¿Por qué se separó el ex congresista Jorge Géchem?

Seis años esperó Lucy Artunduaga el regreso de su esposo. Seis años rogó el ex dirigente liberal volver a su hogar. Pero los efectos del secuestro son impredecibles. A ellos, al final les costó el amor.

La última carta que Jorge Eduardo Géchem escribió desde la selva, como prueba de supervivencia, no sólo confirmó que seguía con vida después de seis años de haber sido secuestrado por las Farc, también traía noticias para el corazón lleno de incertidumbres de su esposa: “Lucy, amor de mi vida, con gran emoción y con todo mi amor les escribo estas letras después de 4 años sin hacerlo. Les agradezco inmensamente su solidaridad integral, su mensaje es un estímulo permanente”.

La carta tranquilizó a Lucy. Los rumores sobre una relación entre su esposo y la tambien cautivaGloria Polanco la habían atormentado en los últimos meses. “Siempre confié en el amor de Jorge Eduardo hacia mí. Yo cumplí mi deber: en esos seis años no le fallé a Jorge Eduardo ni siquiera en el pensamiento, pero sí me preguntaba qué pasaría si cuando él regresara ya no me ama, si no quiere tocarme ni una uña. Tenía esas dudas. Pero cuando me envió esa carta dejé de preocuparme”, recordó esta semana Lucy Artunduaga mientras el país se enteraba de su separación del ex congresista después de 24 años de matrimonio.

Un final que nadie anticipó. La pareja parecía haber sobrevivido a una de las pruebas más difíciles: un largo y doloroso secuestro.

En una concisa declaración a la prensa, Jorge Géchem ofreció una explicación de la decisión tomada. Dijo que el secuestro afecta a todos en la familia y que su separación era una de las secuelas que le habían dejado esos seis años de profundo sufrimiento.

Más allá de los rumores sobre una nueva relación o las desavenencias por el manejo de las finanzas del hogar durante su ausencia, la pregunta inevitable ante este caso, como el del canciller Fernando Araújo y su ex esposa, Mónica Yamhure, es qué sucede realmente con un hombre cuando es sometido a una experiencia tan extrema como un secuestro, una vivencia que algunos psicólogos califican como “un enfrentamiento con la muerte”.

¿Tiene razón su esposa cuando dice que se llevaron a un Jorge Eduardo y le devolvieron otro?

El hombre en busca de sentido

Viktor Frankl ofreció algunas respuestas interesantes.  Neurólogo y psiquiatra nacido en Austria, experimentó en carne propia el cautiverio. Entre 1942 y 1945 vivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau.

Basándose en su propia experiencia y en las centenas de relatos de otros presos escribió El hombre en busca de sentido. Plasmó allí un minucioso relato de lo que sucede con la psiquis de una persona en esas condiciones. Escribió este ensayo a pesar de que muchos de sus ex compañeros solían decir con resignación: “No nos gusta hablar de nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora”.


Frankl propuso distinguir tres fases en las reacciones mentales de los internados en un campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.

En la primera, intensa y corta, los prisioneros niegan lo que están viviendo, pueden experimentar un humor macabro para más tarde abrigar pensamientos suicidas. La segunda fase es de apatía relativa. Las escenas de crueldad a su lado los van haciendo insensibles. “Gracias a esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un caparazón protector muy necesario”, reflexionó Frankl, “ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal”.

Más adelante la vida interior se intensificaba: “A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces”.

Finalmente, tras la liberación, se entraba en la tercera fase. Algunos con una deformación moral que los hacía capaz de actos por fuera de la ley, muchos más experimentaban profundas amarguras, otros tantos desilusión al volver a su antigua vida. Pero, decía Frankl, “para todos y cada uno de los prisioneros liberados llegó el día en que, volviendo la vista atrás a aquella experiencia del campo, fueron incapaces de comprender cómo habían podido soportarlo. Y si llegó por fin el día de su liberación y todo les pareció como un bello sueño, también llegó el día en que todas las experiencias del campo no fueron para ellos nada más que una pesadilla”.

Psicóloga del secuestrado

Dary Lucía Nieto Sua, coordinadora del área de psicología de la Fundación País Libre, se ha dedicado en los últimos siete años a trabajar al lado de los secuestrados y sus familias. Esta experiencia le ha permitido asomarse en la psicología de los cautivos: enfrentar un secuestro es un proceso largo y paulatino que cada persona vive de una manera diferente y depende de su personalidad y experiencias previas. 

Una evaluación de la situación de los 117 casos de secuestro conocidos por la fundación en 2007, según Lucía, mostró que el 40% experimentaba una afectación de su área social. Es decir, que enfrentaban pérdidas de amigos. Un 28% de los secuestrados vivían rupturas familiares por diferencias de dinero, negociaciones de poder y roles. Un 23% afrontó problemas en el contexto laboral. Finalmente, como en el caso de Géchem y su esposa, el 8% tenía problemas de pareja. “No significa que se separen, pero por lo general necesitan una etapa de más de un año para normalizar todo, como pareja se reclaman muchas cosas”, comenta Lucía.

Viktor Frankl supo muy bien a qué se exponen quienes regresan de un largo cautiverio: “Desdichado de aquel que, cuando finalmente llegó el día de sus sueños, encontró todo distinto a como lo había añorado”.