiga de Marina, que vive todavía en el caserío, Benita Muñoz, cuenta lo que eran los fines de semana y sobre todo los diciembres, en aquellos años. “La segunda cosecha, y la mejor, caía a mediados de noviembre. Y por ahí el quince de diciembre venía León con los tipos de Medellín. En moto, pa’ no dar mucho visaje. Iban pesando la manchita, y llevaban unos morrales negros repletos de efectivo. Pagaban en billetes de veinte y de cincuenta mil, y además redondeaban la suma para arriba, de modo que quedáramos todos más contentos. El kilo de goma lo pagaban a millón y a más de millón. Alquilaban una


casa y se encerraban ahí; llevaban unos químicos y al cabo de dos días salían con un polvito blanco, como bicarbonato, metido en bolsas plásticas, transparentes, que no pesaba nada. Con decirle que pesaba menos que la plata con que habían llegado. Eso era todo lo que se llevaban y por ese polvito dejaban rico al pueblo; tan rico, que la plata alcanzaba para los seis meses completos que seguían, y ni así se acababa”.

“Los fines de semana se hacían marranadas, se bajaba a Antioquia y se hacían mercados que ni se habían visto en ese pueblo, ni se han vuelto a ver. Se abrieron cantinas, se compraron pianolas. La gente bailaba, se emborrachaba, todo el mundo se daba regalos, quemábamos pólvora, y durante tres años vivimos como en una nube, en una fiesta que parecía que nunca se fuera a terminar. Si llegaba a pasar la guerrilla, para mantenerlos buenos, las muchachas los invitaban a comer y a bailar”.

Lo bueno no dura

Pero un día, a principios del 2001, sin que nadie supiera cómo ni por qué, el negocio se enredó. Los de la guerrilla empezaron a decir que León Quiroz les estaba pagando vacuna a los paramilitares, para que lo dejaran pasar con su polvito blanco por la carretera a Antioquia, río Tonusco abajo. Que eso les traía problemas. Y una mañana en que León estaba en la casa de una señora Blanca López, procesando la mancha de la amapola, el ocho de febrero del 2001, fueron por él. “Lo sacaron de la casa, le dijeron dos groserías y lo mataron en la manga”, cuenta Marina. “A doña Blanca la desterraron también. Y como él era el contacto con la gente de Medellín, los de las motos ya no volvieron a subir, porque les daba miedo de la guerrilla. Lo bueno no dura. Ahí fue cuando la dicha se acabó”.

Los cultivos estaban intactos, las eras ya sembradas, y a mediados de aquel año la amapola floreció, más bonita que nunca. Hasta hubo algunos optimistas que se dedicaron a rallar la bolita y a recoger la mancha, como siempre. Olían la gomita solamente, porque qué más podían hacer, y se mareaban, pero no había quién se las comprara. No servía ni para alimentar a los cerdos. Y para acabar de empeorar las cosas, los de la guerrilla empezaron a decir que todo el que cultivara amapola les tenía que pagar una vacuna.

“Pero vacuna de dónde”, comenta Marina, “si con la muerte de León ya no teníamos quién nos comprara la cosecha”. Después mataron a otros cuatro en el corregimiento, incluyendo al chofer del bus de escalera, Alexander López, que era el que había bautizado La Llorona a la chiva. “Su culpa fue que no les había llevado a los de la guerrilla un mercado que le habían encargado desde Santa Fe. Lo pararon en el camino, le pidieron el revuelto, y como no lo llevaba, ahí mismo lo mataron, al borde de la carretera”.

Y entonces empezó la desbandada del pueblo. Algunos aguantaron algún tiempo, cultivando lo de siempre, pero ya rara vez subía un carro para  bajar la mercancía a Antioquia, y los precios, comparados con los de la amapola, parecían ridículos para tanto trabajo. Entre muertos, desocupación y hambre, el pueblo se fue vaciando. Cada ocho días salía una familia, con todos los corotos, como desplazados. Muchos se fueron para Medellín, otros pocos para Frontino o Santa Fe.

El súbito cambio de hábitos, la repentina bonanza, los años de aparente (o real) felicidad, habían roto con siglos de costumbres de trabajo y austeridad. Ya nadie se contentaba con su papa, su yuca y su maíz. Todo parecía poco comparado con los años brillantes de la amapola, con sus exorbitantes entradas fáciles y generales. La muerte de algunos, y la incapacidad de volver a los cultivos de siempre, produjeron la dispersión del pueblo. Los hermanos se separaron, los primos no se volvieron a ver, los amigos se perdieron el rastro, las comadres acabaron en ciudades distintas, todo el tejido social se deshizo, como una telaraña rasgada y arrasada por una escoba.


De los miles que se fueron, ninguno ha vuelto, pero todos conservan la nostalgia de esos años en que la flor de todos los colores los hizo felices. Ahora muchos, con el pasar del tiempo, cuando ya se puede hablar, cuentan la historia completa, con mucha más añoranza que remordimiento. Algunos reconocen que esa bendición momentánea se convirtió también en una maldición disfrazada de felicidad. El pueblo tuvo una explosión de luces, como la pólvora, y después todo acabó.

Aún quedan diez familias en Tonusco Arriba. Son los más tercos, y no se quieren ir. El líder del pueblo, Diofanor Oquendo, uno de sus últimos moradores, dice que se piensa morir ahí, y de viejo, porque él no le ha hecho mal a nadie, ni se siente culpable con ninguno. Así que se va a quedar, pase lo que pase, y va a seguir viviendo ahí, de carpintero, tal como había sido antes de la amapola. La madera la da el monte, y él la puede ir a cortar sin que nadie le diga ni mu. Las puertas y ventanas que hace le ayudan a ganarse la vida. Por lo demás, sus vecinos lo eligieron concejal de Santa Fe, y trata de defender sus derechos. Pero a nadie le importan los derechos de tan poca gente; y los que eran miles se convirtieron en cien, porque todos los otros viven dispersos por el país.

¿Y de qué vivirán? Le pregunto a Marina: “Pues yo creo que viven del recuerdo. Del recuerdo de esos tres años felices en que la amapola todo nos lo dio. Pero eso ya no existe. Y nadie va a volver a lo mismo de antes: a cultivar fríjol, maíz y café”.

“La cuna de la raza paisa”

Santa Fe de Antioquia es conocida entre los paisas como la “Ciudad del Tonusco”, por el río que pasa por allí; “Ciudad Madre” o la “Cuna de la raza paisa”, porque en la época colonial fue la capital de la región. Precisamente su historia, su arquitectura y sus paisajes la convirtieron en la más visitada del occidente antioqueño, a pesar de los problemas de violencia.

El 6 de julio, por ejemplo, se realizará allí, en el Parque Santa Bárbara, un evento del XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín con participación de los poetas Jorge Eliécer Ordóñez (Colombia), Jaime Quezada (Chile), Gerhard Falkner (Alemania) y Nguyen Bao Chan (Vietnam). Entre el 18 y el 20 de julio serán las Fiestas del Tamarindo con el lema “¡Para volver a creer en lo nuestro!”. Si quiere más información de este municipio, consulte la página de internet http://santafedeantioquia-antioquia.gov.co.

“La flor maldita” se multiplica

Tanto los sistemas de monitoreo de la Policía como del Ejército Nacional indican que los amapolares, camuflados entre los cultivos tradicionales de pancoger, se han vuelto una constante en las veredas de los municipios antioqueños más montañosos y alejados de los centros urbanos.

Un fenómeno que se trasladó a este departamento luego de que las autoridades los tuvieran al borde de la erradicación total en Tolima, Huila y Cauca. Los reportes de la IV Brigada del Ejército 2007-2008 señalan a Tonusco Arriba y a La Milagrosa Alta como los lugares de Santa Fe de Antioquia donde se han localizado cultivos atribuidos a guerrilleros del frente 34 de la guerrilla de las Farc, con un promedio de dos mil matas.

 Como se trata de sembrados pequeños, los militares hacen patrullajes y erradican manualmente. El último operativo se hizo en el sitio Peñas Blancas de la vereda La Milagrosa, donde se arrancaron tres hectáreas de plantas.

En los informes de desplazamiento forzado por la violencia, Santa Fe de Antioquia figura, junto a Abriaquí, Anzá, Armenia, Buriticá, Cañasgordas, Dabeiba, Ebejico, Frontino, Giraldo, Heliconia, Liborina, Olaya, Peque, Sabanalarga, San Jerónimo, Sopetrán y Uramita, con 30.645 personas afectadas. Los labriegos reportaron haberse ido a vivir a las cabeceras municipales o a Medellín por la amenaza de paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes.

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