Las masacres del Naya

La matanza ocurrida en 2001 no es más que uno de los múltiples hechos de violencia que han marcado a esta región del occidente colombiano, donde la guerrilla y los paramilitares siguen sembrando el terror.

El 30 de mayo de 1999 un comando del Eln secuestra 200 feligreses en la iglesia de La María, en el barrio Ciudad Jardín de Cali. En camiones las víctimas son llevadas a Los Farallones, montañas a espaldas de Jamundí. Un escándalo. Los secuestrados son en general gente rica y conocida. El general Jaime Ernesto Canal Albán, comandante de la Tercera Brigada, ordena un rescate a sangre y fuego. El presidente Andrés Pastrana lo desautoriza, y el oficial renuncia con altanería. La tensión entre el presidente y los militares rematará más tarde con la renuncia del ministro de Defensa.

El Eln habría entrado a la zona con la construcción de la hidroeléctrica del Alto Anchicayá a fines de los años 70. En la misma época, el VI frente de las Farc hace presencia en el norte y occidente del Cauca, siguiendo el curso del Camino Real del río Naya, abierto desde el siglo XVI por Popayán. En 1988, el Batallón América del M-19 hostiga desde Los Farallones a la Tercera Brigada en el sur de Cali.

En el norte del Cauca existe desde mediados de los veinte un pleito entre hacendados e indígenas por tierras; en el sur del valle un viejo conflicto similar entre campesinos y ganaderos y uno menos antiguo entre obreros e ingenios azucareros. La pequeña minería de batea en el río Suárez entra en conflicto con la mediana empresa minera que usa motobombas y dragas.

Los cultivos de pino y eucalipto de la multinacional Smurfit-Cartón Colombia es acusada por ambientalistas y campesinos de graves daños ambientales y despojo de tierras. La construcción de la hidroeléctrica de Salvajina en 1984 agregó peligrosas tensiones sociales. A fines del 89 los paramilitares asesinan a más de 100 personas en Trujillo (Valle) y al año siguiente caen 20 indígenas en la hacienda El Nilo, norte del Cauca. Dos meses después del secuestro de La María, las Auc inician un sangriento recorrido desde Tuluá hacia el sur.

Los paramilitares llegaron a la región de Buenos Aires en varios camiones a fines del año 2000. Establecieron sus bases de entrenamiento en algunas haciendas como La Corcovada, de propiedad de la familia Mosquera. Los campesinos cuentan que vehículos del Ejército Nacional les facilitaban apoyo logístico. Hacia marzo de 2001 comienzan patrullajes con unidades uniformadas y armadas y con brazaletes Auc bloque Calima, que manda Hébert Veloza, alias H.H., quien confesaría más tarde 3.000 asesinatos. “Hubo días en que matábamos 20 personas”, recuerda.

La masacre del Naya comienza en Timba, Cauca, donde los paramilitares mandados por alias Bocanegra, le cortan las manos y la cabeza a Gladys Ipia en la vereda Los Robles; en Patio Bonito degüellan a Eudilio Rivera; más adelante, en el Crucero del Playón son torturados y degollados Jorge Valencia, Evelio Güetia. Así, paso a paso, buscando el Camino Real del Naya, los paramilitares avanzan. Cruzan el quiebre de aguas de la cordillera Occidental por San Miguel el Miércoles Santo, 7 de abril de 2001.

Los campesinos vienen saliendo hacia la cabecera municipal de Buenos Aires para asistir a las ceremonias religiosas. Los paramilitares los detienen, les piden identificación, les ordenan quitarse botas y camisa y los amarran de pies y manos. Los interrogan y torturan, y conseguida la información, los matan.

Algunos cuerpos destrozados son dejados a lo largo del camino como testimonio del terror; otros son botados en el cañón del Naya. La Fiscalía reconoce 30 asesinatos; los campesinos denuncian más de 100. El ejército paramilitar estaba compuesto por más de 400 hombres que marchaban en escuadras de unos 20 ó 30, debidamente uniformados y armados.

La gente que salía o estaba en sus casas no huía porque creía que se trataba de fuerzas oficiales, dado que días antes patrullas del Ejército Nacional habían anunciado que volverían a patrullar. La guerrilla no les hizo frente ni a unos ni a otros en la cuenca alta. El Viernes Santo, los paramilitares habían concluido la primera parte del plan y aseguraban la zona. El Ejército Nacional, a pesar de las denuncias que organizaciones defensoras de Derechos Humanos habían hecho desde el 11 de abril, no apareció.

Los paramilitares siguieron bajando y la guerrilla se dejó ver huyendo aguas abajo de la desembocadura del río Chuaré. En El Placer hubo un primer intercambio de fuego. El bloque Calima concentró sus fuerzas para perseguir y liquidar a los guerrilleros. La realidad de lo que pasó desde mediados del mes de abril entre los paramilitares y las guerrillas quizá no se sabrá con detalle. Pero el hecho que remató la sangrienta operación fue el rescate que hizo la Armada Nacional en Puerto Merizalde de los sobrevivientes de la gigantesca emboscada montada por las Farc.

Terror en Timba

La Fiscalía judicializó a una veintena de miembros del bloque Calima. Las masacres en el río Naya fueron complementadas con el copamiento del río Yurumanguí por el bloque Calima, con las matanzas sistemáticas ocurridas en Buenaventura desde el año 2000, que Hébert Veloza también confesó, y el aseguramiento de la región de Timba, Cauca.


En este caserío los paramilitares establecieron un retén permanente en el puente La Balsa, sobre el río Cauca. La construcción tiene un saliente hecho en cemento que da sobre un profundo remolino. Fue el sitio escogido por el bloque Calima para sembrar el terror. Allí se llevaba a la víctima amarrada, se paraba sobre el saliente y se le fusilaba a la luz pública; el cuerpo caía destrozado a las aguas y nunca más se volvía a saber del cadáver.

En La Balsa el propio comandante del bloque, alias Bocanegra, asesinó a su mujer una noche borracho porque ella se demoró haciéndole un mandado. Estaba estrictamente prohibido rescatar cuerpos por parte de la población civil. Eran, digámoslo así, propiedad de las Auc. Se dice que en la región hay cementerios clandestinos, pero el terror ha impedido, aun a las autoridades competentes, localizarlos.

En 2004, mes de diciembre, 580 hombres del bloque Calima se desmovilizaron al mando de Hébert Veloza, H.H., que se había desmovilizado también a la cabeza del bloque Bananero unos meses antes. Al parecer, el bloque Calima formaba parte de uno mayor, el bloque Calima-Pacífico, comandado por el famoso Don Berna. Miembros de organizaciones internacionales que conocen de cerca el proceso de desmovilización opinan que el hecho fue más formal que real. Los paramilitares que no han sido judicializados —y que seguramente no lo serán— continúan, sin uniforme, pero armados controlando el orden en el costado oriental de la cordillera Occidental, es decir, entre Buenos Aires, Suárez y Morales; y las Farc, frente Manuel Cepeda Vargas, los cursos medios y bajos de los ríos Naya y Micay.

Mafia y multinacionales

No es un secreto que tanto en una como en otra región existen cultivos de coca, laboratorios de procesamiento y las rutas que permiten hacer los embarques de drogas hacia Centro América, México y EE.UU. Tampoco se oculta que son ricas zonas mineras explotadas por pequeños y medianos mineros, pero sobre las que el gobierno de Álvaro Uribe ha otorgado concesiones a compañías transnacionales como la Anglo Gold Ashanti y Kedhada.

Los pequeños mineros de bahareque lavan el material que las grandes dragas no aprovechan y que pertenecen a compañías autorizadas —quien sabe cómo— por las alcaldías municipales. Sobraría decir que entre las empresas mineras de draga y las grandes multinacionales hay rivalidades, pero, asimismo, negocios turbios. Para completar el peligroso cuadro, el Ministerio de Obras Públicas ha autorizado el desvío del río Ovejas hacia La Salvajina.

De otro lado, en el valle del río Cauca y el piedemonte de las cordilleras, los grandes cultivos de caña de azúcar, bosques comerciales y latifundios ganaderos concentran enormes superficies de tierra. Los conflictos con campesinos, indígenas y comunidades negras son antiguos; los enfrentamientos entre fuerzas de seguridad del Estado, sindicatos, colectivos campesinos y cabildos indígenas son cada vez más frecuentes.

A pesar del terror que sembraron los grupos paramilitares, su presencia fluida, y las desapariciones y asesinatos continuos, las comunidades se organizan y exigen. Sobre este conjunto de conflictos se montan las estrategias militares de las fuerzas oficiales, de los paramilitares y de las guerrillas. Las Auc se reorganizan en Suárez bajo el mando de alias Jarras y las Farc, después de ser bombardeados sus campamentos por parte de la FAC, asaltaron una patrulla dejando muertos a siete de sus integrantes el pasado 25 de junio.

Las masacres del Naya, como el secuestro de La María, son capítulos de una misma historia de violencia regional asociados a la riqueza de los departamentos del Valle y del Cauca y, por tanto, también a las desigualdades, que están muy lejos de una solución civilizada.