Apagón en Venezuela: el país está en riesgo de quedarse un mes sin luz

hace 5 horas

El efecto ‘Reyes’

Un año después de la muerte de ‘Raúl Reyes’, vuelve a hablarse del futuro de las relaciones limítrofes con Ecuador. El Espectador recorrió la compleja frontera selvática.

A Lago Agrio los colombianos solemos llegar por La Hormiga y atravesar el río San Miguel o el río Putumayo por pasaderos y trochas ilegales para los dos gobiernos. Por carretera desde Quito se gastan ocho horas. Lento el bus sube la cordillera, atraviesa un páramo seco y helado, para luego descolgarse hacia la Amazonia, haciendo gala de sus frenos y su pito de aire. Se puede llegar también en avión. Simple: alza vuelo en Quito, roza el nevado y cae a la Amazonia, sin más.

La frontera amazónica de Ecuador con Colombia ha sido colonizada, trochando selva y corriendo indígenas, por compatriotas. Es una frontera agrícola que comenzó a ser trabajado y ocupado desde mediados de los años 60, cuando se descubrió la bolsa binacional de petróleo.

La colonización campesina fue jalada hacia Orito y La Hormiga por la explotación de los pozos perforados por la Texas y por la construcción del oleoducto Transandino, que remata en Tumaco. La ola, nacida en Nariño, Cauca, Huila y Tolima, vendría por aquellos días, para llegar al Putumayo. En buena parte eran gentes expulsadas por la violencia del 48 y por su heredera, la de los años 60. Venían descuajando montaña, sembrando maíz y arroz y vendiendo abiertos. La coca y la motosierra llegarían una década después.

Las comunidades indígenas –Cofanes, Huitotos, Ingas– se recuperaban con dificultad de las masacres hechas por los caucheros y de la evangelización salvaje de los capuchinos catalanes. Los colonos blancos o mestizos interrumpieron esa recuperación y los corrieron de sus territorios. Milagrosamente, para estos campesinos que buscaban quemar en las rastrojeras los rezagos de las violencias vividas, saltó el petróleo en los pozos de Orito y Lago Agrio, y al mismo tiempo se oyó hablar de la coca.

Migraciones, coca y petróleo

El oro negro, el oro blanco llegaron pisándose los talones y prometiendo mundos fabulosos a lo que los colonos reclamaban como un derecho adquirido. El petróleo no atrajo sólo a los colombianos hacia el sur del río Guamuez, sino a los ecuatorianos al norte del río Aguarico.

Las puntas de las colonizaciones se toparon, río Putumayo de por medio. La diferencia entre las dos fue grande. Mientras la ecuatoriana carecía de vocación agrícola, la nuestra andaba con ella y la coca la afianzó.

El poblamiento petrolero de Lago Agrio dependía de la agricultura colombiana. Pero la coca se detuvo al borde de los ríos San Miguel y Putumayo, que marcan la frontera. ¿Por qué la coca no prospera en Ecuador? Un campesino colombiano de Puerto Nuevo me respondió: Lo que pasa, señor, es que los ecuatorianos son leales a la autoridad.

Si la coca no ha pasado, los colonos sí. Aunque en honor de la verdad, algunos ecuatorianos cosechan coca en Colombia, pero muy leales, duermen en su patria. En cambio nuestros campesinos no sólo colonizan, sino colombianizan territorio ecuatoriano. No sólo tumban selva, cultivan cacao y coca, sino se posesionan, organizan, empujan, obligan, imponen y se brincan cuanta norma se les atraviese. Llevan no sólo mujer, críos y rula, sino un lenguaje particular –colabóreme, hágame un favorcito, regáleme–, mientras cogen ventaja y levantan casa y cerca.

Es un éxodo sostenido, nacido y criado por la violencia. Se encuentran, en la provincia de Sucumbíos, nietos de los compañeros de luchas agrarias de Juan de la Cruz Varela, que atravesaron la cordillera, abrieron Mesetas o Lejanías; sobrinos del Mayor Lister, Isauro Yosa, que de El Davis se refugió en Marquetalia y fue a templar en Puerto Rico o en El Doncello; hijos, ya viejos, de Roncesvalles, de Río Blanco y que terminaron echando familia en La Macarena; y uno que otro opita salido de Campoalegre, que descumbró montaña en el Caquetá, en el Orteguaza, en el Cumbí, antes de venir a reventar en Puerto Nuevo.

El camino que todos ellos –y los 20.000 o 30.000 colombianos que viven en la frontera de Ecuador con Colombia– han recorrido está trazado con cruces. 

Las oleadas son varias y uno podría decir que la primera la trajo el general Reyes cuando manoseaba la posibilidad de vender Putumayo a los peruanos, o mejor a la Casa Arana. Como vemos hoy, entre negociantes no hay pudores. Más tarde llegaron los soldados al mando de un asesino, el general Amadeo Rodríguez, que abrieron las trochas del sur a los campesinos liberales expropiados por la policía chulavita para que sus patronos, los hacendados conservadores, ampliaran sus predios.

Hubo un momento en que esta gran corriente de víctimas pareció detenerse: la coca prometía, por fin, hacer rentable su trabajo. Las evidencias eran palpables: con un kilo de merca podían pagarse las deudas, callar a los acreedores, comprar un novillo, un carro viejo y comer carne que no fuera de monte.

Poco después una nueva promesa de paz atravesó fugazmente calles, ríos y veredas: era factible que en vez de armas, los campesinos fueran reconocidos como ciudadanos con voz y voto. Pero todo fracasó y todo fue traicionado. Cada parte trató de sacar de su cace la mejor parte. La paz se hizo imposible no sólo por los beneficios que la guerra reporta, sino porque todo quería ser mantenido igual. Los cultivos de coca y de amapola fueron fumigados y, con ellos, todo lo que a su lado estuviera.

La fumigación fue otra palanca, brutal, para empujar, desterrar y robarle a la gente mejoras, casa y, sobre todo, esperanza. El camino hacia el sur, de tanto caminar, se fue haciendo más profundo. Y para donde va la gente, va la guerrilla, van los paramilitares, va la fuerza pública, van los noticieros, van los jueces, va el país, aunque el país lo ignore. O más bien, le falsifiquen todo el viacrucis del destierro.


En Puerto Nuevo viven, desde hace una década, unas 100 familias de colombianos. Es un pueblo pequeño de calle larga paralela al río San Miguel, llamado antes La Balastrera, quemado y saqueado por el Ejército ecuatoriano hace 20 años, en gracia de haber sido fundado por colombianos. Pocos, muy pocos –20 familias a lo sumo– tienen el estatus de refugiados que otorga la Acnur después de exhaustivos interrogatorios cada año.

Al refugiado se le expide la visa para poder transitar libremente por Ecuador, se le da una remesa cada tres meses durante un año y se le prohíbe regresar a Colombia. Los refugiados, sobra decir, se diferencian de los desterrados comunes en que pasan la vara de Sardinas sin necesidad de mostrar el pasado judicial apostillado, una condición que Rafael Correa volvió a exigir después de la muerte de Raúl Reyes.

Las ventajas de ser refugiado, creo, se las gana Acnur, que puede mostrar nuevas cifras cada año, cifras equilibradas: ni tantas que la acusen de complicidad, ni tan pocas que le imputen mezquindad.

La nueva economía

Hace unos cinco años a Lago Agrio, la capital de la provincia de Sucumbíos, de la que Puerto Nuevo es un recinto, o sea una inspección de Policía, llegaban toneladas de arroz, maíz, azúcar y miles de canecas de gasolina. Todavía circulaba la moneda nacional, el sucre.

Hoy, de Ecuador salen, por trochas de contrabando: gasolina y gas, y por río: azúcar, plátano y, digamos, machetes. Por esas mismas trochas, o por otras, da igual, llega base de coca para sacar cocaína en laboratorios que ahora ya no están en la frontera. Pero Ecuador es, ante todo, un lavadero del narcotráfico desde cuando su economía fue dolarizada durante el gobierno espurio de Jamil Mahuad en 2002.

Aquí llega el dinero en que ha sido convertida la cocaína que los narcos venden en Los Ángeles o en Mazatlán y se pierde en la corriente del mundo comercial ecuatoriano. Cualquier negocio lo legaliza. Los gobiernos de Jamil Mahuad, Gustavo Noboa y Lucio Gutiérrez no tuvieron que inventarse la guerra al narcoterrorismo para atraer a los inversionistas extranjeros; songo-sorongo, al dolarizarse la economía, se abrieron de par en par las puertas a la inversión de narcoempresarios.

Los colombianos trabajan, sobraría decirlo, con o sin visa. Con visa son protegidos por la ley y se les reconocen todos sus derechos legales y, por eso, una vez tienen ese papel en mano tratan de salir de Puerto Nuevo a buscar trabajo fuera. Por los ecuatorianos, nuestros compatriotas son reconocidos como buenos  trabajadores; se le miden a lo que sea sin recelo, pero también se les reconoce la habilidad para sacarle ventaja a lo que se les atraviese.

La cárcel de Sucumbíos, en Lago Agrio, vive llena de presos colombianos; sacarlos o asistirlos legalmente es una de las actividades prioritarias del Consulado y del Servicio de Jesuitas. Las imputaciones van desde asesinatos hasta robos de maletines. Hace un par de meses resultó asesinada la jefa de la Policía de investigaciones de Lago Agrio, y los acusados son dos colombianos. Normal. Como lo es también que nuestros compatriotas manejan las redes de prostitución de la zona, que es, recordémoslo, petrolera.

Corredor en disputa

¿Qué ha cambiado desde la muerte de Raúl Reyes en la frontera? La gente nombra  la exigencia del pasado judicial, que no tiene problema alguno en obtenerse, dado que se consigue por internet. Pero el otro requisito significa plata y tiempo.

Las colas en el consulado de Ipiales para sacarlo le dan la vuelta a la manzana y hay –¡cómo no!– falsificación profesional del apostillado. El requisito ha dado lugar a la corrupción de autoridades ecuatorianas.

La militarización de la frontera, que el presidente Rafael Correa dice que constituye un esfuerzo extraordinario, es visible. Pero muy modesta si se le compara con la militarización de Colombia en cualquier zona que el alto mando tilde de sospechosa. En Puerto Nuevo ha habido sólo un allanamiento desde la invasión de la fuerza colombiana. 

En las afueras del poblado hay una pequeña base militar de donde salen patrullas a vigilar las calles. En general, no piden papeles ni esculcan a los transeúntes. Toman gaseosa y se quitan el casco. De tarde en tarde revolotea un helicóptero respetando el espacio aéreo colombiano. Es una tropa poco agresiva, aunque mira de soslayo a los colombianos.

Desde la muerte de Reyes sólo en una ocasión cayó en un taller de mecánica de Puerto Nuevo un par de obuses disparados por el Ejército colombiano. Hubo alarma, carreras y gritos, pero la cosa no pasó del ruido. No hubo daños colaterales, pero sí una disculpa de las autoridades militares: fue un accidente. Hace un par de meses, a raíz de la distribución en todo el país de una octavilla distribuida por un Grupo de Limpieza Social, bien redactada por lo demás, que amenazaba de muerte a homosexuales, lesbianas, basuqueros, marihuaneros y prostitutas, fueron asesinadas dos muchachas con la acusación de tener sida. Se dice que las picaron y botaron al río, razón que no ha suscitado reacción distinta a la veda espontánea de pescado.

Puerto Nuevo, a diferencia de otros recintos no fronterizos con Colombia, es un pueblo bullicioso y agitado. La gente trabaja y se rebusca como si estuvieran haciéndolo en lo propio: construye casas y bodegas, amplía negocios, abre discotecas, panaderías, misceláneas, salones de belleza, residencias. Hay poco lamento y sólo los viejos se sientan a mirar pasar lo que ya conocen.

Es un pueblo expediente que puede contar las mil historias de los muertos que ha dejado en el camino del exilio forzoso. Hay un dejo de dolor y de nostalgia, pero en general es un pueblo que por más de haber sido tan golpeado, mira para adelante y no para atrás. Su nueva frontera está más allá y no más acá.

* Sociólogo, escritor y columnista.Espere el lunes la segunda parte de este reportaje desde Esmeraldas y San Lorenzo.

 

últimas noticias

La revuelta de Notre Dame