“Los heroicos somos nosotros, que sobrevivimos”

Relato de ‘Elkin’, integrante de una de las peligrosas pandillas que azotan a Cartagena.

Entre el 9 y el 12 de marzo de este año, un inusual dispositivo de seguridad se desplegó en Cartagena. ¿La razón? La cumbre de multimillonarios de América Latina que se instaló en  La Heroica, cuyo anfitrión fue el empresario colombiano Julio Mario Santo Domingo. Hombres de la talla y la fortuna del mexicano Carlos Slim, el venezolano Gustavo Cisneros, el brasileño Joao Roberto Marinho, el argentino Federico Braun o el chileno Andrónico Luksic, entre otros, se congregaron en esta “bellísima ciudad colombiana” —como la llamó la prensa extranjera— para debatir la crisis financiera y cómo impactaba ésta en sus negocios y los problemas de la región.

Ese mismo departamento de Policía, sin embargo, recibió hace unas semanas una singular petición. Era para establecer otro esquema de seguridad, un amparo policivo, específicamente. Los solicitantes fueron los empleados del consorcio Pacaribe S. A., luego de que un grupo de operarios de esta empresa de servicios públicos fuera atracado por pandilleros del barrio San Francisco cuando recolectaban las basuras de ese sector. De hecho, los índices de criminalidad están tan disparados, y es tanta la sensación de inseguridad entre los habitantes, que hace unos días la alcaldesa Judith Pinedo sólo atinó a comunicarle a la Fuerza Pública de su ciudad una orden, aunque obvia, tajante: “No quiero más homicidios. No más”.

San Francisco es uno de los barrios del nororiente cartagenero, adheridos a la Ciénaga de la Virgen, que surgió como invasión de gentes a las que espantó la violencia de departamentos como Córdoba, Santander, Antioquia y Magdalena. Son localidades hastiadas de pobreza y desempleo, que han derivado en el mayor drama de la Cartagena de hoy: la delincuencia y la violencia urbanas. El testimonio de Elkin*, un pandillero de 18 años de edad del barrio Olaya Herrera, es uno de los tantos que ejemplifica el peso de haber nacido en la zona más marginal de la ciudad que, según la Asociación Hotelera de Colombia, recibe la mayor cantidad de turistas anualmente.

“Aquí no existe el tiempo. Por estas calles y estos barrios no existe nada. Lo único que uno ve es la rabia, el hambre y la miseria”. Elkin vive con su madre, quien vende lotería por las tardes; sus hermanos, que trabajan “en lo que salga”; unas cuñadas, su mujer y sus dos hijas. “A veces comemos dos comidas diarias, pero también hay días en que sólo desayunamos. Hay una señora de aquí en frente, en esta misma calle, que hace sopas y nos vende el plato a $200 y con eso pasamos el día. A mí sí me gustaría estudiar, claro, pero lo que más necesito es billete para mandar a las pelás al colegio y darles las tres comidas. Pero es que a veces o uno come o uno estudia”.

A pesar de que la Alcaldía de Cartagena cuenta con el programa “Viviendas saludables”, en el cual se planteó como objetivo mejorar 17.000 viviendas de familias en pobreza extrema, en el informe de gestión del primer año de la alcaldesa Pinedo, según la Secretaría de Participación y Desarrollo Social, “no se registró ningún avance” en este asunto. Elkin no conoce de este programa, no obstante, le agradecería a la administración si su familia es una de las beneficiarias. Su casa tiene dos cuartos y fue erigida sobre un terreno fangoso, plásticos y tejas hacen las veces de techo y el piso está cubierto de escombros. Cada cuarto tiene dos pequeñas camas y en éstas se reparte la familia para dormir.

Elkin sólo alcanzó a cursar hasta octavo grado. “No tenía para pagar el pasaje del bus (cuesta $1.200). Sueño con ser mecánico y tener mi propio taller”, cuenta. En contraste, Elkin tuvo que desertar y hoy es uno más de los que abultan ese 12,7% que, según divulgó el DANE el pasado 30 de mayo, es la tasa de desocupados en la capital de Bolívar. Para él, pasar a formar parte de los 2’447.000 colombianos sin empleo fue un punto que partió su historia personal: “Ahí fue cuando empezaron los problemas. La calle”. Es decir, la pandilla, a la que aún pertenece, con la que protagoniza sendas riñas y episodios violentos en su barrio y en los aledaños.


“Las peleas se forman de la nada. Si yo me paso a la otra calle enseguida se forma, viene mi bolo (pandilla) y se enfrenta con la de la otra calle. Peleamos con peñones (piedras), machetes y changones que hacemos nosotros mismos o que compramos. Nos cuestan $50 mil o $70 mil. Es que con armas lo respetan más a uno. Una vez una pelea duró tres días y quedaron varios muertos regados en las calles. Nos dimos tiros en frente de la escuela, todavía se ven los huecos en las paredes del colegio. Es que esos changones que conseguimos son tan buenos que disparan hasta bala de fusil. Pero por ahora estamos en una especie de pacto de paz, porque la misma comunidad se alzó contra nosotros”.

Él, como muchos de sus “vales” (amigos) crecieron con una figura paterna dolorosa, por violenta o por ausencia. “Mi papá se fue hace años de la casa y espero que no vuelva nunca. No tiene nada que venir a buscar. Me dejó muy chiquito a mí y a mis hermanos, mi mamá nos crió sola con la ayuda de una tía y de mi abuela. Sólo mujeres”. Con parsimonia expresa que no cree en nada, o bueno, que no creía. “Hace unos días que dejé de pelear y me hice amigo de un patrullero de la Policía, que también es de aquí del barrio, entonces creo un poquito en la Policía. Para mí Dios es una cosa lejana, como el resto de la ciudad. Yo sé que existe, pero no me toca”.

El barrio en el que vive Elkin, según la Policía Metropolitana de Cartagena, se encuentra en la zona de mayor peligrosidad de la ciudad, junto con otros como Palestina, La Candelaria, Lo Amador, La Esperanza, Paseo Bolívar, Los Comuneros y San Pedro Mártir, todos situados de espaldas a la boyante ciudad amurallada. Hace dos años, el entonces personero Fabio Castellanos advirtió que la delincuencia juvenil en Cartagena podría provocar que surgiera  una Comuna 13, al estilo Medellín. La Fuerza Pública ya habla de al menos 72 pandillas con más de 3.200 integrantes, afectando el orden público de este distrito turístico, aunque la Personería habla de unos 15.000.

Sólo hasta hace un par de meses, cuando Elkin visitó por primera vez el centro histórico, supo que vivía en una ciudad de dos rostros: uno que admiran los turistas y otro, como dijo hace unos años un delegado de la ONU, que se parece a África. “Aquí decimos que hay dos ciudades, la histórica y la heroica, o sea nosotros, que somos unos héroes porque la supervivencia no es fácil. Yo sólo lo veía por televisión, así como los edificios de Bocagrande y la bahía de Manga. Es que para uno esa vaina es como Hollywood. ¡Uf! Es muy bonito y es aquí mismo, en Cartagena, pero eso no es con uno. Fue la Policía, mira vaina, la que nos llevó. Ellos quieren que cambiemos, son los únicos que vienen por acá”.

De acuerdo con información de la Corporación de Turismo de Cartagena, en lo que va corrido del año, 137 cruceros han arribado a este puerto y la ocupación hotelera sigue por encima del 60%. Según la Alcaldía, en 2008 se constituyeron 1.285 empresas nuevas, en su mayoría microempresas. En la zona norte, en la salida que conduce hacia Barranquilla, se siguen levantando complejos residenciales y turísticos. Pero Elkin no tiene la menor idea de tantos números y datos optimistas. Su semblante es otro. “Ojalá nos contrataran a nosotros para trabajar en la construcción de esos edificios que están haciendo por toda la ciudad. O de lo que sea, yo soy capaz hasta de ponerme a barrer. Pero qué va, por aquí no hay nada”.

*Nombre modificado.

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