Una bienvenida bajo un solo sol

Como si fueran amigos de tiempos casi inmemoriales, hijos de la gran familia aborigen del Amazonas, o se tratara de los muchachos que un día se marcharon y de repente retornaron, los cuatro policías rescatados en la “operación jaque” fueron recibidos con sentimientos de afecto que solo la amistad y la hermandad de la sangre pueden dar.

Con esa calidez humana los indígenas Huitotos de Leticia les dieron la bienvenida en medio de los honores propios de sus rituales.

Después 40 minutos de viaje por carretera por la vía de “los kilómetros”, como se le conoce en Leticia, y de caminar 7 u 8 cuadras hacia el centro del asentamiento, el grupo de policías acompañado de sus sicólogas y escoltas se encontró con los integrantes de esta tribu que sólo querían rendir un reconocimiento a estos hombres que admiran porque salieron vivos de las cárceles que construyó la guerrilla en las selvas, y en las que estuvieron en los últimos 10 años de sus vidas.

Caminando hacia la maloka, el cabo John Jairo Durán se detuvo frente a la guardería indígena y en su interior encontró los elementos propios de un jardín infantil: un tablero con el himno nacional escrito en huitoto, siluetas de animales y letreros de los días de la semana. En el reconocimiento, Durán señaló algo que colgaba de una de las paredes: “Esto es un bejuco chancleto, porque es como plano y fuerte, se da en los árboles grandísimos, es una fibra muy fuerte y se usa como soga para aferrar las hamacas o para amarrar”.

Al terminar la explicación su rostro se transformó, desapareció la sonrisa, bajo la cabeza y trató de buscar la salida del lugar. La sicóloga lo tomó del brazo y con voz amable, como cuando se le habla a un niño, le pidió que nos siguiera enseñando lo que él durante 10 años tuvo que aprender e identificar de la selva para sobrevivir.


En el ejercicio de enfrentar ese pasado doloroso de cautiverio, el cabo Durán regresó al centro del salón e identificó la rama de un árbol: “este es el fruto de la palma de “unamo”;  las pepas se llenan de líquidos, no son muy grandes, pero cuando tiene cierto peso la tumban y con eso hacen una chicha, una muy buena porque tiene bastante grasa natural y es buena para el cuerpo porque alimenta…”.  Luego vio unos dibujos de los niños y advirtió que ese lienzo también era de la selva, de la fibra de una palma que luego de ser secada sirve también para hacer bolsos.

La maloka

La maloka es para los indígenas huitotos el centro de la vida, su sitio de reunión y congregación; aquí ocurren los actos más importantes de la comunidad que van desde los juramentos a sus dioses, hasta los ritos más sagrados como el matrimonio.

En la entrada de la gran casa, los cuatro policías, fueron recibidos por el anciano jefe, cacique o “hitoma”, que como dueño de la maloka, les dio un sitio especial a los rescatados. Luego le pidió al cabo Durán que se pusiera de pie para que en nombre de todos recibiera el reconocimiento de las mujeres. En medio de un respetuoso aplauso, una de ellas le impuso la corona del guerrero mientras los demás, con gritos de emoción, saludaban al nuevo integrante de la tribu.

Como hijos

Después de uno o dos minutos, una joven huitota les entregó a los policías un vaso con un líquido de color similar al de una limonada natural, pero del espesor propio de la miel. Se trataba de la “caguana”, un jugo hecho del almidón de la yuca, el alimento madre de los huitotos, que simboliza la bienvenida a quienes con su presencia traen un beneficio para la comunidad.


Purificados con esencia de la tierra, los policías, en el más emotivo acto del ritual, fueron saludados por las mujeres, quienes, como si se tratara de sus propios hijos, los abrazaban con todo su amor y ternura. Las lágrimas de ellas y de los extraños que contemplamos el saludo no se hicieron esperar, fue como recibir de sus manos la verdad hecha ser humano.

El baile del maní

Para terminar el ritual, el curaca o gobernador entregó un palo a cada rescatado para que, formando un semicírculo, golpearan el piso. Entre tanto, seis mujeres simbolizando las tres edades de la mujer : abuela, madre e hija, con unas varas delgadas danzaban hacia delante y hacia atrás.  Se trataba del “baile del maní”, un canto y una alegoría a este producto con el que los huitotos relacionan a los seres humanos.

Y es que la comparación tiene su explicación, el maní para su cultura es un alimento que crece donde sea y su arbusto se mantiene siempre con vida sin importar la aridez del terreno donde se cultive. Para el huitoto, el hombre es igual que el maní, es fuerte y perdura en el tiempo a pesar de todas las inclemencias, sin importar las malas o buenas condiciones que nos pone la vida

Al terminar el ritual de purificación, los policías obtuvieron un doble beneficio: el de superar sus propios temores al regresar como hombres libres a esa selva dura, agreste y ruda que los envolvió sin querer durante 10 años, y de tener la fortuna de beber la esencia de la “caguana”, de ser coronados como guerreros y abrazados por quienes traen la vida. Allí, en esa maloka del amazonas, comprendieron que entre blancos e indígenas no hay diferencias. Como dijo el “hitoma”: aquí tomamos la misma agua, respiramos el mismo aire y nos ilumina el mismo sol;  el de la libertad”.